Acisclo Rebollo Ramos: La memoria viva de Villaescusa de Palositos

Publicado por: Marta Perruca
26/11/2023 08:00 AM
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Acisclo Rebollo nació el 17 de  noviembre de 1923 y acaba de cumplir 100 años. Medio centenar de familiares y amigos compartieron con él este día tan especial en el que, como no podía ser de otra manera, no faltaron las historias y anécdotas sobre Villaescusa de Palositos. El Decano de Guadalajara conversa con él para rescatar del recuerdo algunos de los latidos de este pueblo que terminó sucumbiendo a la despoblación

 

Acisclo Rebollo Ramos es, tal y como lo define el cronista oficial de la provincia, Antonio Herrera Casado, la memoria viva de Villaescusa de Palositos. Nació el 17 de noviembre de 1923 y acaba de cumplir 100 años. Un siglo entero, en el que ha trabajado la tierra y cuidado del ganado; ha visto cómo la Guerra dividía un país entero y cómo su pequeño pueblo, en las profundidades de la Alcarria, se iba quedando sin gente debido a los procesos de migración a las ciudades, hasta convertirse en una finca con un puñado de naves, una preciosa iglesia románica en ruinas en su punto más alto y un cementerio en el que los muertos velan por las postrimerías de su pasado.

 


Asegura que no existe ninguna fórmula mágica para su longevidad: “Son cosas de la naturaleza. Yo no tengo secretos de nada, pero mi abuela murió al cumplir los 102 años”. Tiene la cabeza muy lúcida y, aunque camina con muletas, afirma orgulloso que sólo necesita ayuda para subir las escaleras y ducharse.

 


De hecho, participa cada mes de mayo en la conocida como Marcha de las Flores, con la que antiguos vecinos y descendientes de esta aldea, hoy pedanía de Peralveche, reivindican el libre acceso por los caminos públicos de su entorno, la rehabilitación y conservación de la iglesia de la Asunción y la preservación del cementerio, donde cada año, en este día, depositan ramos de flores. En definitiva, que las consecuencias de la despoblación no arrasen con su pasado y su identidad.




De esta manera, para la Asociación de Amigos de Villaescusa de Palositos, Acisclo Rebollo es toda una institución y él es consciente de que en su memoria guarda un auténtico tesoro. “Si sigo vivo y me llevan, quisiera ir a la próxima Marcha de las Flores para hablar con la gente joven también, porque los padres me han conocido y han muerto y no saben lo que son 100 años”, comenta.

 


Y es que Acisclo es un gran conversador y un magnífico contador de historias, de anécdotas y chascarrillos de su infancia y juventud. “La vida da muchas vueltas”, indica al echar la vista atrás. Y esta frase hecha que a los demás nos puede sonar manida y casi vacía, cuando la dice él cobra pleno significado.



 El Decano de Guadalajara conversa con Acisclo Rebollo apenas dos días antes de celebrar su cumpleaños, que ha planeado en un bar de Guadalajara con medio centenar de invitados. Los ojos le brillan de una manera especial, con una alegría difícil de contener, cuando enumera los familiares y amigos que le acompañarán en ese día. “Voy a cumplir 100 años y vienen 42 y eso lo pago yo. Son conocidos, amigos de mi nieto, primos y amigos míos también. Jóvenes y mayores, porque no hay nadie que haya visto cumpleaños de cien años. En mi pueblo no los ha cumplido nadie. Se han muerto todos con 80 y 90 años”.

 


Llega arropado por sus hijos, Guadalupe, María Asunción y José Luis, sus yernos y un nieto, pero tiene un nieto más y un bisnieto, Lucas, al que quiere enseñarle a contar chistes. Relata que tuvo otro hijo más, Antonio, que falleció en 2004 y se lamenta de que su mujer, Mari Paz, que nació un 24 de enero, el día de la Virgen de la Paz, se marchara cuando más le necesitaba. “Son cosas de la vida” y cuando se han vivido cien años, de nuevo parece que no se trata sólo de una frase hecha.

 

Acisclo con su único bisnieto, Lucas.
Acisclo con su único bisnieto, Lucas.


