Ciudadanos de todas las condiciones despedían ese día en la capital a la condesa de la Vega del Pozo. Un acto de reconocimiento y agradecimiento popular a una mujer adelantada a su tiempo, cuyos restos descansan en el Panteón que lleva su nombre y que custodia uno de los conjuntos funerarios privados más espectaculares del país
El 9 de marzo de 1916, hace ahora 110 años, María Diega Desmaissières y Sevillano, duquesa de Sevillano y condesa de la Vega del Pozo, entre otros muchos títulos, fallecía en soledad y de un forma inesperada en la habitación de un hotel de Burdeos, a los 64 años de edad. Sin embargo, tuvieron que pasar varios días para que fuera enterrada con honores de Grande de España en Guadalajara, ciudad donde poseía su palacio familiar y en la que dejó un enorme legado cultural, patrimonial y social.
La noticia de su muerte fue recogida por la prensa local con gran consternación. En aquel entonces, el periódico Flores y Abejas publicaba la siguiente información: "Por la prensa de Madrid nos enteramos el domingo de que en Burdeos había dejado de existir el día 9, la bondadosa señora doña María Diega Desmaissières y Sevillano, Duquesa de Sevillano, Marquesa de los Llanos de Alguaras y de Fuentes de Duero, Condesa de la Vega del Pozo y Vizcondesa de Jorbalán. Era la finada una dama de grandes virtudes, muy cristiana y muy caritativa, que consagró su vida al cuidado de sus intereses y a practicar el bien con toda la largueza que su grandísima fortuna la permitía. De todos es conocida su prodigalidad para los menesterosos de Guadalajara y lo mucho que se preocupó para que a las clases trabajadoras no les faltase nunca trabajo. Merced a ella, puede decirse que no existía crisis obrera en esta población, donde era conocida con el sobrenombre de madre de los pobres".
Además, el mismo medio, anunciaba la celebración de una sesión extraordinaria en el Ayuntamiento, siendo alcalde Miguel Fluiters, "para tasladar el sentimiento de la corporación por la pérdida de una de las benefactoras". En dicha sesión se acordó "que constase en acta el sentimiento de la Corporación por tan dolorosa pérdida; que al llegar el cadáver a esta ciudad fuese recibido por el Avuntamiento bajo mazas y que se invitase al pueblo con objeto de que asistiese al entierro".
También se acordó dirigir un telegrama al apoderado general de la duquesa, Luis Bahía, "patentizándole el sentimiento de Guadalajara". Además, la junta directiva del Casino de la calle Mayor "reunióse a las once de la mañana, acordando telegrafiar al señor Bahía en igual sentido que el Ayuntamiento, así como suspender el baile que aquella noche debía celebrarse en el Teatro, con lo cual rindióse justo tributo de respeto a la memoria de la esclarecida protectora de Guadalajara".
Su entierro fue uno de los más fastuosos y conmovedores que se recuerdan en Guadalajara y ha pasado a los anales de la historia como uno de los más multitudinarios que se recuerdan en la época.
Según se relata en el artículo ''El Panteón de la Duquesa de Sevillano', publicado en mayo de 2016 en la revista Adiós Cultural y firmado por el escritor Guillermo Arróniz, el cuerpo de la aristócrata viajó en tren desde Burdeos a Madrid a primera hora de la mañana del 17 de marzo con destino a la estación del Mediodía. El furgón en el que se trasladaba su féretro se unió a un coche especial ocupado por 200 personas. Salió en dirección a Guadalajara a las ocho y media de la mañana. A las nueve y media el andén de la estación de la ciudad no admitía más personas.
"A su entierro acudieron miles de ciudadanos, entre ellos el diputado a Cortes, señor Brocas, que ostentaba la representación del Conde de Romanones, presidente del Consejo de Ministros; el director del Museo de Ciencias Naturales señor Bolívar, los señores De Orozco, De la Mora, Fernández de la Hoz, Lamparero e incluso el ex-presidente Maura", reza el artículo.
