El 24 de abril de 2024, P. S. (number one, ya consolidado en el pueblo-redes y en la maraña de «la trama» por excelencia, aún por desmenuzar en sus ramificaciones) se desdobla y se sitúa en el papel del bachiller Fernando de Rojas para exhalar, en colegialidad patética, las quejas de su esposa, siendo él, aunque solamente con carácter ocasional, como lo son en democracia todos los gobernantes —no se olvide—, presidente Sánchez: nadie lo niega. Habla al pueblo, y lo hace desde el centro del poder, «la Moncloa». La carta-comunicado es un lamento en do mayor y con eco. Se ocuparán de dárselo, al máximo, el corifeo, profesional y amateur, de la propia Moncloa; los «medios» vicarios —que ha cuidado desde Ferraz y, en sus principios, el propio P. S., junto a Ábalos—; el reducto de los poderes bajo Moncloa, centro único del aspirante, en la persona de ese tal Sánchez; y desde su cuna política a un «poder único» y perenne.
Incluso con algo de endiosamiento, pues podría explicar su menosprecio por cualquier religión, manifestado incluso por su asistencia turística y acompañado de su clan de gobierno, guardia y compañeros de viaje, amigos pretorianos con entrañable nombre propio: Ábalos, Cerdán, Salazar, Leire, Marlaska...
La justicia (un solo juez ya «es» todo el estamento) pretendía, y lo iba consiguiendo, y últimamente hasta con más amplitud presuntamente delictiva —con algún error formal o verbal—, investigar a Begoña Gómez sobre presuntas fechorías desde su residencia en el núcleo del poder, la Moncloa, y sus ramificaciones. Esa es la motivación de la carta del carismático líder P. S.
Se queja de la ofensa y la osadía contra su amada por imputarle alguna mancha en su limpieza de sangre y honestidad ciudadana. Lo hace, ya está visto a gritos escritos (verba manent), en mensaje para la plaza pública, repensado y pulido, en su condición conmovedora de enamorado. ¿Hay cosa más sensible para la ciudadanía prosaica y sentimental, es decir, para el pueblo llano, que es mayoría?
Para mayor carga sentimental, exhibe su dolor de amante en pleno siglo XXI —el del culto al cuerpo, sobre el respeto reverencial a la maternidad—, y cuando ya se asoma la canícula con sus reclamos eróticos:
«Que por mayo era, por mayo,
cuando aprieta el calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor,
cuando los enamorados
van a servir al amor...»
El gobernante de la «ciudadanía» hispana, así la califica en su misiva pública y diligentemente difundida —matiz importante—, denuncia el daño causado a una pobre mujer ofendida, aunque sea por medio de una instancia judicial y dentro de un sistema procesal garantista. No importa para la doliente queja prepensada; ya veremos por qué.
El cristalino representante de toda la ciudadanía, en bloque, se sube al estrado de las lenguas de doble filo y habla «con la gente». Al margen de los cauces legales, ni siquiera las Cortes; somete al plebiscito de «los súbditos», que son racialmente y, por ausencia de otros bienestares, enamoradizos —recupérese el significado místico-erótico del Libro de buen amor, obra nada menos que de un arcipreste, el de Hita, escritor en una colina de la árida de Castilla, la que florece en emparejamientos pasionales y para toda la vida—. No otra cosa son también el poema al «olmo viejo, hendido por el rayo» o la sublevación del pueblo de Fuenteovejuna por la vejación a una paisana maridada, consumado el ultraje por parte, ¡nada menos!, de un capitán de los famosos Tercios de Flandes, que cantaba Casona, ¿recuerdan?
Esa genuina debilidad pasional de nuestra sociedad es la que, espúreamente, atiza y subleva el jefe del Gobierno —de buen gobierno debía ser, por obligación—.
En el caso que provoca la carta apasionada a la «ciudadanía», toda ella, de su pastor político, lo que se propone —no en el proceso mismo, sino al margen de los cauces— es simplemente que no se investigue, por causa alguna, a una matrona, esposa del vociferante poderoso. Por nadie.