 

Con quince años, le cortaron el pelo porque su madre era republicana


Sin más preámbulos arranca a hablar, como si llevara preparadas de antemano las historias de esta velada. Recuerda que antes incluso de terminar la guerra, cuando no había cumplido todavía los 15 años, le cortaron el pelo porque su madre era republicana. Fue el comandante Iglesias, que según relata, militó en los dos bandos: “Estuvo en la intendencia con los rojos y luego se volvió con los otros”. Tomó represalias contra él, junto con cuatro chicas y dos chavales más, porque según dijo, le había denunciado el párroco y no le valió el haber estado en el Seminario de Sigüenza, ni que su madre y la de él fueran primas carnales. Es un episodio que relata con amargura, como una afrenta hacia su madre, que falleció cuando era un niño. Tiene grabadas a fuego las palabras del comandante cuando su abuela le fue a pedir explicaciones:“Mi abuela le dijo, ‘qué es lo que te ha hecho mi nieto para que le cortes el pelo’ y él le respondió, ‘ha sido hijo de mala madre, pero ha sido buena, porque ha sido prima de mi madre’. Reproduce la contestación de su abuela, cuando le dijo al comandante que su madre era la mejor mujer del pueblo y le espetó: “Tú eres maligno. Te has hecho a los dos bandos y ahora quieres ser alcalde. Tú no vales para alcalde porque eres un traidor”.

 


Cuenta que su padre, el Bartolo, era carbonero y cuando falleció su madre apenas se quedó en casa tres o cuatro días y se marchó a hacer carbón. Entonces, Acisclo se quedó con una tía suya, hermana de su padre, mientras que a su hermano se lo llevó con un señor, “hijo del tío Tiburcio, el tío Peluso y el tío Cayo, a casa de la tía Adelaida y allí estuvo hasta que hizo la mili”.

 


De su tía no guarda un buen recuerdo, entre otras cosas, porque le decía que si quería ver a su madre debía ir a las puertas del cementerio a primera hora de la mañana, mientras que todas las noches, el tío Gregorio, el sacristán, le reclamaba para tocar las oraciones. De aquellos días de madrugadas a la intemperie esperando a su madre y de noches con un frío helador, lo único que se llevó fue una enfermedad y otra pequeña aventura con el tío Juan Benito rumbo a Salmeroncillo, con dos borricas y cuatro garrafas para cargar vino. Como si hubiera ocurrido ayer mismo cuenta que, tras cargar el vino, almorzaron en el bar un buen trago de vino y una tostada y que en lugar de regresar después directamente a Villaescusa, el tío Juan Benito lo llevó a Salmerón para ver al médico: “Le conté todo lo que me había pasado y el médico me dijo: ‘No hagas caso, que el que se muere y va al cementerio ya no sale nunca. Me recetó siete potingues y fuimos a Salmerón a Don Miguel, el boticario. Le dijimos que no llevábamos dinero, pero él nos dijo: ‘No importa, tu padre me lo pagará’”.

 


Después de aquello, se lo llevaron a Escamilla a cuidar ovejas con el tío Barrillas. El tío Pelagrullas era el mayoral y tenía tres atajos de ovejas e iba de un sitio a otro soltándolas en turnos de dos horas. Le echaban de merendar lo que no querían los mozos: “Una merendera con tortilla y pan rancio” que desprendía mal olor, pero que aun así devoraba incluso antes de la hora de comer, porque el hambre apretaba. El tío Pelagrullas y el tío Mariano, que se dieron cuento, le dijeron a Don Felipe que hiciera el favor de dar bien de comer al chaval.

 


Al parecer, aquello le llegó a Juan José Briones, un terrateniente con el que su madre trabajaba de cocinera, porque fue a buscarlo y se lo llevó de vuelta a Villaescusa.

 

 

Juan José Briones, terrateniente de Villaescusa


Tal y como explica Acisclo Rebollo, Villaescusa era un pueblo muy rico en ganado y los baldíos eran propiedad del Ayuntamiento. El secretario, que se llamaba Pedro Vindel y era de Escamilla, llegó a un acuerdo con Briones para comprar Villaescusa, “pero el tío Pedro no tenía bastante dinero para pagarlo y el tío Briones se quedó con la tercera parte del término”.

