Los diablos de Luzón resurgen de las entrañas de la Madre Tierra

Publicado por: Marta Perruca
10/02/2024 08:00 AM
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Reportaje Fotográfico: Asociación Cultural de de Amigos de Luzón/Diablos y Mascaritas de Luzón
Reportaje Fotográfico: Asociación Cultural de de Amigos de Luzón/Diablos y Mascaritas de Luzón

Estos personajes del Carnaval, que siempre van acompañados por unas sigilosas y recatadas Mascaritas, tienen un origen ancestral que ha pasado de generación en generación y, aunque la tradición se perdió como consecuencia de los movimientos migratorios hacia las ciudades, fue recuperada en el año 1990, erigiéndose como un auténtico símbolo de identidad de este municipio del Señorío de Molina

 

Cuenta la leyenda que “en la paramera, una vez al año, los Diablos abandonan el vientre de la Madre Tierra, a través de una grieta que nadie conoce y un estruendo de cencerros anuncia a vecinos y forasteros la llegada de los portadores de un misterio ancestral”. Los Diablos de Luzón son, sin lugar a dudas, la manifestación más singular y antigua del Carnaval de la provincia de Guadalajara: Un legado que ha ido pasando de generación en generación, entre los vecinos de este pequeño municipio enclavado en la comarca de Molina de Aragón y el Alto Tajo, en el límite con la provincia de Soria.

 


A estos personajes se les atribuye un origen prehistórico, quizá relacionado con los rituales paganos de los celtíberos que poblaban estas parameras molinesas. En este sentido, el etnógrafo José Antonio Alonso, apunta hacia algunas manifestaciones del arte rupestre que representan al “Señor de los Animales” o a brujos disfrazados con cornamentas y otros elementos, como posible procedencia de las botargas, de las que los Diablos de Luzón serían una manifestación.

 

Los carnavales son fiestas muy relacionadas con el fin de la siembra de invierno, el equinocio de primavera y la fertilidad de un nuevo ciclo y, según el investigador, en el pasado este tipo de personajes eran considerados como una “especie de magos, intermediarios entre los dioses y la naturaleza y las personas” que tenían el papel de propiciar "la fecundidad de la tierra -magna mater.- y de las mujeres” 

 


Sea como fuere, los Diablos de Luzón, se levantan como un auténtico símbolo de identidad para los vecinos de esta localidad, que apenas suma 64 habitantes, según los últimos datos del Padrón, en una comarca con menos de dos almas por kilómetros cuadrado.

 


Sin embargo, la Asociación Cultural Amigos de Luzón, que cada año mantiene viva la llama de esta tradición, aglutina  a más de 550 socios, lo que ofrece una dimensión de la importancia que tienen las tradiciones, la cultura y el folclore en la identidad de nuestros pueblos: Un factor esencial a la hora de garantizar su supervivencia, ya que como todo el mundo sabe, un pueblo sin identidad, es un pueblo sin futuro.

 

Además, los Diablos y Mascaritas de Luzón se han convertido en unos personajes muy representativos del Carnaval y las botargas de Guadalajara  y es habitual verlos en concentraciones de este tipo de personajes y manifestaciones de la provincia, pero también de otros lugares de la Península Ibérica. De hecho, el próximo 23 de febrero acudirán al  III Encuentro de Rituales Ancestrales de Bemposta (Portugal), que reúne a distintas manifestaciones del folclore de España, Portugal, y este año, por primera vez, también de Italia. Luzón también organiza su propio Encuentro de Mascarados y Botargas de Guadalajara, con la presencia de otras manifestaciones de España como invitadas, cuya tercera edicion está prevista para 2025.

 



Una tradición recuperada en los años 90


Los Diablos y Mascaritas de Luzón no sucumbieron a la prohibición del Carnaval, que se perpetraba mediante decreto del Régimen Franquista en 1937. Tal y como explica Javier López Herguido, el responsable de la recuperación de estos personajes, durante aquellos años de posguerra, "se hacía la vista gorda con el visto bueno de las fuerzas vivas de la localidad", es decir, del alcalde, la Guardia Civil, el cura y el médico. Sin embargo, lo que la Dictadura no pudo mitigar, lo hizo otro cáncer, que comenzaba a hacer su aparición a finales de los años 50 y principios de los 60. La fiesta se consumía "hacia el año 1968 o 1970 como consecuencia de los movimientos migratorios hacia las ciudades para trabajar en las fábricas, ya que antiguamente eran los mozos en quintos los que cada año se vestían el traje de Diablos", aclara.

