Esther O. Corral del Rey

El pasado 28 de junio celebramos el Día Internacional del Orgullo LGTBI. Un año más para reivindicar derechos y libertades hasta ahora no conseguidos. Un día para reivindicar que una persona no debe avergonzarse por lo que es y por lo que siente. Yo lo tengo claro, ames a quien ames, hazlo en libertad. Y 51 años después del primer Orgullo, las feministas seguimos apoyando a este colectivo en el arduo camino de las reivindicaciones y la lucha. Bien lo sabemos nosotras que el camino es duro. Y en ese recorrido histórico nos encontramos con que un día después de la celebración este año del Orgullo LGTBI, el anteproyecto de ley para la igualdad real y efectiva de las personas trans y para la garantía de los derechos de las personas LGTBI se aprobaba en el Consejo de Ministros. Y si las (y los) feministas apoyamos abiertamente al colectivo LGTBI, ¿por qué esta norma ha recibido el contundente recelo de colectivos feministas?. En primer lugar porque consideramos que el anteproyecto de ley “borra” la lucha histórica de las mujeres por conseguir una sociedad más igualitaria.

Poco espacio en estas líneas para poder analizar esta futura ley, que por otra parte, va a legislar para una minoría (entre el 0,3% y el 0,5% de la población, según la OMS), poniendo en riesgo los derechos de la mitad de la población, los derechos de las mujeres.

Lo que está claro es que esta ley aborda cuestiones muy complejas y desgraciadamente, se está articulando de una manera muy emocional que impide hacer un análisis objetivo de las consecuencias que pueden derivar de esta norma.

Por un lado, hace un uso abusivo del inespecífico genérico “trans”. Más de 37 géneros sexuales diferentes. Se acabó la simplicidad, ya no solo hay dos géneros, masculino y femenino; también existen personas intergénero, transgénero, trans, transexual… y así hasta los 37 géneros sexuales existentes. Atrás quedó el tener que elegir entre heterosexual, homosexual o bisexual. Ahora puedes ser pansexual, demisexual o queer, entre otras muchas opciones. Y si hablamos del género trans, existen varias categorías: transgénero, hombre trans, persona trans, mujer trans, female to male, male to female, transfemenino, transmasculino, transexual, mujer transexual, hombre transexual y persona transexual.

Pero la cosa no queda ahí, también se puede ser andrógino, neutrosis, personas de sexo no ajustado, genderqueer, no binario, berdache, etc…

¡Oh, my God!, como dirían en Gran Bretaña, ¡qué locura!. ¿Cómo se puede legislar sobre esta inespecificidad?.

Por otra parte, y creo que la más problemática, es que no se han tenido en cuenta las consecuencias derivadas de reconocer jurídicamente la identidad de género y en este sentido nos encontramos con una contradicción jurídica. No es lo mismo la definición de género que se maneja desde el feminismo ya desde la Conferencia de Beijing en 1995 y ratificada por los Estados en el Convenio de Estambul en 2011, que la definición que se maneja desde la Teoría Queer. Para las (y los) feministas, el género es una construcción social y cultural donde se reparten diferentes roles a mujeres y hombres. Por su puesto, este reparto se realiza bajo el prisma machista de esta sociedad patriarcal. El análisis crítico de la categoría género permite erradicar la desigualdad estructural que padecemos las mujeres por nacer con el sexo femenino.

Según la Teoría Queer, el género se concibe como identidad y se refiere a la vivencia interna de cada persona. Puede corresponder o no con el sexo asignado al momento del nacimiento. Por lo tanto, cualquier persona mayor de 16 años puede solicitar en el Registro Civil el cambio de sexo registral sin condicionante alguno. Se puede cambiar o no de nombre. En el caso de las y los menores, de los 14 a los 16 años se debe realizar el trámite con un/a acompañante legal. Si hay discrepancia con los progenitores o entre ellos, la o el menor podrá recurrir a la defensa judicial. No entraré a valorar en este artículo las consecuencias de los bloqueadores de la pubertad y tratamientos hormonales en las y los menores para su crecimiento natural, ni las consecuencias psicológicas del “to be or not to be” ( la famosa frase de Shakespeare). Esto daría para hablar largo y tendido.

El anteproyecto prevé la “reversabilidad” de la decisión. Transcurridos seis meses desde la modificación del DNI se podrá recuperar la mención inicial, pero solicitándolo por vía judicial.Vamos, que ahora puedes nacer con sexo masculino, cambiarte a mujer y, si lo consideras, puedes cambiarte, de nuevo, a hombre. Este derecho a la libre elección colisiona frontalmente con las políticas de igualdad porque, como he comentado, elimina el sexo como dato objetivo y consagra una falacia acientífica: la “autodeterminación del sexo” y su rectificación registral ilimitada, sin control médico, sin control legal ni de edad. Cambio de género a la carta. Esto comporta un retroceso muy grave en los derechos de las mujeres: si cualquier hombre puede declararse mujer, las políticas de igualdad dejan de tener sentido. No serán fiables las estadísticas para actuar contra la desigualdad. En las competiciones deportivas de las mujeres se participará con ventaja, eliminando de facto los rankings femeninos. Y yo me pregunto, ¿a esto nos referimos cuando hablamos de derechos trans?. Y lo peor, se desdibujará la violencia contra las mujeres aunque el proyecto indica que el cambio registral de sexo no alterará la obligaciones jurídicas anteriores, especialmente en lo referente a la ley contra la Violencia de Género. Pero un violador o un asesino machista que cambia de género, ¿dónde cumplirá la condena?, ¿en una cárcel para hombres o para mujeres?…

Y no es que yo me ponga en contra de avanzar hacia una sociedad más justa e igualitaria, pero no a base de regalar “derechos”, ¡y qué derechos!, a un 1% de la población española quitándoselos al 52% de la población, las mujeres, como si fuesen cromos. Pero es que no se trata de una ley que vaya de derechos de las personas trans. Es una ley propagandística y acientífica.

El colectivo LGTBI merece el mayor de mis respetos pero legislemos con un mínimo de sentido común pues a pesar de haberse vendido como un avance en derechos humanos, supone un retroceso en las políticas de igualdad entre mujeres y hombres. En palabras de la gran filósofa y escritora, Amelia Valcárcel, «la ley Trans es una barbaridad. Nos mete en un mundo irreal».

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