Por Sheila López Prados
Los resultados de PISA 2025 invitan a revisar qué entendemos por éxito educativo
Estos días se ha hablado mucho de los resultados de PISA 2025: de las cifras, de los rankings y de si España está mejor o peor que otros países. Pero, más allá de los titulares, hay una pregunta que me parece mucho más importante: ¿qué están aprendiendo realmente nuestros alumnos? España ha obtenido 451 puntos en comprensión lectora, 457 en Matemáticas y 477 en Ciencias. Son los peores resultados de nuestra historia en las tres competencias analizadas y nos sitúan por debajo de la media de la OCDE.
Los datos preocupan, pero quizá no debería preocuparnos únicamente la posición que ocupamos en una clasificación internacional. Debería preocuparnos, sobre todo, lo que esos resultados dicen sobre la capacidad de nuestros jóvenes para comprender, razonar, interpretar información o desenvolverse con autonomía.
PISA no mide cuántos alumnos han aprobado un examen ni cuántos han pasado de curso. Mide qué saben hacer los estudiantes con aquello que han aprendido. Y esa diferencia es fundamental. A veces hablamos de educación como si el objetivo final fuera obtener una nota, superar una materia o conseguir un título. Todo eso importa, por supuesto, pero no puede ser lo único. Un alumno puede aprobar y seguir teniendo dificultades para comprender un texto complejo, expresar una idea con claridad, argumentar una opinión o resolver un problema que no se parezca al ejercicio que ha trabajado en clase. Puede avanzar por el sistema educativo sin haber desarrollado suficientemente algunas de las herramientas que necesitará fuera de él.
Uno de los datos más llamativos está relacionado con la comprensión lectora. El 68 % del alumnado español alcanza el nivel básico, pero solo un 2% llega a los niveles más altos. Es decir, son muy pocos los estudiantes capaces de enfrentarse con soltura a textos largos y complejos, comprender ideas abstractas o distinguir entre hechos y opiniones cuando la información no aparece de manera explícita. No estamos hablando solo de leer libros. Estamos hablando de comprender el mundo, de saber interpretar una noticia, detectar una información falsa, entender un contrato, analizar un mensaje en redes sociales o formar una opinión propia sin depender siempre de lo que otros piensan. La lectura sigue siendo una de las grandes puertas de entrada al conocimiento. Cuando esa puerta se debilita, también se resienten muchas otras cosas: la expresión escrita, la capacidad de estudio, el razonamiento, la autonomía y el pensamiento crítico.
Cada vez parece más difícil detenerse a leer con calma. Todo ocurre deprisa. La información llega de forma constante, los vídeos son más cortos, las respuestas aparecen en segundos y la inteligencia artificial puede redactar un texto, resumir un tema o resolver una tarea con solo escribir una pregunta. La tecnología puede ser una gran aliada y sería absurdo negarlo. Pero también tenemos que preguntarnos qué ocurre cuando las herramientas empiezan a sustituir al esfuerzo personal. Aprender requiere tiempo, atención, equivocarse, revisar y volver a empezar. Leer exige paciencia. Escribir obliga a ordenar las ideas. Resolver un problema implica pensar antes de encontrar una respuesta. Todo ese proceso, que a veces puede resultar incómodo, forma parte del aprendizaje.
Como profesora y orientadora, veo cada vez con más frecuencia alumnos que se bloquean cuando una tarea exige esfuerzo sostenido. Jóvenes que tienen acceso a una enorme cantidad de información, pero a los que les cuesta seleccionar lo importante, mantener la atención o elaborar una respuesta propia. No creo que sea justo decir que nuestros alumnos no se esfuerzan o que no les interesa aprender. Los propios datos de PISA muestran que el alumnado español presenta buenos niveles de perseverancia y de sentido de pertenencia a sus centros educativos. Quizá el problema no esté solo en ellos. Quizá tengamos que preguntarnos qué estamos haciendo como sistema educativo para transformar esa curiosidad y esa disposición en aprendizaje real. Qué evaluamos, cómo enseñamos y cuánto tiempo dedicamos a leer, escribir, debatir, razonar y aprender a trabajar de forma autónoma.
También deberíamos revisar cómo entendemos la exigencia. En los últimos años, la palabra "exigir" parece haberse convertido en una palabra incómoda, como si exigir significara presionar, castigar o dejar atrás a quien tiene más dificultades. Pero exigir puede ser confiar. Confiar en que un alumno puede avanzar. Confiar en que, aunque necesite más tiempo o más apoyo, tiene derecho a aprender. La inclusión no consiste en bajar las expectativas, sino en poner los medios necesarios para que todos tengan oportunidades reales de alcanzarlas. Un alumno con dificultades lectoras no necesita que dejemos de pedirle que lea; necesita que le enseñemos mejor, que le acompañemos y que le demos estrategias. Un alumno que procede de un entorno vulnerable no necesita un currículo más pobre, sino más apoyo, más recursos y más oportunidades.
Y tampoco parece razonable pensar que la respuesta esté en suspender o hacer repetir más. España ya presentaba en PISA 2022 una tasa de repetición muy superior a la media de la OCDE. Repetir curso, por sí solo, no garantiza que un alumno aprenda. Si no cambian los apoyos, la metodología o la forma de acompañarle, difícilmente cambiarán los resultados. El debate no debería ser si aprobamos demasiado o si suspendemos demasiado poco. El debate debería ser si estamos ayudando a nuestros alumnos a aprender de verdad. Porque aprobar una asignatura puede ser importante, pero comprender, pensar, argumentar y aprender con autonomía lo es mucho más.
Educar no debería consistir solo en conseguir que lleguen al final de una etapa, sino en prepararlos para todo lo que viene después.
Sheila López Prados. Doctora, orientadora y profesora universitaria.