Por Antonio Marco
La palabra, el verbum, (en el principio era el verbo), es el elemento esencial que más nos diferencia y separa del resto de animales, con los que por lo demás mantenemos una gran semejanza y relación.
En la Antigüedad y prácticamente hasta nuestros días la palabra y el habla eran los elementos esenciales de la educación del ciudadano desde niños hasta el final de sus días: las cuatro letras, la gramática, la retórica y la oratoria. La retórica y la oratoria no son exactamente iguales, aunque en un contexto no muy exigente puedan utilizarse como sinónimos.
A la retórica, palabra griega como la mayor parte de la terminología lingüística, la define Quintiliano, autor nacido en la actual Calahorra, como ars bene dicendi, el arte de hablar bien; el arte de hablar bien para convencer al oyente o interlocutor; el arte de hablar con elegancia pero también con honradez, que impone y exige un trabajo previo y un procedimiento adecuado: primero se buscan los argumentos sobre el asunto a tratar (inventio), luego se ordenan (dispositiio), a continuación se les da forma con buen estilo (elocutio), después se memorizan (memoria) y finalmente se pronuncian en voz alta acompañados de los gestos adecuados (pronuntiatio o actio).
La oratoria es más bien el arte de hablar en público con elocuencia y fluidez, es decir el arte de los discursos, la puesta en práctica de lo que enseñan los tratados teóricos de retórica. La oratoria está relacionada con 'oral', evidentemente.
Esos discursos pueden ser de variada tipología según su contenido y objetivos: judiciales, deliberativos, políticos, religiosos o sagrados… Me limitaré a unas breves consideraciones sobre la oratoria política para poder comparar la actual con la de otros tiempos lejanos y más cercanos, pero muy distintos de los actuales.
Las personas de cierta edad, estudiantes en su momento de latín o ávidos lectores interesados por la cultura en general, recordarán con placer el comienzo mil veces citado de la famosa Primera Catilinaria del abogado, orador y retórico romano Marco Tulio Cicerón, ejemplo de discurso de dramática fuerza convincente:
"¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia? (Quo usque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?) ¿Cuánto tiempo más se burlará de nosotros esa locura tuya? ¿Hasta que final llegará tu desenfrenada audacia? […]? ¡Oh tiempos, oh costumbres! (O tempora, o mores)".
O más reciente, al principio de nuestra transición política de la cruel dictadura franquista a la feliz democracia actual, las famosas palabras que Adoflo Suárez pronunció en junio de 1977, que luego supimos que fueron sugerencia del famoso periodista Fernando Ónega, redactor de muchos de sus discursos recientemente fallecido.
"Puedo prometer, y prometo, que trabajaremos con honestidad, con limpieza y de tal forma, que todos ustedes puedan controlar las acciones de gobierno. Puedo, en fin, prometer y prometo, que el logro de una España para todos no se pondrá en peligro por las ambiciones de algunos y los privilegios de unos cuantos".
Cicerón exigía y requería del orador de su tiempo una formación completa en filosofía, en leyes, en derecho y en historia. Todavía en la época de nuestra Transición son estos requisitos casi siempre necesarios y cumplidos elegantemente por los principales oradores. Es evidente que hoy no lo son y la degradación o caída del nivel retórico y oratorio de los portavoces de los partidos actuales, imitados sin límite por sus serviles acólitos, produce escalofríos y vergüenza. Cualquier ciudadano que esté mínimamente atento a las sesiones parlamentarias, a los informativos y a las descontroladas redes sociales tendrá esta misma impresión objetiva.
Evidenciaré esta degradación con cuatro llamativas expresiones actuales indignas, improcedentes, inadecuadas a la importancia de lo que debe ser la representación política, que han obtenido en estos últimos tiempos un gran eco o éxito de audiencia, que se han hecho virales, como ahora se dice, expresión acertada al menos etimológicamente por cuanto la palabra "virus" significa "veneno" y el virus, como el veneno, en principio no es nada bueno tampoco en formato electrónico y se propaga a velocidad exponencial.
A esa aceptación y aplauso generalizado del disparate contribuye decisivamente que la autora, la propagadora, la creadora o recreadora de los cuatro chascarrillos es la graciosa y deshinbida Presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso.
