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Antonio Marco

La literatura occidental, la clásica, la nuestra, la que alimenta nuestra imaginación y disfrute con la palabra escrita, comienza con un poema “épico”, “La Ilíada”, episodio de la guerra de Troya. El poema clásico es el resultado de la decantación de otros relatos anteriores orales en los que se canta y celebra el comportamiento heroico de unos griegos belicosos, con un determinado concepto del valor y de la virtud, es decir, de la “hombría”. Recordemos que “virtud” etimológicamente no es sino el sustantivo abstracto que significa la cualidad de “vir”, de hombre. En realidad, lo que más les importa a estos heroicos griegos es la fama y su pervivencia inmortal y gloriosa en la memoria de sus iguales.

Así que, desde su origen, “las letras y las armas” quedaron unidas para siempre. Así lo intuyó y expresó nuestro inmortal Cervantes en el capítulo XXXVIII de la Primera Parte del Quijote, que titula: “Que trata del curioso discurso que hizo don Quijote de las armas y las letras”, aunque no identificando las letras con el arte literario sino con las leyes. En ese discurso Cervantes viene en afirmar la necesidad de las letras que regulan con sus leyes la guerra en un mundo violento y la necesidad de la guerra para asegurar con la fuerza de las armas el cumplimiento de las leyes.

En el capítulo nos hace Cervantes también una dolorida descripción de la vida de penalidades y escaso reconocimiento del soldado, que en el fondo no es sino un apunte de su propia vida. Indirectamente podría interpretarse también como una invitación a la deserción, aunque realmente parece ser lo contrario. En este contexto de “las armas y las letras”, el poeta latino Horacio, y antes que él el griego Arquíloco, no dudaron en arrojar el escudo para huir más rápidamente de la batalla. Pero hay además en la triste experiencia de Cervantes como soldado algo que le produce una enorme desilusión y frustración, como es el uso moderno y a gran escala de la artillería, que, disparando desde lejos, evita el heroico cuerpo a cuerpo del soldado antiguo y medieval. Quién mejor que él para expresarlo:

Y lo que más es de admirar: que apenas uno ha caído donde no se podrá levantar hasta la fin del mundo, cuando otro ocupa su mesmo lugar; y si este también cae en el mar, que como a enemigo le aguarda, otro y otro le sucede, sin dar tiempo al tiempo de sus muertes: valentía y atrevimiento el mayor que se puede hallar en todos los trances de la guerra. Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero, y que sin saber cómo o por dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala (disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor que hizo el fuego al disparar de la maldita máquina) y corta y acaba en un instante los pensamientos y vida de quien la merecía gozar luengos siglos.

Esta es la triste realidad: la artillería acabó con la “épica” bélica, de manera bien real en la persona de Cervantes, que quedó inútil de un brazo de un balazo perdido de autor lejano y desconocido.

Pues bien, si esto lo decía Cervantes a principios del siglo XVII, hace ya algo más de cuatrocientos años, de las batallas de su tiempo, ¿qué diría de las “infames” guerras tecnológicas actuales, ejecutadas en gran parte por simples máquinas, aunque complejas y caras?

Sin duda alguna las dos guerras más destructivas e inhumanas de cuantas los hombres se han declarado unos a otros, han sido las dos guerras “mundiales” de la primera mitad del siglo XX. Quedan vivas cada vez menos personas que participaron en ellas. Somos muchos más los que hemos tenido cumplida noticia de su existencia y brutalidad y tal vez ahora sean muchos más todavía los que apenas tienen información alguna sobre esos enfrentamientos terribles. En todo caso somos muchos los que querríamos creer que otros conflictos semejantes no podrían producirse nunca jamás. Pero la terrible experiencia de muchos millones de muertos en Europa y en otras partes del mundo, más de 100 tal vez, no fue suficiente para impedir dividir al mundo occidental, también mundial, en dos bloques esencialmente enfrentados y embarcados en una carrera armamentística convencional y nuclear de efectos absolutamente destructivos. Poco después, la aparición de la guerra en Yugoslavia, en plena Europa, fue un absoluto mazazo a los deseos pacifistas de millones de europeos. Mientras tanto decenas de conflictos más o menos locales están diseminados por el planeta. Y actualmente la guerra destructiva consecuencia de la invasión de Ucrania por parte de Rusia, que se siente de nuevo amenazada por la Europa occidental y de EE.UU., nos deja absolutamente descolocados y desamparados, incluso a quienes disfrutando del arte literario con la épica heroica de Aquiles, Héctor, Ayax y los héroes de la guerra de Troya, aborrecemos absolutamente tanto inhumano y fratricida enfrentamiento, casi siempre injustificado, fruto de la ambición y egoísmo de unos humanos frente a otros. Ni el diálogo, ni la negociación y diplomacia consiguen parar tamaña locura.

