• Autor de la entrada:
  • Categoría de la entrada:Opinión

Antonio Marco

Llevamos 15 días asistiendo a un espectáculo sobrecogedor de “fuerza de la naturaleza”: un volcán en la isla canaria de La Palma no deja de rugir y arrojar lava incandescente, imparable e incontenible. Esa fuerza de la naturaleza, sobrecogedora y bella, es también enormemente destructiva, arrasando todo lo que encuentra a su paso. Para los curiosos, los hay a miles, es un espectáculo que merece la pena ver en vivo, in situ, al margen de la empatía o solidaridad que pueda generar una enorme desgracia para algunos conciudadanos y aunque haya que sortear los controles de seguridad. Para los científicos que se dedican a estudiar el interior magmático de nuestro planeta y sus efusiones al exterior, es esa una ocasión única que no pueden desaprovechar para ampliar su conocimiento y por eso son muchos los que se encuentran en las cercanías del volcán. Hasta hoy los daños materiales son muchos pero afortunadamente no ha habido daños personales.

Los volcanes reciben el nombre del dios romano Vulcano, el dios del fuego que funde y moldea el hierro y los restantes metales, que, según la mitología, mantiene su fragua activa en las profundidades del Etna, el volcán siempre activo de la isla de Sicilia.

En el continente, en la península italiana, cerca de Nápoles hay otro volcán que en varias ocasiones ha entrado en erupción. La última, de la que tenemos noticias interesantes, ocurrió el día 24 de agosto del año 79, hace pues 1942 años. Al pie del Vesubio se encontraba una alegre ciudad de unos 20.000 habitantes inconscientes del peligro junto al que vivían, Pompeya.

Algunos temblores precedentes anunciaron la erupción de un volcán que llevaba inactivo más de 1.500 años. Tenemos valiosa información de aquella erupción; la visión de lo que está ahora ocurriendo en la isla de La Palma nos ayuda a imaginar lo que pasó en Pompeya, a pesar de las diferencias. En apenas 20 horas Pompeya quedó arrasada y al menos 5.000 de sus habitantes murieron asfixiados por las cenizas y los gases tóxicos, dióxido de carbono sobre todo, que sobre ellos cayeron. Comenzó la erupción hacia la una de la tarde con un enorme rugido; una enorme columna de gas alcanzó rápidamente los quince kilómetros de altura y se hizo visible desde toda la bahía; como un enorme pino, oscureció la luz del sol. Durante horas interminables estuvieron cayendo millones de toneladas de piedra pómez, porosa y de poco peso que van cubriendo la ciudad. Muchas personas huyeron, pero otras permanecieron en sus casas y allí encontraron el fin de su vida.

Durante la noche una enorme explosión lanzó el llamado “flujo piroclástico” (del griego πῦρ “fuego” y “κλαστός” “roto, trozo” o nube ardiente mezcla de gases y roca que se mueve a nivel del suelo y   que todo lo carboniza a su paso). No llegó a Pompeya, pero arrasó la vecina ciudad de Herculano y la sepultó bajo veinticinco metros de escombros.

Sobre Pompeya siguió cayendo piedra pómez y cenizas y una enorme nube tóxica acabó con la vida de todos los seres que vivían por  respiración.  Se calcula que el Vesubio lanzó más de 10.000 millones de toneladas de roca y piedra pómez.

La ciudad quedó sellada por las cenizas como un enorme sarcófago. 1.500 años después se redescubrió la ciudad y los impresionantes hallazgos nos permiten reconstruir en gran medida la vida de esta ciudad. Pompeya es el yacimiento arqueológico más interesante e impresionante del mundo antiguo.

En aquella ocasión hubo también un científico que no pudo resistir el atractivo de lo que veía. En su afán por conocer murió víctima de su curiosidad científica. Tenemos algún documento que nos describe con notables detalles el fin de Pompeya y del científico. Al otro lado de la bahía, en Miseno, se encontraba Cayo Plinio  Segundo, conocido como Plinio el Viejo, almirante y naturalista apasionado. Dirigió la escuadra en misión de socorro hacia Pompeya. Los vientos le empujaron poco más abajo, hacia Estabia. Allí pasó la noche; a la mañana siguiente quiso averiguar con más detalle lo que estaba sucediendo. Los gases tóxicos le fulminaron y acabaron con su vida y curiosidad de científico.