La edición de Flores y Abejas del 19 de marzo de 1916 relataba los detalles del cortejo fúnebre: "El ataúd (de cedro con herrajes dorados según unos periódicos, de caoba y ébano con herrajes de plata según otros) salió del tren a hombros de ocho servidores de la casa, siendo depositado en un coche estufa negro, tirado por ocho caballos empenachados y servido por cuatro palafreneros a la federica. Lo seguían dos coches con las coronas y una muchedumbre de más de cinco mil personas. Para dar una idea aproximada del gentío bastará decir que cuando la primera manga parroquial entraba en la población, todavía estaban pasando acompañantes por el Molino del puente".
Frente a la iglesia de San Sebastián, en el palacio que la duquesa poseía en la ciudad- hoy Colegio Hermanos Maristas- la capilla Isidoriana cantó un responso. "Después -continúa la crónica periodística- el coche continuó hasta el Panteón, a cuya entrada la Guardia Civil hacía grandes esfuerzos por contener al público congregado. Pero contadas personas presenciaron después el descenso del féretro a la cripta. Los días 17 y 18 se mantuvieron cerrados todos los comercios de la ciudad".
Las autoridades locales y las nacionales que acudieron a su entierro y se unieron en el dolor a las muchísimas personas desfavorecisdas a las que tanto había ayudado María Diega Desmaissières.
Su cuerpo fue depositado en uno de los nichos de la cripta, junto a los de sus padres y el de su hermana, tal y como era su deseo. El Panteón fue obra de Ricardo Velázquez Bosco quien, en un alarde constructivo, levantó una falsa cripta para acoger los restos de la duquesa de Sevillano y sus familiares. A pesar de que lo pueda parecer, dicha cripta no es subterránea sino que se encuentra a pie de calle. Susana Ruiz, historiadora del Arte y guía oficial de Turismo, relata que fue un encargo directo de Doña Diega: “Es todo un alarde a nivel técnico y un capricho de la clienta. Ella le dijo a Ricardo que no quería terminar enterrada bajo tierra y que la luz natural llegase a su tumba. A Velázquez Bosco se le ocurrió elevar el edificio para que la cripta estuviese a nivel de calle”.
Para que entrase la luz natural diseñó una bóveda prácticamente plana y traslúcida. El sistema de sujección está realizado a base de arbotantes al estilo de las catedrales góticas porque la Duquesa quería, además, que el espacio fuese diáfano.
Pasados cuatro años de su fallecimiento, el pueblo de Guadalajara, por suscripción popular, y en agradecimiento por su contribución al desarrollo socioeconómico de la zona, decidió regalarle un conjunto escultórico, encargado al madrileño Ángel García Díaz, uno de los artistas de principios del siglo XX más desconocidos para el gran público, aunque en su tiempo fue considerado por los críticos de la época como uno de los escultores más insignes.
En Guadalajara, su obra se puede admirar en el edificio central de la Fundación San Diego de Alcalá, hoy colegio de Adoratrices; en el tímpano de la antigua iglesia de San Sebastián, actual colegio de los Maristas; o en la fachada del actual Liceo Caracense en la calle Teniente Figueroa.
El artista trabajó en la cripta tallando el monumento mortuorio hasta 1921. Los materiales que utilizó (mármol, granito y basalto) se introdujeron en este espacio en bruto, sin tallar, para lo que fue necesario romper una parte de la bóveda. García Díaz, con su equipo de escultores, talló el impresionante conjunto con gran detalle y precisión a la luz de las velas de las mismas lámparas que hoy se pueden admirar en los techos. Se trata de uno de los conjuntos escultóricos privados más espectaculares de España.
La escultura está formada por dos cuerpos. En primera línea aparecen tres ángeles de blanco mármol, apoyados sobre un pedestal de basalto. El ángel central porta un pergamino con las oraciones por la Duquesa; el de la derecha lleva un lirio, símbolo de la pureza, y el situado a la izquierda, un ramo de rosas que representa la caridad de la que en Guadalajara era conocida como 'La Señora`'.