No, desde luego, por la Universidad, cuya esencia es el conocimiento y la investigación; pero tampoco por un juez de instrucción desconocido, un tal Peinado. Los «medios», salvo los adictos —es decir, viciados de raíz—, que callen.
Si hubiese consultado con su director de gabinete, entonces Óscar López, P. S. habría acompañado cada ejemplar de su «Carta» con el librito de poemas de Neruda: "Veinte poemas de amor y una canción desesperada". Tan conmovedora es la queja.
En España, aunque no solo aquí —el testimonio de Siri Hustvedt, tras la muerte de su compañero, el condecorado Paul Auster, por ejemplo, resulta trágico en su sencillez—, la relación de pareja heterosexual venía siendo el ideal juvenil extensible y, más aún con el transcurso del tiempo, en fidelidad a cualquier edad.
No hay situación que más conmueva que la de dos maduros, y aún mejor ancianos, enamorados, asiéndose entre sí con esa antena del amor, desde la adolescencia, que son las manos.
No se niega la intimidad homosexual, con facetas de lealtad incluso ejemplarizantes; conozco casos. Pero no es el logro a perseguir como regla en la cultura de nuestra consolidada «piel de toro», a diferencia de lo que ocurre con Walt Whitman, en los Estados Unidos, por citar un ejemplo.
Apelo al caso de Federico García Lorca. Él marca un camino respetable y sigue su vida; no se autoencarna en sus versos. No tiene la impudicia del, hasta cierto momento, respetado Bayona, cineasta que pretende enrolar en sus huestes nada menos que a ese maestro universal de vida plena y natural que es don Miguel de Cervantes Saavedra.
Magistralmente, sabe hacerlo. P. S. asume el presunto dolor injusto de su cónyuge. Y lo hace tras unas vallas, las de la Moncloa; actualiza el sufrimiento de Calixto y «su» Melibea.
El presidente «de todos (¿?) y para todos» aspiró en 2024, hábilmente, ladinamente en el significado castellano de la palabra, a poner a las gentes sensibles, a la «ciudad alegre y confiada», en suma, de su parte nada menos que ante los jueces, en su partida personal con la justicia, la legalidad y la legitimidad; en esa partida, precisamente, y bajo el signo del órdago que inicia contra el poder judicial y «los medios».
Quiere ser el ibérico Vigilante en el centeno y el altavoz de la única —el adjetivo es determinante— democracia, en definitiva.
Para lograrlo, exhibe el hecho arrastramasas de la inocente mujer ofendida. Y, de paso, el de la pareja ejemplar, también humillada judicialmente, obvio, en cuyo atropello nos veamos reflejados, «como en un espejo» de los filmes de Ingmar Bergman; a lo mejor, «a lo peor», de forma generalizada.
A pesar de su enorme poder cefalópodo sobre las instituciones, P. S. se muestra desvalido. No es más que un desventurado Calixto, con el halcón extraviado en corral ajeno —no quiero aventurarme a decir que «entre saunas»—, que ve acorralada a su dama.
Ese es el panorama que refleja en su «Carta a la ciudadanía», firmada y fechada en la primavera de 2024.
Se funda en hechos de un pobre magistrado que, en el borde de su edad, «chochea»; situaciones de las que hay que abominar, por principio, y contra las que suplica —«clama», en realidad— con la empatía y sinergia que suscitan los humillados: adhesión plena y apoyo.
Solo que, en dos matices:
Al «inexperto» (¿?) y caduco juzgador, «casi jubilado por la vida» —son visiones contrapuestas, pero...—, ya quizá con el «cerebro reblandecido», le apoyan en lo sustancial las superiores instancias judiciales y plurales. De la mano, le acompañan a que aquellas imputaciones infamantes que rompen la virginidad procesal de una mujer concluyan con la apertura de juicio oral y, para orillar el riesgo de las castas, sentándose —es figura— en el estrado de la justicia ya no magistrados, sino el pueblo mismo.