No hace tanto tiempo la presidenta nos informó a la "ciudadanía" en general de que "le gusta la fruta", frase de agudeza y chispa sin igual con la que pretendió negar sin negar que se la había sorprendido llamando al presidente del Gobierno de España, su antagónico político Pedro Sánchez, "hijo de puta", arraigada frase popular de sentido gravemente despectivo, hiriente y lesivo si no delictivo. Se atrevió cobardemente a sustituir una frase por otra utilizando una figura literaria a la que los antiguos retóricos llamaban 'paronomasia' o proximidad de los nombres entre sí, en este caso basada en la semejanza fónica, en la similitud de los sonidos, que un oído poco fino podría confundir y del que uno más afinado no dudaría en entender su malévolo y obsceno sentido. Podrían los teóricos de la lengua apreciar otras figuras literarias en tan delicada expresión, pero no es el momento de exageradas erudiciones lingüísticas.
Animada por el éxito creativo, Isabel Díaz Ayuso ha recogido del acervo cultural popular, en este caso parece que originario de Hispanoamérica, probablemente de Chile, la llamativa y contundente frase "chao, pescao" con la que pone fin con autoridad, no intelectual por supuesto a pesar del uso políglota del italiano "ciao", y desparpajo al debate sobre una cuestión espinosa sobre la que no quiere hablar ni responder a los molestos periodistas, que utilizando una popular frase similar, en este caso propia de nuestra patria España, "la han (lan) pescao" con la compra indecente de un piso en Madrid de más de seis millones de euros, de dinero público, sin justificación funcional alguna cuando muchos miles de desgraciados currantes y currantas de Madrid y de España no pueden ni siquiera alquilar una habitación en un piso compartido o se ven expulsados y desahuciados sin miramientos de la vivienda habitual cuando no pueden afrontar unos pagos siempre crecientes. La frase, a pesar de la paronomasia y rima, está muy lejos, desde luego, de la finura histórica y elegancia con la que, por ejemplo, acababa la santa Iglesia toda discusión sobre la pureza ortodoxa o administrativa de algún asunto controvertido: "Roma locuta, causa finita", lo ha dicho Roma, se acabó la discusión, ahora "lo dice Ayuso, chao pescao".
Como no hay dos sin tres, no le resulta difícil a la prolífica política calificar con contundencia y sentenciar otra noticia molesta, la manipulación además de indecente también peligrosa de las listas de espera en los hospitales madrileños: "Es el bulo del culo". Ahora la paronomasia viene reforzada por la referencia a una palabra que da nombre a una parte del cuerpo a medio camino entre la pura anatomía popular y un pudoroso tabú por adhesión fisiológica a los a veces molestos odores que se desprenden del desagüe humano. La frase tiene por lo demás cierta potencialidad creativa por la que es muy fácil sustituir el término culo por otros referidos a partes próximas aquejados por el mismo tabú que retraen a muchas personas más educadas de su utilización generalizada, que en cambio sí se produce con frecuencia en entornos más populares, festivos y deshinbidos.
A mayor abundamiento, si al catálogo de expresiones populares sumas el también amplio de las antiguas experiencias infantiles, al principio confusas, muy sensibles a las similitudes fónicas y juegos de palabras por el mero placer de jugar con los sonidos y la atención de los adultos, "caca, culo, pedo, pis", el depósito y fondo sentencial resulta casi infinito. Así que la creativa presidenta resuelve ahora la crítica razonable al funcionamiento del importante metro madrileño con la frase apodíctica y aterradora, por ininteligible, "con un seis y un cuatro, la cara de mi retrato". En realidad no entiendo muy bien lo que quiso decir recordando esa técnica elemental infantil para dibujar un rostro; tal vez es de nuevo una mera fórmula infantil de cierre y transición, basada en el mismo principio de similitud fónica para expresar el punto final de una reflexión, algo similar al primario "y se acabó".
Evidentemente no se le puede negar a Isabel Díaz Ayuso la más merecida y genuina representación de la degradación del lenguaje y terminología política, y en consecuencia conceptual, a niveles de infantilismo y populismo impensables e inesperados de tan alta representante política. ¡Qué mejor ocasión para recuperar con tristeza como mínimo consuelo a nuestro querido Cicerón: "Quo usque tandem…Isabella" (Hasta cuando, Isabel), porque ya no se trata de hablar con elegancia sino al menos de hablar con sentido. Aunque es muy probable que en el escaso tiempo en el que se lee este articulillo, la serie de chascarrillos sin gracia haya aumentado en otros dos o tres.
Antonio Marco. Catedrático de Latín jubilado y expresidente de las Cortes de Castilla-La Mancha.