Pese a reiterar su política monetaria en su última reunión, con los tipos de interés en el 3,5%, los halcones de la Reserva Federal han empezado a afilar sus garras en el regreso de las vacaciones. Cada vez crece más el porcentaje de analistas que prevén alzas para la reunión de esta semana. Máxime después de que su nuevo presidente, Kevin Warsh, dejara la puerta abierta a nuevos ajustes monetarios en la reunión de banqueros centrales de Jackson Hole.
La resiliencia de la economía estadounidense lleva a descontar una Fed más restrictiva a corto y medio plazo de lo que se venía anticipando, lo que debería dar cierto soporte al dólar. Con el conflicto de Irán enquistado, cabe esperar unos precios de la energía consistentemente elevados, por encima de los niveles previos a la guerra, favoreciendo los términos de intercambio de Estados Unidos, una economía exportadora neta de petróleo y gas natural.
Por otro lado, su sector tecnológico debería seguir atrayendo inversión extranjera, aunque este factor podría mostrar una mayor volatilidad a corto plazo. En contraste, tanto el ciclo como la inflación de la eurozona están comparativamente más expuestos al conflicto en el estrecho de Ormuz, lo que limita la capacidad del BCE para subir tipos de interés.
Tal y como recuerdan en CaixaBank Research, el dólar se ha apreciado desde el inicio de las tensiones en Oriente Medio, llevando su cambio con el euro desde la zona de 1,20 hasta niveles próximos en torno a los 1,15 dólares en su mejor momento del año.
Pese a este movimiento, el cruce continúa dentro del rango definido por sus medias históricas de largo plazo, situadas en torno a 1,12 dólares por euro para la media a 10 años, y 1,22 de media a 20 años y nivel en el que se estuvo moviendo el pasado ejercicio.
En este sentido, la firma prevé que “la fortaleza relativa del dólar se mantenga durante los próximos trimestres, en línea con nuestro escenario macroeconómico y de tipos de interés, ahora que descartamos bajadas de tipos por parte de la Fed en los próximos trimestres”.
El contexto macroeconómico sigue siendo relativamente favorable para la divisa estadounidense. La economía estadounidense muestra un mayor dinamismo que la eurozona, apoyada en la resiliencia del mercado laboral y en la fortaleza de la inversión asociada a la inteligencia artificial.
En cambio, la economía europea continúa mostrando dificultades para ganar tracción y permanece más expuesta a posibles repuntes de los precios energéticos, aunque con algo más de margen para subir tipos de interés tras situar su política monetaria en niveles neutrales en los últimos años.
Durante los últimos meses, la evolución del cambio euro/dólar se ha alejado parcialmente de lo que señala uno de sus principales determinantes históricos, el diferencial de tipos reales, que apunta a un dólar considerablemente más apreciado de lo que está actualmente. Los movimientos del cruce han estado más condicionados por la evolución de los precios energéticos y los cambios en el apetito por el riesgo, además de por factores geopolíticos.
No obstante, resulta difícil que esta desconexión persista indefinidamente, especialmente si el diferencial de rentabilidad entre los activos estadounidenses y europeos continúa favoreciendo al dólar.
A ello se suma el constante flujo de capital europeo hacia los mercados estadounidenses, especialmente hacia los sectores tecnológicos vinculados al desarrollo de la IA, proporcionando apoyo al dólar. “Aunque este factor podría moderarse si aumentaran las dudas sobre la rentabilidad futura de estas inversiones, continúa siendo un importante elemento de soporte de la divisa” señalan en el servicio de estudios de CaixaBank.
Por último, unos precios de la energía estructuralmente más elevados también deberían seguir favoreciendo a Estados Unidos como exportador neto de energía, si bien con un impacto menos negativo para la eurozona que el observado tras el inicio de la guerra de Ucrania, como ha sido el caso hasta ahora.
Julio Muñoz. Periodista de información económica y experto en comunicación.