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Lidia Casado

Siempre que empieza un nuevo curso, se plantea el mismo debate: ¿se debe obligar a los niños y adolescentes a leer? O lo que es lo mismo: ¿sirven para algo las lecturas obligatorias de los colegios e institutos?

Me han preguntado y yo misma he hecho la reflexión en muchas ocasiones pero la única conclusión a la que llego es: ¿se puede obligar a alguien a ser feliz?

Porque, en el fondo, la discusión no es sobre si los niños y niñas deben o no deben leer. La discusión, en última instancia, plantea el para qué leer. O para qué leemos. ¿Leemos para aprender, para descubrir, para ampliar nuestros horizontes, por el mero gusto de saber más? ¿Leemos como base para otras actividades (por ejemplo, para saber utilizar la consola tengo aprender cómo se utiliza, tengo que leer el manual de instrucciones. O para resolver un problema de matemáticas tengo que leer en enunciado. Y saber lo que significa. E interpretarlo correctamente)? ¿Leemos para reconocernos en los libros, para autoexplorarnos, para encontrar referentes en ellos? ¿Leemos para divertirnos, para dejar que pasen las horas, para disfrutar? ¿Leemos para relajarnos? ¿Leemos para sentir?

Quizá el problema no sea si hay que obligar a leer. Quizá el problema sea que no se enseña que leer tiene muchas utilidades. Y que también puede ser un fin en sí mismo. Leer por leer. Por el mero gusto de hacerlo, de pasar tiempo con un libro entre las manos.

En este mundo en el que los placeres son cada vez más cortos e inmediatos, quizá lo que tenemos que enseñar es algo de paciencia, de caminos largos y de vida lenta.

Quizá.

Nos seguimos leyendo.

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