No voy a entrar en la consideración de las causas, motivos y consecuencia de esta guerra en Europa, que está reduciendo a escombros a una país soberano en proceso de creación de unas mejores condiciones de vida para sus ciudadanos. Desde luego no trago irreflexivamente sin más con las ruedas de molino de una información del proceso bélico de los numerosos medios de comunicación occidentales de todo tipo absolutamente uniforme. A los medios rusos no los leo, por aquí ni aparecen, ni los consideraría más verace. Siempre es necesario y conveniente el contraste, las opiniones diversas, el respeto a todas las consideraciones lejos de la uniformidad caricaturesca de simples buenos y malos, dioses y demonios. No existe desgraciadamente la libertad real suficiente para conocer las opiniones y reflexiones serias diversas, siempre temerosas de expresarse a la contra en un contexto hostil. No prejuzgo nada ni pretendo justificar una agresión y destrucción ilegal e inhumana, pero me gustaría tener mejor información. Leo, por ejemplo, con preocupación la polémica enorme que ha levantado en Alemania un artículo sobre esta guerra de Ucrania de un pensador serio y profundo, con el que no hay obligación de estar de acuerdo, pero si de escucharlo, Jürgen Habermas.

No alimentaré de momento la polémica, pero volviendo a Cervantes y su consideración del poder anónimo y lejano de la artillería de su tiempo, ¿qué valor heroico puede darse en una contienda como la actual en la que un “infame” misil, en palabras de Cervantes, lanzado desde decenas, centenas y podrían ser millares de kilómetros, acaba sin posibilidad alguna de defensa con la vida de decenas de personas, civiles y militares, y con la destrucción inmediata de todo tipo de edificios? ¿A quién o a qué máquina o artefacto, plataforma lanzamisiles o dron se deberá imponer la “medalla al valor, al mérito militar, al sacrificio heroico en el enfrentamiento cuerpo a cuerpo en igualdad de condiciones? ¿Qué moderno Homero cantará la cólera y el esfuerzo del héroe eslavo, el que sea, cuando ya es imposible toda épica personal? Y si las Letras son las leyes, como dice Cervantes, ¿tenemos o no tenemos acuerdos y normas internacionales para evitar la locura? Y si las tenemos ¿por qué no se cumplen?

¿Y qué deberá o podrá hacer el nulo superviviente de una posible conflagración nuclear, no sabemos si lejana o próxima, en todo caso posible? ¿Qué función defensiva y disuasoria puede tener almacenar y seguir aumentando estas armas nucleares mil veces destructivas en silos siempre amenazantes? Si con una sola destrucción es suficiente, ¿cómo nos vamos a alterodestruir una y otra vez hasta agotar el arsenal nuclear? La guerra nunca es fría y en todo caso se puede calentar rápida y fácilmente, como la Historia nos recuerda mil veces. Si existen armas nucleares, algún día habrá una guerra nuclear.

¿Asistiremos, pues, indefensos y paralizados, aunque bien adormecidos, a semejante locura que amenaza no solo a la vida democrática y libre de los pueblos y ciudadanos sino a la propia humanidad? ¿Por qué no es posible llegar a un acuerdo mínimo, que evite la destrucción? ¿Por qué no se oyen más numerosas, más fuertes y con mayor nitidez voces pidiendo la paz?

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