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Antonio Marco

Un criterio simple de clasificación de los seres humanos es el que los ordena en optimistas o pesimistas, es decir, en quienes tienen una visión positiva y esperanzadora de la realidad y del futuro y quienes tienen una visión negativa y sin esperanza.

Personalmente me autoclasifico entre los optimistas, entre los que prefieren ver “la botella medio llena”, en expresión popular de meridiana evidencia, sin que ello me lleve a comulgar con ruedas de molino o tragar con propuestas infundadas de simple propaganda. A veces no se puede ser optimista aunque lo pida el cuerpo.

Por otra parte tengo bien presente la reflexión antigua ya desde Heródoto, repetida muchas veces en los clásicos griegos y latinos, de que el hombre ha de esperar al final de su vida para considerarse feliz, porque a veces los dioses nos permiten contemplar la felicidad pero luego nos apartan radicalmente de ella (Historias, I, 32). Es decir, las cosas siempre pueden ir peor de lo que van.

Sin duda la mayoría de personas, coincido con ellas, considerarán que el año que acaba ha estado tristemente determinado por un virus asesino que se ha instalado como una pandemia, porque afecta o puede afectar y amenaza a toda la humanidad, y nos ha amargado mucho la feliz existencia, que creíamos ya permanente.

En este asunto también los humanos nos dividimos entre los optimistas y los pesimistas, los que tienen esperanza en un futuro próximo y los que lo ven muy negro. Hoy, cuando empezamos a ver la luz al final del túnel con la vacuna ya real y aparece la esperanza por encima del temor paralizante, es más fácil ser optimista. Además, escribir en Guadalajara, dónde se ha inoculado la primera vacuna anti covid en España y se va generalizando poco a poco al resto del país, nos obliga sin duda a tener mucha más esperanza.

Los meses, muchos, de miedo, zozobra, aislamiento, limitaciones, (todavía nos quedan algunos) nos han enseñado muchas cosas interesantes si sabemos analizar la experiencia pasada. Sólo haré referencia a tres o cuatro de las muchas enseñanzas posibles. La primera, volviendo al pensamiento antiguo, es que las cosas siempre pueden ir a peor. ¿Quién nos iba a decir en enero de 2020 lo que se nos venía encima dos meses después? Es verdad que aparecieron luego algunos profetas del pasado, pero podemos decir que de manera general no se vio venir la catástrofe. Como siempre nos puede acontecer algo peor, deberíamos aprender como sociedad y dedicar los esfuerzos principales a prevenir ese porvenir que puede ser muy peligroso.

La segunda cuestión importante es que los gobiernos en general reaccionaron tarde y en ocasiones también de manera incompetente: no debe ser fácil luchar contra lo desconocido, si además se presenta de manera explosiva agotando pronto los recursos disponibles, y sufriendo las presiones de los diversos grupos sociales, económicos y políticos; pero en general no sólo hicieron lo que pudieron sino que lo hicieron bien y en su momento fueron lo suficientemente valientes para acordar medidas de confinamiento muy duras durante largas semanas, hasta reducir la virulencia y poder establecer un modelo de cierto equilibrio entre frenar la pandemia confinando a la población y mantener cierto nivel de actividad económica suficiente para evitar el colapso. No pretendo que mi juicio sea absolutamente cierto y único y admito las opiniones de quienes piensen de otra manera, pero no admito caer en la descalificación absoluta de nuestros gobernantes, que ni son los más ineptos, ni los más incapaces ni los más interesados en confusas operaciones de oportunismo político. No hay más que ver lo sucedido en nuestros países vecinos. Esa visión negativa es la de una oposición política que no ha colaborado en afrontar la situación. En nuestro país, en España, nuestra estructura autonómica, cuasi federal, no hace sino añadir dificultades a la toma de decisiones generales y rápidas. Esa oposición política en general no ha estado a la altura de la gravedad del momento; ha ayudado poco y ha criticado todo, lo hecho por el gobierno (solo el nacional, aunque los autonómicos tienen las competencias) y lo que se dejaba de hacer, que a veces resultaba ser lo mismo. En todo caso, desde la experiencia pasada, deberemos estar mejor preparados para lo que venga y la oposición debería ser un poco más “constructiva”.

También ha resultado emocionante asistir a un extraordinario esfuerzo colectivo de inteligencia e investigación mundial para conseguir una vacuna eficaz acortando los plazos necesarios, sin reducir los controles de seguridad, por supuesto. Había mucha necesidad y también mucho dinero por medio. Pero es también emocionante averiguar que la vacuna lleva marca americana pero su madre es una investigadora húngara, Katalin Karikó, acogida en Estados Unidos y sus padres una pareja de investigadores turcos trabajando en Alemania, Ugur Sahin y Özlem Türeci. Es una información interesante para todos, especialmente para quienes pretenden conjurar sus demonios internos reforzando las fronteras e intentando frenar la migración de los foráneos. Por lo demás una de las fábricas o laboratorio de la vacuna está radicada en Bélgica y se reparte simultáneamente en toda la Unión Europea. En España el almacén de ese laboratorio está precisamente junto a nosotros, en Cabanillas del Campo.

Los ciudadanos también tienen gran parte de la responsabilidad. La mayoría entendemos la necesidad de mantener un aislamiento doloroso como medida más eficaz, pero pequeños grupos de irresponsables no respetan lo acordado aumentando el riesgo de los demás. De los “negacionistas” y “conspiranoicos” prefiero no hacer ni mención (aunque faltando al propósito, la acabo de hacer; no puedo admitir que su única explicación sea su ignorancia). ¿Les podremos convencer de su irresponsabilidad y falta de respeto a la sociedad en la que viven sin recurrir exclusivamente al castigo y multa? Debemos intentarlo.

Es emocionante también comprobar cómo quienes más sufrieron el golpe de la primera ola fueron las personas acogidas en residencias de ancianos, con quienes se ha cometido en muchos casos algo próximo al directo abandono, ahora son los primeros en recibir la vacuna salvadora, junto con el personal que les atiende y el personal sanitario que también sufrió los primeros golpes mortales.

También es esperanzador ver cómo, a la hora de conseguir la inyección milagrosa, frente a algunas propuestas egoístas nacionales en Europa o autonómicas o nacionalistas en nuestro país, ha prevalecido un reparto equitativo y simultáneo al menos en la Unión Europea.

En fin, no puedo alargarme más en lo que debe ser un breve artículo. Concluiré pensando que, ciertamente la experiencia de los clásicos griegos es correcta, siempre nos puede ocurrir algo peor, pero en esta ocasión, quiero pensar que, al menos en el futuro próximo, lo que nos va a ocurrir es algo mucho mejor que lo pasado. Ello reafirma mi optimismo y mi alineamiento con los que ven la botella medio llena.

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