Esther O. Corral del Rey

Hace poco leí una noticia en la que se decía que la ONU condenaba a España a indemnizar a una mujer por la violencia obstétrica sufrida durante el parto. El Estado debía indemnizar a la madre que fue sometida a diez tactos vaginales, inducción con oxitocina y episiotomía, entre otros procedimientos innecesarios y sin consentimiento de la misma. Además, el Comité de Naciones Unidas para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer (Cedaw), insta al Estado a formar a las y los profesionales sanitarios y de la judicatura para prevenir estas situaciones y a hacer estudios para visibilizar este problema y orientar las políticas públicas y sanitarias.

Todas estas prácticas, sin fundamentación médica, suponen violencia obstétrica. Es una forma específica de violación a los derechos humanos y reproductivos de las mujeres, incluyendo los derechos a la igualdad, la no discriminación, la información, la integridad, la salud y la autonomía reproductiva. Se genera en el ámbito de la atención del embarazo, el parto y el puerperio en los servicios de salud (públicos y privados), y es producto de un entramado multifactorial en el que confluyen la violencia institucional y la violencia de género. Por lo tanto, nos referimos como violencia obstétrica durante el parto a aquellos métodos como el tacto realizado por más de una persona, la episiotomía como procedimiento de rutina, el uso de fórceps, la sujeción de la madre al potro con posturas antinaturales, la maniobra de Kristeller, el raspado de útero sin anestesia, la cesárea sin verdadera justificación médica o el suministro de medicación innecesaria.

Este tipo de violencia es una forma más de violencia de género reconocida por la ONU.

El pasado 21 de enero el Parlamento Europeo publicó su resolución “sobre la estrategia de la Unión para la igualdad de género”, en la que hace un exhaustivo repaso de una amplia documentación institucional oficial sobre las distintas formas de discriminación, violencia y violación de los derechos de las mujeres entre las que se encuentra la violencia obstétrica y ginecológica.

Por poner un ejemplo, de los casi 400.000 bebés que nacen al año en España, unos 100.000 lo hacen actualmente por cesárea, o sea, un 25%, de las cuales, casi la mitad eran innecesarias. La OMS recomienda no sobrepasar el porcentaje del 10–15 por ciento de cesáreas, porcentaje que resulta de aplicar criterios estrictamente médicos y de preservación de la salud tanto de la madre como del recién nacido. Más de 117.000 episiotomías (corte en la vagina para acelerar la salida del bebé) que nunca tendrían que haberse realizado. Y hay más, porque la violencia visible y cuantificable es solo la punta del iceberg.

Desgraciadamente la cesárea se está convirtiendo en una moda en la que todos parecen estar implicados, y así lo que tendría que ser una decisión basada en criterios estrictamente médicos está siendo muy a menudo una degradación de la práctica médica basada en la comodidad, pues una cesárea, además de ser programada, dura tan sólo una hora o menos mientras que un parto normal requiere mucho más tiempo. En algunos hospitales la cesárea se dispara el viernes por la tarde. La universidad de Yale, en Estados Unidos llevó a término una investigación que revelaba que los varones especialistas en obstetricia tenían tres veces más tendencia a hacer cesáreas que sus colegas mujeres.

Introducir transversalmente la perspectiva de género en el análisis de los procesos involucrados en la salud sexual y reproductiva es indispensable para su comprensión integral. El género no es solo un aspecto determinante de inequidad, sino también un eje explicativo de muchos de los factores que intervienen en el enfermar y morir de mujeres y hombres

Todavía queda mucho trabajo por delante, pero cada vez son más los organismos oficiales que avalan el derecho de las mujeres a ser tratadas con dignidad y respeto durante sus partos, así como el derecho a la soberanía y autonomía sobre sus propios cuerpos y procesos reproductivos, y a su capacidad de decisión. Quien no asuma que, independientemente del recorrido de estos objetivos, ésta es una lucha que las mujeres tenemos ganada, y que solo es cuestión de tiempo que comiencen a aplicarse políticas que garanticen una atención digna en el parto, está condenado a la obsolescencia profesional.

Ha llegado la hora de cambiar el viejo y mítico paradigma bíblico de parirás con dolor y de que se nos empiece a escuchar a las verdaderas protagonistas del parto, las mujeres. Por que el dolor y el placer son sensaciones físicas y la satisfacción y el sufrimiento son sensaciones emocionales. Y es que lejos de relacionar el parto con un acto de comunión con nuestros cuerpos de mujeres, con la madre naturaleza y concepciones acientíficas del parto que no tienen en cuenta la violencia que lo rodea, la medicina patriarcal sigue aplicando protocolos sanitarios que obvian el sentir de las mujeres que desean ser madres.

Porque en definitiva, si nosotras parimos, nosotras decidimos.

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