Su sobrino, llamado  Cayo Plinio Cecilio Segundo,  pero  conocido como Plinio el Joven,  que no le acompañó y se quedó en Miseno realizando sus ejercicios escolares, recogió poco después el relato de  quienes le acompañaron. Su relato y descripción pareció tan extraordinaria a sus contemporáneos y sucesores que no le creyeron, pero hoy sabemos que erupciones como la descrita son reales. Ocurren según los científicos cada dos mil años aproximadamente. ¿Ocurrirá de nuevo? Han pasado ya 1942 años y la población que habita entorno al Vesubio supone varios millones de habitantes, incluida la cercana Nápoles.

En realidad Plinio el Joven nos ha legado dos cartas referidas a este suceso; en la primera narra la destrucción de Pompeya y la muerte de su tío; en la segunda nos cuenta su experiencia personal, cómo lo vivió con peligro él y su familia. Presentaré tan solo la primera por razones de espacio, aunque la segunda también está plena de interés. El lector sabrá disculpar la extensión.

Plinio el Joven, Epist. 6, 16

C. PLINIO a su querido Tácito, salud.

Me pides que te describa la muerte de mi tío para poder transmitirla más verazmente a la posteridad. Te doy las gracias, pues veo que  su muerte tendrá una  gloria inmortal si es recordada por ti.

Pues  aunque murió en la destrucción de unas tierras hermosísimas y vaya a vivir siempre como corresponde a los pueblos y ciudades de destino memorable, aunque él mismo ha escrito muchas y perdurables obras, sin embargo la inmortalidad de tus escritos aumentará  mucho su perpetuidad.

Ciertamente considero dichosos a aquellos a quienes  se  les ha concedido como regalo  de los dioses o hacer cosas dignas de ser escritas o escribir cosas dignas de ser leídas, pero considero los más dichosos de todos a quienes  les han concedido las dos cosas. En el número de éstos estará mi tío, no sólo  por sus libros sino también por los tuyos. Por todo esto asumo con mucho gusto, incluso me exijo, lo que me encargas.

Estaba en Miseno y personalmente gobernaba  con su mando la flota. El día 24 de agosto, casi a la hora séptima (las 13 horas) mi madre le indica que está apareciendo una nube de un tamaño y  forma inusuales.

Él, después de disfrutar del sol y luego un baño frío, había tomado un bocado tumbado y estaba trabajando; pide sus sandalias, se sube a un lugar desde el que podía ser contemplado perfectamente  aquel fenómeno maravilloso. Estaba surgiendo una nube, sin que los que miraban desde lejos pudiesen saber desde qué monte, luego se supo que era el Vesubio, cuya semejanza y forma  no era otra que la de un árbol como el  pino.

Pues extendiéndose de abajo arriba en forma de tronco, por decirlo así, de forma muy alargada, se dispersaba en algunas ramas, según creo, porque reavivada por un soplo reciente, al disminuir éste luego,  se disipaba a todo lo ancho, abandonada o más bien vencida por su peso; unas veces tenía un color blanco brillante, otras sucio y con manchas, como si hubiera llevado hasta el cielo tierra o ceniza.

Como a persona erudita que era le pareció algo grande y digno de ser conocido más de cerca. Ordena que le preparen la libúrnica (nave de guerra pequeña); me ofrece la posibilidad de ir con él si me apetecía; le respondí que prefería estudiar, pues casualmente él mismo me había dado algo para que lo escribiera.

Cuando estaba saliendo de casa recibe un mensaje de Rectina, la esposa de Tasco, asustada por el peligro amenazante, pues su villa estaba situada debajo (del Vesubio), y no había otra huida  sino por barco: le rogaba que la rescatase de  peligro tan grande. Cambia él de plan y lo que había empezado con intención científica lo afronta con el mayor empeño.  Saca unas cuatrirremes (barco con cuatro filas de remos)  y se dispone a llevar su ayuda no sólo a Rectina sino a otros muchos, pues lo agradable de la playa la hacía  muy concurrida.

Va  corriendo allí de donde otros huyen y mantiene derecho  el rumbo y derecho el timón hacia el peligro, hasta tal punto libre de temor que dicta y anota todos los movimientos y todas las formas de aquel desastre como las veía con sus ojos.

