Esther-Olvido Corral del Rey

Rodeado de montañas y desiertos, la historia de Afganistán ha estado dramáticamente marcada por guerras e injerencias externas. El nuevo ascenso de los talibanes al poder no es sino un momento más en una larga cadena de invasiones y revoluciones que siempre han tenido la violencia como hilo conductor y al pueblo afgano como el gran perdedor.

La última invasión de Afganistán, esta vez por la OTAN, y liderada principalmente por las fuerzas estadounidenses con el objetivo de destruir al grupo terrorista Al-Qaeda y derrocar al régimen talibán, se extendió hasta principios de este mismo 2021, cuando Estados Unidos empezó a retirar todas sus tropas dejando a las autoridades afganas toda la responsabilidad. Estas, desorganizadas y mermadas por la corrupción, no tardaron en caer ante la nueva ofensiva talibán que se hizo de nuevo con el control del poder en apenas unas semanas.

Y en medio de este caótico país, quienes más han tenido que perder son las mujeres afganas. Sus derechos han sido motivo de numerosos conflictos y divisiones. Desde principios del siglo XX, las afganas se han estado movilizando para lograr más libertad e igualdad de género. El país, parte del país, se transformó para llevar el islamismo tradicional hacia la modernidad. Se abrieron colegios para niños y también para niñas, se prohibieron los matrimonios forzosos y las estrictas reglas de vestimenta femenina. En 1964 se otorgó el derecho al voto de las afganas.

Tras la proclamada República de Afganistán, continuaron mejorando los derechos de las mujeres. Fue una época de gran movimiento universitario entre las afganas, de presencia en el parlamento y en la esfera pública. Se prohibieron prácticas perniciosas como ofrecer a las mujeres para sellar disputas entre tribus o forzar a las viudas a casarse con el hermano de su marido difunto. Creo que fue una época en la que se vieron grandes cambios y en la que comenzó a tomar forma el movimiento de mujeres en Afganistán, principalmente en la capital.

No obstante, en un país tan complejo como este, siguieron existiendo marcadas diferencias entre las mujeres dependiendo de su etnia, tribu o religión. Los medios de comunicación nos vendían una sociedad más culturizada y modernista. Si, Kabul y las grandes ciudades. Ahora bien, el sur del país era otra cosa. Tierras sumidas en la Edad Media que no salían en la televisión y donde las niñas de 7 años eran obligadas a contraer matrimonio, entre otras aberraciones.

Cuando los talibanes llegaron por primera vez al poder en 1996, los derechos conseguidos hasta entonces, quedaron brutalmente eliminados. Se impuso el gobierno del terror. Las afganas sólo podían salir acompañadas por un familiar masculino y debían llevar el burka, prenda que las cubría por completo. Quien desobedecía, era brutalmente castigada. Se heredaban mujeres y se entregaban como pago de deudas. Sólo nombraré algunas de las prohibiciones: estudiar, trabajar, reír a carcajadas, utilizar cosméticos, montar en bicicleta o conducir, asomarse a un balcón, acceder a atención médica, circular libremente por la calle, coger un taxi sin acompañante masculino, viajar en autobuses donde haya hombres… Cualquier desviación de las normas establecidas podría ser sancionada a través de castigos corporales o ejecuciones y lapidaciones públicas.

Las mujeres afganas son tratadas por los talibanes peor que tratan a los animales; de hecho, las suelen enjaular. Y no sólo eso, tienen la libertad bárbara de violarlas y torturarlas y, en algunos casos, también asesinarlas.

Las mujeres afganas fueron despojadas de su identidad y de su dignidad. Y las niñas afganas fueron despojadas de su infancia bajo un régimen que les prohibió sus canciones, sus juegos infantiles y sus muñecos.

Ahora, vuelve el miedo, el terror a que regrese otra vez una de las épocas más oscuras para las mujeres afganas; ahora que el mundo ha abandonado a Afganistán, a sus gentes y a sus mujeres a su suerte. Aunque realmente nunca le ha importado este país.

Y si, tenemos memoria de pez. Durante todo este verano sólo había movimientos de solidaridad, indignación y apoyo al pueblo afgano y sus mujeres. Y llegó septiembre y con él, la vuelta a la rutina y al olvido.

Los medios de comunicación ya no se hacen eco de lo que está ocurriendo en Afganistán, de los testimonios que nos van llegando a las organizaciones feministas occidentales. Testimonios que ponen el vello de punta.

Testimonios terroríficos, como violaciones y asesinatos de niñas y mujeres. ¿Dónde están ahora la OTAN, la ONU?, ¿dónde está la comunidad internacional que mira para otro lado?. Esta vaina ya no va con ellos. ¿Y los países que ayudaban a salir de aquél infierno a “algunas personas”?. Por cierto, una ayuda más propagandística que humanitaria. Países que creen que los talibanes cumplirán con sus promesas de “no violencia”. ¡Qué ilusos!. ¿No violencia es envenenar a 125 niñas de una escuela?, ¿no violencia es decapitar a dos mujeres que acudieron a la boda de un familiar?, ¿no violencia es empujar a jóvenes afganas al suicidio ante el terror de ser capturadas?, ¿no violencia es repartirse a las mujeres como botín de guerra para violarlas?, Y esto no ha hecho mas que empezar. Los talibanes no saben gobernar, pero sí son expertos en cometer atrocidades. Dieciséis millones de mujeres y niñas abandonadas a su suerte con un sentimiento de pavor omnipresente.

La comunidad internacional lamentará este abandono, seguro. Occidente les ha vuelto a fallar, igual que ha fallado a mujeres olvidadas de otros países como Costa de Marfil, Liberia, Sudán, Siria, Colombia, México, Yemen, Nigeria, etcétera. Pero esa, ya será otra historia.

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