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Lidia Casado

Como experta en animación a la lectura, son muchas las ocasiones en las que padres (sobre todo, madres, he de decir) se acercan a mí lamentándose de que sus hijos no leen y pidiéndome consejo sobre cómo conseguir que se enganchen a la lectura.

Sinceramente, llevo años acompañando a familias para que niños y adolescentes lean más y mejor, pero no tengo ninguna fórmula mágica para lograrlo. Además, no creo que haya ninguna varita mágica que nos permita instaurar un hábito como el de la lectura de la noche a la mañana, como la madrina de Cenicienta hizo con su vestido. Muy al contrario: estoy convencida de que el hábito de leer hay que instaurarlo desde la primera-primerísima infancia. Si me apuras, desde antes de nacer.

“Pero ¿cómo se puede hacer eso, Lidia?”, me preguntarás. Pues como se ha hecho toda la vida: cantando nanas. Incluso, desde que están en la barriga. La tradición oral es riquísima y, aunque a algunos les pueda parecer “cuentos de viejas” (que es justo lo que es) o pasada de moda, lo cierto que es que sigue cumpliendo su función. O mejor dicho, sus funciones, que pueden ser unas cuantas: entretener, advertir, enseñar, hacer disfrutar, lograr que se vayan interiorizando las estructuras narrativas y secuencias del cuento o favorecer un primer acercamiento al lenguaje a través de la musicalidad, el ritmo, la rima, las repeticiones…

Mi segundo consejo es, por supuesto, ponerles libros en las manos desde que empiecen a coger cosas. Afortunadamente, ahora hay obras para todas las edades (de cartón duro, de plástico, mordibles, mojables…) así que aprovechemos la ocasión.

El tercero: hacerles el carné de la biblioteca en cuanto se pueda. Y crear el hábito de visitarla de vez en cuando, claro. Y, de la misma manera, motivar a que el niño o la niña tengan su propia biblioteca en casa: un espacio personal con sus libros.

Leerles en voz alta, contarles cuentos de manera expresiva, jugar con ellos a interpretar, ayudarles a comprender el orden del tiempo a través de los cuentos, acompañarles en las moralejas y aprendizajes que fomentan los libros… Todas ellas son acciones que nos van a ayudar mucho a que nuestros hijos vean la lectura como una actividad más de entre las muchas que se pueden hacer y, sobre todo, como algo que es divertido y que une.

Pero si me pidieras un único consejo para que tus hijos lean te diría lo siguiente: lee. Somos los espejos en los que se miran, somos su modelo e interiorizan lo que es importante para la familia (y, por tanto, para el ser humano) a través de lo que nos ven hacer. Así que ofrezcámosles ese patrón de conducta. Para mí, no hay mejor consejo.

Nos seguimos leyendo.

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