En otros tiempos, una guerra como la actual en Irán habría provocado un ingente terremoto en los mercados energéticos, socavando los cimientos de las grandes economías mundiales. Ahora, sin embargo, tras décadas de electrificación, esa que tanto desprecia Trump, su impacto se está viendo amortiguado tras la presión inicial
Si bien es cierto que el barril de crudo tipo Brent se ha encarecido más de un 50% desde el inicio de los bombardeos, superando la barrera de los 100 dólares en su peor momento ante el temor de una duración del conflicto más larga de lo previsto. lo cierto es que su respuesta respecto a otras crisis se está viendo contenida.
En otras ocasiones, en iguales circunstancias habría superado los 150 dólares sin despeinarse. De hecho, muy pocos creen esas alarmas que apuntan a 200 dólares por barril y unos precios de 3 euros por litro en las gasolineras españolas, más parece una maniobra de las grandes operadoras para encarecer precios aprovechando la llegada de la Semana Santa. Eso sin contar que casi el 80% del precio final corresponde a impuestos.
La realidad del mercado energético, sin embargo, parece otra. Décadas de eficiencia y electrificación han limitado un riesgo macroeconómico, cuando en otras épocas tenía un impacto demoledor, incluso a pesar del 'lógico' nerviosismo generado por las tensiones en Oriente Medio.
El petróleo fue en su día el centro de la mayoría de las crisis macroeconómicas. Christian Scherrmann, economista jefe para Estados Unidos de DWS, recuerda que, en 1979, por ejemplo, la revolución en Irán contribuyó a disparar los precios del crudo. Eso frenó en seco el crecimiento mundial, aumentó la inflación y empeoró las balanzas comerciales. A medida que se desarrolla esta última crisis en la región, conviene recordar por qué ese mundo caótico ha desaparecido.
Basta con algunos datos para reforzar este argumento. Según los gráficos manejados por DWS, el consumo de petróleo por unidad de producto interior bruto (PIB) real ha descendido de forma constante desde finales de la década de 1970, tanto en la economía mundial como en la estadounidense. Las ganancias en eficiencia, el cambio hacia los servicios y la sustitución del petróleo han reducido su participación en los costes de los insumos, que antes provocaban subidas de precios en toda la economía.
Cuando la intensidad del petróleo es baja, los precios más altos afectan a una parte más reducida de los costes de producción y tardan más en repercutir en los salarios y la inflación subyacente. A medida que las economías se electrifican, cada dólar o euro adicional de producción 'contiene' ahora muchos menos barriles que antes. Es decir, se ven mucho menos afectadas.
Para Estados Unidos, existe un segundo colchón, incluso en caso de un bloqueo total y persistente del Estrecho de Ormuz, algo improbable pese a las amenazas de Irán de que ni un solo litro de crudo saldrá sin su permiso. Gracias al auge del esquisto, el país norteamericano ha sido un exportador neto total de energía desde 2019. A ello se une también el petróleo venezolano después de la intervención en el país caribeño a principios de año.
Eso significa que las interrupciones en el suministro de petróleo y gas ahora redistribuyen en gran medida los ingresos dentro de la economía estadounidense, en lugar de agotar su cuenta corriente. Eso no implica inmunidad absoluta, pero supone un mecanismo de transmisión diferente, mucho más suave que en la década de 1970.
También hay que valorar otros dos grandes aspectos, señalan en la firma de inversión. En primer lugar, la región del Golfo es relevante, no solo como fuente de energía, sino también por sus rutas de transporte y comercio mundiales. En segundo lugar, y lo que es más importante para Europa, una menor intensidad del petróleo no significa una menor vulnerabilidad energética en general.
Europa hace valer las inversiones en electrificación
En gran parte de Europa, el petróleo ha sido sustituido por la electricidad, y los precios de la energía suelen fijarse margen por las centrales de gas. Eso cambia el canal, pero no el riesgo: la interrupción del suministro de gas natural licuado (GNL) puede elevar los precios de la electricidad y afectar a muchos sectores a la vez.
Aun así, los datos son demoledores: el petróleo en sí mismo ya no es el arma macroeconómica que era antes. Y Europa cuenta con reservas de largo alcance tanto de petróleo como de gas que deberían ayudar a mitigar el impacto de la guerra, sobre todo si no se prolonga demasiado en el tiempo.
La AIE ha coordinado la liberación de 400 millones de barriles, un tercio de sus reservas, para frenar la presión sobre los precios. y contener la inflación teniendo en cuenta que el peor escenario, prolongación de la guerra y bloqueo total del Estrecho de Ormuz, parece más que improbable.
Una tesis que comparten en Lombard Odier. Los analistas de la firma de inversión prevén un escenario centrar con un aumento limitado del precio del petróleo, pero con un impacto contenido sobre las principales economías, sin grandes presiones sobre la inflación general y una ligera desaceleración del crecimiento tanto en Europa como en Estados Unidos.
De hecho, ha bastado que el presidente norteamericano dijera que la guerra no durará mucho para estabilizar el crudo por debajo de los 100 dólares por cada barril de Brent. Aunque el euríbor ha experimentado un rebote al alza, encareciendo las hipotecas a tipo variable en Europa, tampoco parece amenazar una subida de tipos de interés.
En cualquier caso, es verdad, señala Christian Scherrmann, que "los precios del petróleo siguen siendo importantes para los mercados, pero la economía estadounidense ya no funciona con petróleo como antes" y Europa mucho menos. Todo ello sirve para argumento la tesis de que el crudo todavía puede seguir saltando a los titulares, pero las grandes economías han aprendido discretamente a reaccionar y sufrir menos que antes.
Julio Muñoz. Periodista de información económica y experto en comunicación.