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Nacho Redondo

Hacia 1545 los españoles se encontraron en Bolivia con un cerro en el que proliferaba la plata y  decidieron “tomarlo” para establecer allí una pequeña colonia. Había tanta plata que hasta se veía en la misma tierra. Se llamaba Cerro Rico.

El cerro poseía una enorme riqueza de este material que fue explotado intensamente por los primeros pobladores y que ha continuado así a lo largo de la historia. No en vano desde 1987 se considera Patrimonio de la Humanidad con el fin de protegerlo y restaurarlo por ser un testigo de excepción de la propia Historia.

Durante años se traía la plata hasta España para sufragar todo tipo de contiendas y para pagar la deuda que tenía la corona española. Y se trajo tanta plata de Bolivia que no cabía en los almacenes previstos en Sevilla para guardarla.

El lugar se convirtió en sitio de peregrinaje de gente para hacer fortuna. En poco tiempo la población de Potosí llegó a alcanzar las 160.000 personas. Y cada vez se necesitaba más mano de obra para seguir explotando las mimas de plata. Casi todos los habitantes de allí eran obligados a trabajar dentro de la mina por muchas horas y en unas muy malas condiciones. La mortalidad era tan grande que se pidió permiso a la corona para incorporar esclavos africanos y continuar así con la extracción del mineral.

A partir del S. XVII la producción de plata fue bajando y con ello también la población. El lugar empezó a dejar de tener interés y empezó su decadencia. No obstante, seguían vivas todo tipo de historias y leyendas del lugar que eran conocidas en todo el mundo. Hasta el mismo Cervantes en su Quijote de la Mancha hace mención a las minas del Posotí en el capítulo LXXI:

“Si yo te hubiera de pagar, Sancho –respondió don Quijote–, conforme lo que merece la grandeza y calidad deste remedio, el tesoro de Venecia, las minas del Potosí fueran poco para pagarte; toma tú el tiento a lo que llevas mío, y pon el precio a cada azote”.

Cuentan que Potosí era el monedero del Siglo XVI y que España lo utilizó para sanear sus arcas e intentar agrandar el imperio a base de nuevas conquistas financiadas con la plata de allí extraída.

Valer un potosí es sinónimo de tener una riqueza extraordinaria según el diccionario de la Real Academia de la Lengua. A veces nos infravaloramos tanto que dejamos de creer en nosotros mismos. Al igual que pasó en Cerro Rico donde acudieron de distintas partes del mundo para aprovecharse de su plata y que después el propio pueblo ha sido capaz de recuperarse, a pesar de la corrupción y el crimen, también las personas tenemos que reponernos a cualquier adversidad, venga de donde venga.

Al igual que Potosí aparece en varias obras cervantinas y al igual que Potosí lo hemos incorporado en nuestra lengua para definir algo que tiene valor, debemos hacer que nuestra presencia se haga valer un Potosí, tal y como revindicaron los bolivianos con su territorio a lo largo de la historia.

Cuando algún cliente o amigo me dice que se siente como si no valiera nada le pregunto sobre quién es el que dice esa afirmación para invitarle a reflexionar sobre ello. Esta pregunta nos va a servir para pensar sobre el valor que tenemos por si éste depende de lo que opinan los demás o si por el contrario es una apreciación sesgada de mi pensamiento particular.

A veces, un fracaso sea del ámbito que sea, nos lleva a pensar en el poco valor que tenemos. Pero nada más lejos de la realidad; podemos tener fracasos o tropiezos, pero nuca conseguirán restarnos valor. Acuérdate de lo que dije antes cuando Potosí pasó de muy pocos habitantes a casi 200.000 y luego volver a 20.000, siendo explotados y sintiendo perder todo cuanto tenían. Sin embargo, siguen siendo y son conscientes de su valor como pueblo.

Puede que el momento que estés viviendo sientas que tu valor es de una determinada manera. Lo cierto es que si valoras lo que has hecho en tu vida, si eres capaz de reconocer tus éxitos y si te hablas como lo harías con cualquier amigo al que estuvieses ayudando, te darías cuenta de que realmente vales un Potosí.  

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