OPINIÓN. Orientadores al límite: la crisis que nadie quiere mirar

Publicado por: Sheila López Prados
18/05/2026 12:53 PM
Reprods.: 3.617

'Un solo orientador para cientos de alumnos: la realidad que nadie cuenta'. Por Sheila López Prados

 

Hace unos días, mientras revisaba notas y preparaba reuniones, escribí varias preguntas rápidas en una libreta. Casi como un pensamiento improvisado al final de una jornada cualquiera. Pero cuanto más las releía, más comprendía que no eran solo preguntas personales. Eran preguntas que reflejan una realidad que muchos profesionales de la educación conocen demasiado bien.

 

¿Qué ocurre cuando un solo orientador debe atender a cientos de alumnos? ¿Qué pasa cuando en un centro con decenas de líneas, además de Formación Profesional, solo existe un profesional de orientación? ¿Cómo se llega a todo cuando aparecen casos de ansiedad, acoso, autolesiones, conflictos familiares o incluso intentos de suicidio entre muchas otras situaciones complejas? Son preguntas incómodas. Y precisamente por eso deberían preocuparnos.

 

En educación hablamos constantemente de innovación, digitalización, inteligencia artificial o nuevas metodologías. Todo eso importa. Pero mientras debatimos sobre el futuro educativo, en muchos centros hay profesionales intentando sostener situaciones humanas cada vez más complejas con recursos claramente insuficientes.

 

La orientación educativa no consiste únicamente en ayudar a elegir estudios o salidas profesionales. Esa es solo una pequeña parte. Los orientadores trabajan con alumnado vulnerable, problemas emocionales, dificultades de aprendizaje, conflictos de convivencia, absentismo, crisis familiares y situaciones de salud mental que, en muchos casos, llegan al aula antes que a cualquier otro lugar.

 

Porque el instituto y la escuela se han convertido también en espacios donde aparece el sufrimiento. Y cada vez aparece más.

 

La salud mental ya no es una realidad aislada. Está presente en las aulas. En alumnos con ansiedad constante. En jóvenes emocionalmente desbordados. En estudiantes que acumulan frustración, presión, soledad o problemas personales que muchas veces permanecen invisibles hasta que explotan.

 

Sin embargo, mientras las necesidades aumentan, los recursos siguen siendo insuficientes.

 

En muchos institutos, un único orientador debe atender ESO, Bachillerato y Formación Profesional al mismo tiempo. Y aunque en los colegios no exista FP, la situación tampoco es sencilla. Allí también hay una enorme carga de trabajo vinculada a evaluaciones psicopedagógicas, dictámenes, atención a alumnado con necesidades específicas de apoyo educativo y una burocracia cada vez más extensa que consume horas fundamentales para la intervención directa con los alumnos.

 

Cada informe requiere tiempo. Cada evaluación exige observación, coordinación y seguimiento. Y mientras la burocracia aumenta, el tiempo real para escuchar y acompañar disminuye.

 

Hay orientadores que deben atender cientos de alumnos, familias, profesorado y equipos directivos al mismo tiempo. Elaborar informes, coordinar protocolos, intervenir en conflictos, gestionar casos urgentes y acompañar situaciones emocionalmente muy delicadas.

 

Todo a la vez. Y entonces la orientación deja de ser preventiva para convertirse en supervivencia.

 

Porque prevenir requiere tiempo. Escucha. Presencia. Requiere poder sentarse con un alumno antes de que el problema sea irreversible. Requiere detectar señales antes de que el sufrimiento se cronifique.

 

Pero cuando un profesional está desbordado, la realidad obliga muchas veces a trabajar desde la urgencia permanente. Resolver lo inmediato. Apagar fuegos.

 

Y apagar fuegos no es educar. En Formación Profesional, además, existen situaciones especialmente complejas que no siempre reciben la atención necesaria. Hay alumnado adulto, trayectorias educativas difíciles, jóvenes con abandono previo, problemas emocionales o contextos familiares complicados. Y, aun así, en muchos casos, los recursos de orientación siguen siendo mínimos.

 

A veces se habla de ratios como si fueran únicamente cifras administrativas. Pero detrás de esos números hay personas. Hay alumnos esperando ayuda. Familias desorientadas. Profesores intentando sostener situaciones cada vez más difíciles dentro del aula.

 

Y también hay profesionales agotados. Porque quienes trabajan en orientación no solo gestionan informes o protocolos. Escuchan historias duras. Detectan sufrimiento. Acompañan crisis. Intentan llegar donde muchas veces el sistema ya no alcanza.

 

Yo solo soy una pequeña voz que escribe y habla desde la experiencia diaria. Pero detrás de estas palabras hay muchos orientadores que trabajan saturados, desbordados y, en demasiadas ocasiones, solos. Profesionales que intentan llegar a todo sabiendo que humanamente es imposible. Profesionales que sostienen emocionalmente a alumnos, familias y docentes mientras también cargan con su propio desgaste. Y no escribo estas líneas únicamente para expresar cómo nos sentimos.

 

Las escribo porque, si realmente queremos mejorar la educación y construir una enseñanza de calidad, necesitamos más profesionales, más recursos y más apoyo dentro de los centros educativos. No podemos exigir una atención individualizada, prevención en salud mental, inclusión educativa y acompañamiento emocional si los profesionales encargados de hacerlo trabajan al límite de sus posibilidades.

 

La educación de calidad no depende solo de leyes, tecnología o reformas curriculares. Depende también de las personas que sostienen diariamente el sistema educativo. Lo preocupante no es únicamente la falta de recursos. Lo verdaderamente preocupante es que estamos empezando a normalizar esta situación.

 

Como si fuera inevitable que un orientador no pudiera atender adecuadamente a todos sus alumnos. Como si fuera normal convivir con listas interminables, tiempos insuficientes y una presión emocional constante. Pero no debería serlo.

 

Educar no consiste solo en enseñar contenidos. También significa acompañar, detectar, prevenir y cuidar.

 

Y quizá la verdadera crisis educativa no sea únicamente tecnológica ni académica. Quizá sea humana.

 

Porque una educación que no puede escuchar, acompañar y prevenir a tiempo corre el riesgo de llegar demasiado tarde a quienes más la necesitan.

 

Sheila López PradosDoctora, orientadora y profesora universitaria. 

Vídeos de la noticia

Imágenes de la noticia

Categorías:
Tags:
Powered by WebTV Solutions