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Antonio Marco

El calendario hoy en día es un simple instrumento en papel o digital para organizar los 365 días del año, periodo en el que la tierra completa una vuelta alrededor del Sol, distribuyéndolos en 12 partes o meses de desigual duración y de nombre para muchos puramente convencional sin más sentido. Pero no siempre ha sido así; en el pasado el calendario fue un instrumento para organizar el tiempo marcando los ciclos de la naturaleza y diferenciando los momentos sagrados de los profanos. El calendario marcaba las fiestas y los días aptos para determinadas funciones de la actividad del hombre, sobre todo en su relación con la divinidad.
Pero hoy en día apenas percibimos y sentimos los diferentes ciclos naturales, cuando la información meteorológica es prácticamente instantánea y vivimos también naturalmente al día. Tampoco nos ayuda a establecer diferencias entre unas estaciones y otras el consumo de alimentos de temporada, antes exclusivos de cada momento, y ahora presentes cualquier día del año en cualquier mercado. Apenas si diferenciamos también el día de la noche, achicada en muchas horas por un derroche de iluminación eléctrica permanente, hasta contaminar y afectar a veces a la propia vida.
Y sin embargo, a pesar de estos cambios, el climático de gran importancia y transcendencia, la naturaleza y sus ciclos sigue siendo la misma. Ahora, en estos días, surge y brota con fuerza la Primavera. Es suficiente pasear por la ciudad, mucho mejor salir al campo si la pandemia no lo impide, para percibir la fuerza incontenible de la naturaleza, que todo lo germina y verdea y que despierta, tal vez resucite, del largo letargo o muerte invernal. También nosotros, seres humanos, naturaleza a fin de cuentas, recobramos ahora nueva vida y energía y miramos al futuro con mayor esperanza.
Muchas religiones y mitologías, conozco algo las antiguas de nuestro entorno mediterráneo, explicaron estos ciclos con mitos simbólicos. Muy conocido es el de Perséfone o Kore, hija de los dioses Zeus y Deméter, raptada por Hades o Plutón, el dios del Infierno. Su madre, entristecida y desesperada, provocó la muerte o inactividad de la naturaleza, situación que prolongó hasta alcanzar un acuerdo con Hades: la muchacha Perséfone pasará seis meses en el infierno (naturaleza muerta) y seis en el Olimpo (naturaleza viva) con su madre. Las religiones que ofrecen la salvación a los hombres después de muertos, como el cristianismo, se inspiraron también en la resurrección de la naturaleza, precisamente en primavera. Osiris, Mitra, Adonis y otros más son también seres divinos del entorno mediterráneo que mueren y resucitan en primavera.
Relacionar los ciclos de la naturaleza con las etapas de la vida humana ha sido también un lugar común en la poesía, los poetas han compuestos hermosos y sentidos poemas. Hace algunos años en mi blog Antiquitatem, que trabajé con toda ilusión, comenté lo que para algunos clasicistas es el más hermoso poema de la antigüedad, valoración siempre personal y relativa, la famosa Oda 7 del libro IV del poeta latino Horacio. La transcribo a continuación en una traducción personal, tarea siempre difícil si no imposible en el caso de la poesía. Es el pensamiento epicúreo el que anima esta composición. En este poema el regreso de la primavera, que ya se anuncia con fuerza incontenible, y la sucesión de las estaciones del año, nos advierten de que todo pasa; pero así como los años se renuevan cíclicamente, no nos ocurre igual a los hombres;  cuando llega nuestro ocaso (no sabemos cuándo ha de ser), no regresamos a la vida, sólo somos polvo (en la urna funeraria) y sombra (en el mundo de ultratumba); ni siquiera los dioses pueden resucitar a los hombres; así que debemos aprovechar el momento (carpe diem).
Permítaseme que en esta ocasión presente el enlace con la página web de mi blog en la que el lector puede ampliar su información: http://www.antiquitatem.com/horacio-poema-mas-hermoso-de-antiguedad/

Oda, IV, 7 de Horacio

Han huido las nieves, retorna la yerba a los campos
y a los árboles su cabellera.
Cambia su aspecto la tierra y los ríos en sus crecidas
abandonan sus cauces.
Una de las Gracias, con las Ninfas y sus  dos hermanas,
se atreve a dirigir, desnuda,  sus danzas.
No esperes algo  inmortal, te aconsejan el año
y las horas que arrebatan el día soleado.
Los fríos se suavizan con el Céfiro,
el verano deja atrás  la primavera,
para  a su vez morir  tan pronto
como el otoño cargado de manzanas
derrame sus frutos;
y pronto volverá la bruma inactiva.
Aunque,  rápidas, las lunas repararán los daños del cielo.
Nosotros en cambio,  cuando caemos
a donde cayó el padre Eneas y el rico Tulo y Anco,
polvo y sombra somos.
¿Quién sabe si los dioses de arriba añadirán todavía mañana
un tiempo a la cuenta de hoy?
Sólo lo que tú te hayas dado con ánimo amigo
escapará de las ávidas manos de tu heredero.
Una vez que hayas muerto
y Minos te haya dictado  su majestuosa  sentencia,
ni tu estirpe, Torcuato, ni tu elocuencia, ni tu piedad
te restituirán a la vida:
Ni Diana libró del tenebroso infierno
al pudoroso Hipólito,
ni Teseo pudo romper las cadenas leteas
de su querido Pirítoo.


Para mejor entender el poema por parte de quienes no estén familiarizados con el mundo grecorromano, añadiré unas pequeñas notas explicativas que ayuden a comprender el poema:
Gracias y sus hermanas: Son las tres Gracias, diosas menores de la belleza, del encanto y del atractivo.
Ninfas: bellas divinidades de la naturaleza, de las fuentes, de los ríos, de los árboles, de las cuevas.
Céfiro: viento del oeste, suave y fructífero, que sopla en primavera
Padre Eneas: príncipe troyano que llega huyendo a Italia; sus descendientes crearán la ciudad y el imperio de Roma.
Tulo y Anco: Son Tulo Hostilio y Anco Marcio, dos de los reyes legendarios de  Roma que representan la grandeza del pasado.
Minos: Es uno de los  jueces del  mundo inferior, del mundo de los muertos   
Torcuato: persona a la que Horacio  dedica el poema
Diana: es la diosa de la caza, de los bosques,  virgen y por tanto diosa del pudor
Hipólito: hijo de Teseo, del que se enamora su madrastra Fedra y al que inculpa  falsamente, devoto de Diana y no de Venus, diosa del amor.
Teseo: mítico rey de Atenas, amigo de Pirítoo; los dos bajaron al infierno en  busca de Perséfone, pero sólo regreso Teseo con la ayuda de Heracles.
Leteo: uno de los ríos del Hades o infierno (de este nombre deriva “letal” =mortal)

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