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Guillermo Alonso

Acabamos de celebrar un aniversario muy triste, de esos que casi preferimos no tener que recordar. Resulta que hace un año ya que se registró en España el primer caso de enfermo por coronavirus.

Con que ingenuidad recibíamos entonces la noticia. No pasará apenas nada, nos dijeron. Afectará a pocas personas, etc. No acertamos ni una. Pero nadie, además. Ni los expertos que había entonces ni los que se convirtieron en expertos después. Los «cuñados», vamos.

Y mientras debatíamos todo lo que temíamos o esperábamos, llegaba el primer bombazo: los organizadores cancelaban el Mobile World Congress de Barcelona por la crisis, y se montaba la de San Quintín. ¡Qué escándalo! ¡Qué vergüenza!, ¡esto va a ser una ruina!. Eran las frases más repetidas por aquel entonces. Y teniendo en cuenta lo que llegó desde entonces, parece que hemos aprendido muy poco. Y no solo por los negacionistas, sino porque no estamos dispuestos a asumir todo lo que esta nueva enfermedad ha traído consigo.

Se intentaron salvar la Semana Santa, Las Fallas y la Feria de Abril, pero no pudo ser. Luego había que salvar el verano, y se abrió la mano, y llegó la segunda ola, aunque no tan peliaguda como la primera. Posteriormente había que salvar la Navidad, y las consecuencias son una tercera ola muy letal.

Así que intentar salvar nada que no sean vidas parece, cuando menos, iluso y peligroso. Lo que hay que hacer es vacunar, mucho y muy rápido, para inmunizar a la población. Y entonces será el momento de salvar todo lo que hay que salvar, la economía, el empleo, las tradiciones y las fiestas.

Un año ya ha pasado desde que aquel turista alemán llegaba a Canarias y debía ser aislado por el nuevo virus. Y seguimos discutiendo si son galgos o podencos. Y el único dato positivo es que ya hay vacunas. Las hay para muchas cosas, para muchos males y enfermedades, para muchos menos para la estupidez. Esa sigue campando a sus anchas.

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