 


El terrateniente enseguida se dio cuenta de que Acisclo era un chaval espabilado, que además, controlaba de números, según el propio Acisclo, porque el tío Cesáreo le tenía preparada una pizarra para que hiciera cuentas en sus ratos libres.

 


De aquel periodo con Briones, rememora una ocasión en la que cogió piojos de gallina cuando le llevaron a sacar pavos. Aquella noche sacó tres para la cena de los obreros, que solían cocinar con pisto o arroz. “Estaba yo con el hortelano y me dice: ‘están haciendo la cena pero no nos traen’ y le respondí yo al tío Cesáreo, que así le llamaba: ‘Sabe lo que me han dicho en el colegio, que los hortelanos se acuestan comiendo pan y cebolla y por la mañana desayunan cebolla y pan”. Aquella noche sufrió unos picores horribles y al día siguiente, la hija de Briones se dio cuenta de que había cogido piojos y se lo dijo a su madre, doña Rafaela, que mandó que le comparan ropa nueva y un mono de trabajo. La Señora Asunción, la cocinera, y Avelina, la criada, prepararon un balde y un buen puchero de agua caliente para lavarle de arriba abajo y le aplicaron un producto que se utilizaba entonces para esos menesteres. “Un día Briones se enfadó mató todos los pavos y los llevó a la carnicería y me fui a casa con él”.

 


Briones tenía cinco galgos y, por las tardes, Acisclo le acompañaba a cazar, a pesar de que el terrateniente no sabía tirar. Así que se quedaba pendiente del resto de cazadores y cuando escuchaba un tiro se acercaba a comprarles la presa para no volver con las manos vacías, “porque, según me decía, si no doña Rafaela no nos dejaba salir más”.

 


Otro día llegaron los segadores con una mula toscana y le tocó salir a espigar con la mula y a hacer montones: “El tío Severo iba con los bueyes y no daba a basto para llevar los montones a la máquina trilladora”.


Las Tabernas del tío Pío y el tío Benito

El homenajeado explica que Villaescusa de Palositos tenía dos tabernas: La del tío Pío y la del tío Benito: “El tío Benito era más curioso que el tío Pío. La gente iba a por vino, huevos, pescado en escabeche, etc., mientras el tío Pío no tenía más que vino y garbanzos. Es cierto que el tío Pío era más barato, pero no íbamos porque el otro estaba más curioso. Luego las mujeres iban a por vino y aceite para guisar al tío Gregorio”. También había una escuela que llevaba un maestro de Albalate de Zorita.

 


Las fiestas patronales se celebraban por San Antonio, el 13 de junio, y por la Asunción, el 15 de agosto. Por la Asunción, indica Acisclo, “los segadores no hacíamos fiesta. No nos dejaban ni regar y no salíamos de casa”. San Antonio era la fiesta principal y se celebraba el día del santo y al día siguiente. Con motivo de estas fiestas repartían vino y garbanzos tostados. Acisclo cuenta que siendo mozo, cuando le tocaba repartir el vino, pidió al alcalde Damián que cortara un rollo para las personas mayores del pueblo, algo a lo que accedió a regañadientes ante la insistencia de Acisclo y a partir de ese momento “todos los años hacíamos cuatro o cinco rollos más para repartirlos entre los mayores”.

 


Un año en el Seminario de Sigüenza

Corría el año 1935 cuando Juan José Briones le dijo: “Te voy a llevar al Seminario y a tu padre no le voy a decir nada porque lo voy a pagar yo todo”. Pagó el año entero y Acisclo se dedicó a hincar bien los codos porque el que no se sabía la lección no comía: “Había otros chicos que eran unos gamberros, como ahora. No querían estudiar y entonces me dijo el profesor: ‘Como te juntes con esos ya sabes que no cenan porque no estudian. Ellos, lo que les manda el padre, se lo gastan por ahí y aquí cuando no comen se aguantan, pero cuando llega la noche se van al bar a cenar. Tú no hagas eso porque no tienes dinero’. Yo estudiaba y no me faltaba ni el desayuno, ni la comida, ni la cena”, relata. Estuvo en el Seminario desde septiembre de 1935, hasta el 1 de julio de 1936 . “Ese día me despedí del profesor y le dije: Ya no nos vamos a ver más porque ¿ves este papel que tengo en el bolsillo... ? Va a haber una revolución que vamos a andar todos de cabeza”.