Y, a la vez, y ya «casi en tiempo de descuento» —estamos en temporada futbolística mundial—, la justicia europea se siente llamada «al caso» en alguno de sus aspectos. La noticia es de ayer mismo.
Cálmense las antiguas matronas de portería en casa de vecindad y lectoras de El Caso: el «amante esposo» se recluyó en su gabinete —«retrete» era el nombre clásico— de invierno. Cierto.
Lo hizo, justamente, desde que se archivó la querella contra el juez. ¿Pero solo entonces?
La intencionalidad real, la argucia que es la carta, quedó al descubierto mucho antes. Casi en paralelo al libelo —lo ocurrido me faculta para el calificativo— se divulga la consigna de Moncloa:
«¡Acalladlos, imponed el silencio a todos y sobre cuanto, como clan, nos afecta; sin reparar en medios! No descarten la muerte civil de quien nos investiga: la de ciertos ministros, la de los fiscales de la Audiencia, la de la UCO, la de la Policía Nacional judicial. ¿De quién más, aunque hayan sido mis amigos íntimos? ¿A quién hay que enclaustrar? ¿A Cerdán? ¿A Ábalos? ¿Al magnificado Koldo, portero de discoteca y consejero de Renfe? ¿A F. Salazar? ¿A un tal Zapatero? (Ojo con este, tiene tablas y un rostro duro, hasta con su propia familia...)».
«¿Quién va a poder llevar a cabo semejante tarea? ¡Lo tengo! ¡La trama!».
¿Y quién es «la trama»? Concepto y realidad ya oficialmente admitidos: repasen las hemerotecas.
Una tal Leire Díez.
¿Ella sola?
Buscará los enlaces: directamente en el Ministerio de Justicia, en los restos del, en otro tiempo, digno PSOE, en las alturas de la Guardia Civil, en una sede de la representación popular y...
Pero vas a tener que acuchillar a tus amigos, que lo eran. Vas a romper la tradicional línea de que la amistad es para siempre.
El caso de Rodrigo Díaz de Vivar, nuestro Cid, con su ingrato rey Alfonso, es paradigmático.
Han de saberlo: en lugar del axioma «Roma no paga traidores», P. S. enarbola el opuesto: «Mis amigos han de ser mis pantallas; no admito otra forma de amistad. Lo son en cuanto me sirven; en otro caso, los desconozco».
¿La traición será eso?
Pregúntenselo a los cuatro ocupantes de un R-4, precisamente, que fueron sembrando la sal del interés por las tierras de la noble España; aquella para la que, hasta al heroico alcaide en la defensa de Breda, su ciudad, abrazan quienes le combatieron.
No vale la pena continuar y elevar a precepto político el «relato interesado», ni admirarlo ni llevarlo a los libros de memoria histórica.
Y, desde hace dos legislaturas, la política consiste en eso: en «el relato».
Pero que el pueblo tenga fuerza y no deje caer flácidos sus brazos, ya que, como decía el filósofo Ortega, «lo que el pueblo no hace se queda sin hacer»; que se yerga, alce la cerviz y proclame, ese pueblo irritado o desengañado ante la mentira de una historia de amor —solo entendible con la madre Celestina como fondo y foco—.
Las voces se van uniendo en esta España oscura —así construyó su, nuestra común, historia— y claman:
«Deshagamos las falacias. No hay protesta de amor el 24 de abril de 2024. Solo hay defensa propia. Impera el egoísmo ante lo que se veía venir.
Porque ya se estaba realizando —con los fraudes de hidrocarburos, las mascarillas salvavidas ante el flagelo del COVID, los tantos por ciento en la adjudicación de obra pública y otras decisiones del Consejo de Ministros— el gran descalabro impúdico.
"No se permita torcer el brazo a la honradez ciudadana ni a su bendita inocencia ante el espectáculo de un amor que es interesado y con la hediondez al fondo».
Santiago Araúz de Robles. Abogado y escritor.