Caía ya la ceniza en las naves, más caliente y más densa cuanto más cerca se aproximaban; incluso piedras pómez  negras y  quemadas y rotas por el fuego;  se produce ya un repentino  bajo fondo y la playa es inaccesible por el desplome del monte. Dudó poco si dar la vuelta hacia atrás, pero inmediatamente le dijo  al piloto, que le aconsejaba que lo hiciera así: «La fortuna ayuda a los valientes: dirígete a casa de Pomponiano».

Estaba en  Estabia,  apartado del centro del golfo, pues el mar se metía poco a poco  en las costa curvada y  redondeadas. Allí, aunque todavía no se acercaba el  peligro, siendo sin embargo  previsible y más cercano si crecía la erupción, había llevado el equipamiento a las naves, seguro de poder huir si amainaba el viento contrario. Empujado entonces mi tío por este viento muy favorable, abraza, consuela y anima a (Pomponio) que estaba temblando y para disminuir el temor de él con su propia seguridad,  ordena que le lleven a tomar un baño;  una vez lavado, se recuesta y cena, o alegre o como si estuviera alegre (lo que es igualmente grande).

Mientras tanto, desde el monte Vesubio resplandecían por muchos lugares anchísimas  llamas y altos fuegos, cuyo resplandor y claridad se acrecentaban en las tinieblas de la noche. El repetía, para remediar el miedo,  que lo que ardía eran los fuegos abandonados por los campesinos en su precipitación y las villas abandonadas por su soledad.

Entonces se entregó al descanso y  descansó ciertamente con un profundísimo sueño, pues su respiración, que era un tanto  pesada y ruidosa por la dimensión de su cuerpo, era oída por los que se encontraban ante su puerta. Pero el patio desde el que se accedía a  la habitación, lleno ya de ceniza y piedra pómez mezclada se había levantado de tal modo que, si se alargaba  un poco más la estancia en la habitación, no habría salida. Una vez despertado, se levanta y acude  con  Pomponiano y con los demás que habían permanecido vigilantes.

Deliberan en común si se quedan dentro de la casa o se van  al campo abierto. Pues los edificios se movían con los frecuentes e intensos temblores y parecía que como movidos de sus cimientos  iban y volvían de acá para allá.

Aunque al aire libre de nuevo daba miedo la caída de piedras pómez ligeras y consumidas, la comparación de los peligros les hizo elegir esta opción; y en su caso (de mi tío) ciertamente, un cálculo venció a otro cálculo, y en el caso de los otros, un temor venció a otro temor. Se atan con vendas almohadas colocadas sobre sus cabezas: esto les sirvió de protección frente a lo  que les caía.

En otras partes ya era de día, allí era la  noche más negra y cerrada de todas las noches, que sin embargo despejaban muchas antorchas y diversas hogueras .  Se decidió salir  hacia la playa y ver de cerca qué posibilidad permitía ya el mar, que  todavía permanecía  inaccesible y adverso.

Allí echado sobre una tela extendida pidió una y otra vez agua fría y la bebió. Luego las llamas y el olor a azufre, anunciador de más llamas,  ponen en fuga a los demás, a él lo ponen en alerta.

Apoyándose en dos pequeños esclavos se levantó e inmediatamente se cayó, como yo supongo,  por su respiración obstruida por el aire más denso de la nube, y por cerrársele el esófago, que él por naturaleza tenía débil y estrecho y frecuentemente con ardores.

Cuando volvió la luz (era el tercer día, desde aquel  que había visto por última vez) su cuerpo se encontró intacto, sin lesiones y cubierto tal como se había vestido. El aspecto del cuerpo se parecía más al de a una persona que está descansando que a un difunto.

Entre tanto en Miseno mi madre y yo… pero esto nada  importa a la historia, ni tú quisiste saber ninguna otra cosa que sobre su muerte. Así pues llego al final.

Añadiré solamente que te he  contado todas las cosas en las que yo intervine y todas las que  escuché en aquel momento, cuando se recuerdan con todo detalle  las cosas verdaderas. Tú seleccionarás lo más importante; una cosa es escribir una carta y otra la historia, una cosa es escribir a un amigo y otra escribir para todos. Adios.

Compartir en Redes sociales