El otro cuerpo escultórico incorpora cuatro figuras -tres ángeles y una mujer joven-, también en mármol, que acarrean sobre sus hombros el ataúd de la duquesa cubierto por paños en los que aparecen labrados los escudos de armas de la familia. En su parte superior, un almohadón y una corona negra labrados con auténtico detalle. En la parte delantera, un busto de doña Diega en mármol blanco. En la parte trasera, el epitafio: "Este mausoleo encierra los restos mortales de la Excma. Sra. Doña María Diega Desmaissières y Sevillano, Duquesa de Sevillano, Condesa de la Vega del Pozo, Marquesa de los Llanos de Alguazas y de Fuentes de Duero. Nació en Madrid el 16 de junio de 1852. Falleció en Burdeos el 9 de mayo de 1916. Sus herederos, admiradores de sus virtudes, modestia y generosos proyectos terminaron este monumento funerario en el año 1921. R.I.P.".
Cabe destacar que una de las piezas angelicales de este impresionante conjunto hizo merecedor a Ángel García Díaz de un premio en la Exposición Nacional de de Bellas Artes de 1920.
La perfección de las formas de los cuerpos y los paños dan una realista sensación de movimiento y de ligereza a pesar de la dureza y el peso de los materiales utilizados. El sentimiento y la profundidad que transmiten todas y cada una de las figuras, así como la profunda simbología de los elementos de ornamentación, causan un gran impacto por su perfección. La imponente presencia de este grupo escultórico convierte este espacio en un lugar único y singular.
A ello también contribuyen las coronas florales colocadas en las paredes de la cripta, testigos centenarios que recuerdan la grandeza de 'La Señora'. Se trata de una pequeña selección de todas las que llegaron a Guadalajara el día de su entierro en 1916. Se mantienen tal cual desde hace 110 años, ahora cubiertas por el polvo. En su confección se utilizaron plumas teñidas de negro y flores de tela porque en aquella época a este tipo de personajes no se les agasajaba con coronas vegetales. Hay una muy especial, la de los obreros de Vicálvaro, quienes tuvieron que pedir un préstamo al banco para adquirirla. La dedicaron, según reza la banda mortuoria, a su "inolvidable protectora".
María Diega Desmaissières y Sevillano, pertenecía a una adinerada y noble familia de origen español por vía materna y belga por la paterna. Sus padres, Diego María Desmaissières y López de Dicastillo, conde de la Vega del Pozo y marqués de los Llanos de Alguazas, embajador de España en Bélgica e Italia, y de María Nieves Sevillano y Sevillano, marquesa de Fuentes de Duero y duquesa de Sevillano, decidieron trasladar su domicilio de Bélgica a Madrid a principios del XIX. Se trajeron una fortuna que supieron invertir muy bien llegando incluso a ser Grandes de España.
Según relata Susana Ruiz, la idea de construir un Panteón familiar surge debido a que esta familia tenía un problema de salud. Una mutación genética provocaba que sus miembros fueran muriendo cada vez más jóvenes y con menos hijos con el paso de los años. A finales del siglo XIX tan sólo quedaba viva María Diega quien, al parecer, no heredó esta dolencia.
Su padre quería hacer un panteón en España para traer los cuerpos de toda la familia que andaban repartidos en cementerios de toda Europa, pero muere antes de poder cumplir su deseo, por lo que su hija, que adoraba a su padre, elige una finca agrícola de su propiedad a las afueras de Guadalajara para este fin. Manda llamar al mejor arquitecto de su tiempo, un burgalés muy de moda en Madrid, Ricardo Velazquez Bosco, autor, entre otros, del Palacio de Cristal y el Palacio de Velázquez en Madrid.
Le encarga levantar un conjunto monumental formado por tres edificios: un panteón, una iglesia dedicada a su tía -hoy iglesia de Santa María Micaela- y otro gran edificio anejo -el actual colegio de Adoratrices-. En el mismo dispuso la creación de un asilo y de una escuela taller, donde se ofrecían educación y formación de manera gratuita.