 


Cuando llegó a Villaescusa del Seminario estaban ya segando y su padre le llevó con el tío Tiburcio a acarrear. Por ello le daban una taza de garbanzos y un pepino y, según narra, el tío Tiburcio le dijo a su padre: “Ya no te vas con mi sobrino más. Se viene conmigo de pastor a las cabras, porque está mejor que contigo. Allí, si no nos echa mi hermana bien de comer, cazamos conejos y topos y los asamos”. El 18 de julio de 1936, recuerda, estalló la guerra.

 


Durante el conflicto no fue el frente. Permaneció con su tío y al terminar la guerra “me quedé con las cabras del pueblo”. Cuenta que entonces fueron muchos los que abandonaron Villaescusa de Palositos. “Sobre el año 40 la gente empezó a emigra y si éramos 45 vecinos, nos quedamos 23”.

 


En 1940 se puso de novio con su prima Daniela, pero su tía no les permitió casarse. Según relata, otra prima suya se había casado con un tipo que fue aviador de Franco, por el que Daniela conoció a uno de los escoltas del dictador “que era un mujeriego” y le contagió la tuberculosis. Acisclo supo que su prima estaba muy enferma en el Hospital Niño Jesús y el tío Mariano y el tío Luciano le llevaron a Madrid. Entonces, organizó el traslado al Hospital Ortiz Zarate de Guadalajara y ocho días más tarde llegaba en ambulancia a Villaescusa. “Durante un mes no dormí y me quedé todas las noches en el cabecero de su cama, hasta que un 18 de mayo, el Día de la Ascensión, se murió”.

 

Después de enterrar a su prima Daniela, dejó las cabras y se marchó a los montes del Alto Tajo a las subastas de madera, porque a diferencia de muchos, había estudiado y controlaba de números. Narra anécdotas de las subastas de la Dehesa de Solanillos y Armallones, donde conoció a su mujer, Mari Paz, con la que tuvo sus cuatro hijos.

 

El 14 de febrero de 1970, siguiendo la estela de los que lo habían hecho antes, hizo las maletas y se marchó con su mujer y sus cuatro hijos. “Nos hicieron la vida imposible y nos tuvimos que marchar”, comenta Acisclo Rebollo. La maestra dejó de ir a Villaescusa e incluso, según recuerda, “se fundió la luz y no quisieron arreglarla”. Cuando dejó la aldea, afirma, había en el pueblo 13 vecinos. “Una prima mía se quedó en el pueblo con un atajo de cabras y entonces no le echaron, pero faltó poco. No le dejaban andar más que en la Dehesa. Hasta los guardias le denunciaron y tuvo que vender las cabras y ahí ya le dio como un patatús”.

 

Primero estuvo por un tiempo en Iriépal como pastor de ovejas y de allí se fue a Guadalajara, donde empezó a trabajar en Dragados, donde estuvo hasta su jubilación.

 

Villaescusa de Palositos donde afloran todos estos recuerdos cargados de latidos, donde la vida dio tantas vueltas, acabó vendiéndose a “un ricachón de Bilbao”. Acisclo comenta que el nuevo terrateniente guardaba el ganado en la iglesia hasta que se terminó hundiendo. Algunos de los antiguos vecinos no quisieron vender sus tierras, ni la casa del pueblo, pero de nada sirvió. El dueño acabó arrasando en la primera década del nuevo milenio con las pocas casas que todavía quedaban en pie y hoy una valla cerca todo el perímetro de la aldea, pese a que la iglesia románica fue declarada Bien de Interés Cultural (BIC). Asimismo, señala que los tractores “han desarmado el camino y no pueden entrar los coches. Peralveche lo iba a arreglar, pero el propietario dijo que era él quien mandaba en el pueblo y que el camino no se arreglaba”. Ahora hay un proyecto para instalar un parque fotovoltaico en la zona y parece que el camino por fin se va a arreglar “porque como tienen los terrenos arrendados van a dar dinero todos los años”.

 

Acisclo no deja atrás su pueblo natal y sigue pendiente de todo lo que allí acontece. Al fin y al cabo, es la memoria viva de Villaescusa de Palositos.

 

 

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