Escribir como el domador de vientos con su lazo de palabras

Publicado por: Rafael Cabanillas
05/01/2023 12:07 PM
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Escribo para poder respirar. Como si las palabras fueran el oxígeno con el que seguir respirando, con el que seguir viviendo, con el que seguir afanando. Para aliviar la asfixia de las bocanadas de pájaro.


Escribo para que el alma de las palabras, hecha de aliento, de vaho, acabe con los silencios. Los silencios de mordaza. Los potros salvajes maniatados en la madrugada.


Escribo por los mudos. Por todos aquellos hombres y mujeres que se quedaron mudos cuando les arrancaron de cuajo la voz y las palabras. Cuando les extirparon las lenguas y las gargantas. Sin voz, sin oxígeno, sin aliento, sin palabras.


Escribo para no morir de hambre. Como si cada palabra fuera un mendrugo de pan con el que alimentarse. Corteza de sílabas, migas de vocales. Para los bocas hambrientas que, con la mano levantada, suplican y lloran a las madres. A las madres que convierten en pan el aire.


Escribo por los que no saben escribir. Por los que no saben leer. Porque las letras corren y se escapan de las cuartillas como las hormigas negras de los desiertos de arena y papel. No saben escribir, no saben leer, pero me dictan lo que nunca fue escrito. Lo que no está escrito. Con miedo. Por ellos escribo también, por los que tienen miedo. Por los que viven muertos de miedo. Les rajaron el cuerpo, les sacaron la sangre y les metieron dentro el miedo. No los mataron. No dejaron que murieran. Los quisieron vivos, con el miedo en el cuerpo. Con el miedo dentro. Y la ignorancia, los prejuicios, los engaños y las promesas de humo y cartón. Siempre asustados, cabizbajos, mirando para detrás; siempre exigiendo a los suyos silencio. Desheredados, desposeídos, sin una oportunidad, sin un privilegio. Puñados de barro moldeados por un alfarero ciego.


Escribo en el nombre de los que abren las estaciones de metro con la noche a cuestas, con la noche aún estrellada. Los que cogen el último bus en las calles oscuras y solitarias. Los que levantan el arado, la hoz, el hacha, antes de que el sol salga. Los que mastican el polvo, los que mastican la rabia. Para clausurar el día, para inaugurar la alborada.


Escribo por los que tienen las manos limpias, ásperas y desolladas de tanto arañar la tierra. De tanto rascar hasta dejarse las uñas clavadas. Los alzados del suelo, los sepultados en vida. Los que creen merecer su sufrimiento, su culpa, su pena negra. Los hermanados al dolor porque la dicha no les pertenece. Es ajena, siempre pasa de largo, sin detenerse. Porque anularon la parada en su línea 7, aunque les dijeran que era el número de la suerte. Estación del Olvido, parada del Abandono, empalme con Desolación. Muertos vivientes.


Escribo por los que no tienen un mañana. Ni un año, ni un mes, ni una semana. Solo el levantarte cada día, uno y otro y otro más, a buscarse la vida. A llenar la saca, que cuelga de su espalda desnuda, de chatarra. Los chatarreros del orbe. Los quincalleros celestes. Los desguazadores de todas las miserias estelares.


Y escribiría en nombre de Dios, si Dios existiera. Pero Dios no existe para estos hombres, para estas mujeres. Se lo robaron. Se lo apropiaron también. Se quedaron huérfanos. Sin Dios y sin voz. Los sueños rotos, los deseos amputados. Rotos como cristales, amputados con los muñones al aire. Derramados por los albañales.


Por todos ellos escribo. Afilando las palabras igual que se afilan las navajas. El afilador nómada que toca su caramillo antes de que la noche caiga.

 

Rafael Cabanillas S. es escritor

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