"Y aquí es donde empieza la historia absolutamente apasionante de esta mujer", señala Susana Ruiz. "Se piensa que por influencia de su tía, María Micaela, que destacó por su labor social, y como había una crisis económica brutal y unas bolsas de pobreza tremendas en los alrededores de Madrid, consideró que, en lugar de dar limosna, algo que consideraba que no era digno para el que lo recibía, ella ayudaría a mejorar las condiciones socioeconómicas de las personas para que buscasen su propio futuro”. Decidió dar educación a los jóvenes cuyas familias no se la podían ofrecer, crear trabajo para aquellos que estuviesen en edad de trabajar y dar cobijo a los más mayores para que pasasen sus últimos años de vida en unas condiciones dignas. Y así surgió el edificio del que hoy es el colegio de Adoratrices.
Puso además dos condiciones a Velázquez Bosco antes de iniciar las obras: contratar a trabajadores de la provincia y de los cinturones de pobreza de Madrid y que todo el material utilizado fuera nacional para crear también trabajo en las zonas de procedencia de las materias primas.
Así, no sólo dio empleo a casi toda la provincia y a la mitad de las afueras de Madrid, sino que además ofreció formación en los numerosos oficios que se desarrollaron en la construcción de todo el conjunto. A tal punto llegó su interés por crear empleo que, al ver que las obras del colegio avanzaban a tan buen ritmo, ordenó tirar todo a medio construir al menos en dos ocasiones y levantarlo de nuevo para que no faltara el trabajo. "Hubo muchas generaciones de la provincia que se formaron gracias a ella y que consiguieron además vivir en unas condiciones muy dignas", afirma Susana Ruiz.
Fue la primera empresaria en dar vacaciones pagadas a sus trabajadores. Les obligaba a descansar un día a la semana sin quitarles el salario del día no trabajado, de tanto en tanto les daba unos días de vacaciones y ofrecía sanidad gratuita para todos sus empleados y sus familias directas. "Se adelantó a los sindicatos de clase en la mejora de las condiciones laborales y sociales de sus trabajadores", remarca la historiadora.
En Vicálvaro, dio la orden a sus administradores de que, en sus áreas de influencia, proporcionaran leche de calidad y carne de forma gratuita a las embarazadas o mujeres con lactantes, ya que en los cinturones de las grandes ciudades, la gente no comía proteína por falta de recursos económicos.
Cabe destacar su preocupación por los agricultores que trabajaban las fincas de su propiedad en Guadalajara. Así, mandó levantar el Poblado de Villaflores, obra también de Ricardo Velázquez Bosco: "Quiso levantar un poblado para que sus agricultores vivieran en condiciones dignas, en viviendas soleadas y con todas las instalaciones de la época. En su momento fue una auténtica revolución y ello llevó a sus administradores a plantearse inhabilitarla. Siempre estuvo muy pendiente de ayudar dentro de sus profundas convicciones religiosas", asegura Susana Ruiz.
En 1888 fue nombrada Hija Adoptiva de Guadalajara por el Ayuntamiento. El documento, ricamente ilustrado con escudos, figuras alegóricas y motivos ornamentales, simboliza el profundo aprecio que la ciudad mostró hacia una mujer cuya influencia social, cultural y filantrópica marcó decisivamente la vida local en el último tercio del siglo XIX. Precisamente, el Consistorio, a través del Archivo Municipal, ha escogido esta pieza como el Documento del Mes correspondiente a marzo de 2026, coincidiendo con el primer aniversario de este programa de divulgación.
En mayo de 2003, siendo alcalde José María Bris, se colocó una figura de su busto, en bronce, en el Paseo de las Cruces de Guadalajara, junto a las estatuas de ocho personajes relevantes con la historia y el desarrollo de la ciudad. Cabe destacar que es la única mujer que figura en este 'paseo de las estatuas'. También cuenta con una calle a su nombre en el casco histórico, muy cerca del Colegio Maristas.
Doña Diega de Desmaissières y Sevillano fue una auténtica benefactora, una mujer adelantada a su tiempo, a la que generaciones de guadalajareños y guadalajareñas recordarán como un referente. Una figura única a la que las administraciones deberían poner en valor dignificando su figura y dando a conocer su legado.