 

Los archivos municipales no recogen ningún tipo de documentación de esta celebración, pero los mayores guardaban en su memoria todos los detalles de esta fiesta, de cuyos testimonios fue rescatada por Javier López Herguido, desde la Asociación Cultural Amigos de Luzón, cuando la década de los 90 empezaba a despuntar. Tampoco había resquicio alguno de los trajes de diablo, aunque sí de las Mascaritas, que algunas mujeres conservaron guardadas en el baúl de sus casas. La vestimenta de los Diablos, indica el investigador, fue elaborada siguiendo fielmente las explicaciones de los mayores del pueblo, bajo la dirección de Faustina Merodio y con la confección de Victoria Morante. "Pese a ser de Cuenca, cosió los primeros siete trajes y hoy en día ya ha elaborado un total de 32", comenta.

 

Los Diablos y Mascaritas de Luzón salían por primera vez , desde los años 60, el 18 de julio de 1990, a raíz de un encuentro con gente de Almiruete y de Villares de Jadraque, que tienen sus propios personajes de Carnaval: Las Botargas y Mascaritas, en el caso de Almiruete y los Vaquillones, en Villares de Jadraque. Ese día se realizó la puesta de largo, con una fiesta especial de presentación que Javier López Herguido recuerda con mucho cariño: "Ese día hubo muchas personas mayores a las que se les caía las lágrimas de la emoción", comenta. Después de ese día, estos personajes volvían a ser los protagonistas del Carnaval en Luzón

 


Precisamente, hoy es el día en el que los Diablos de Luzón emergen de las entrañas de la Madre Tierra, ante cientos de vecinos y forasteros que acuden cada año, atraídos por la estética y el misterio de este ritual ancestral, reconocido como Fiesta de Interés Turístico Provincial y, desde el año pasado, también como Bien de Interés Cultural (BIC), dentro de las botargas de la provincia, en la categoría de patrimonio inmaterial. “El momento álgido tendrá lugar a partir de las 17.00 horas, cuando está programada la salida de los Diablos y las Mascaritas”, aclara Isabel Robles Merodio, vocal de la Asociación Cultural Amigos de Luzón.

 


Esta vecina comenta que en los últimos años se han multiplicado el número de visitantes que se acercan a la localidad con motivo del Carnaval, que “en ocasiones han llegado a venir hasta en autobuses”: Todo un reto para un municipio que no está acostumbrado a recibir tal afluencia de gente: “La Junta Directiva de la Asociación ha creado grupos de trabajo para que se hagan cargo de las diferentes funciones que conlleva desarrollar esta jornada: el aprovisionamiento de bebidas y bocadillos; controlar el desfile y todas esas pequeñas cosas necesarias para que todo transcurra con normalidad”.

 

 



El desarrollo del Carnaval de Luzón

El Carnaval comienza por la mañana con una diana a cargo de los dulzaineros de la Pinocha y el pregón del Carnaval, que está previsto hacia las 13.00 horas, en la Plaza. Una vez se ha dado el pistoletazo de salida a la fiesta, tiene lugar un baile vermú, en el que se procederá a la rifa de un jamón.

 


Por la tarde, se realiza la salida de estos personajes. “Antiguamente nadie sabía de dónde iban a salir los Diablos, ni las Mascaritas. Se buscaba una nave, a las afueras del pueblo, o un garaje, incluso había años en los que se dispersaban en grupos, porque de lo que se trataba era de pillar desprevenida a la gente en la plaza, porque el cometido de los Diablos es tiznar con una mezcla de aceite y hollín, con la que ellos cubren su piel, a todo el que venga al Carnaval sin la cara tapada”.

 


No obstante, a consecuencia de la curiosidad y el interés que ha despertado la fiesta entre medios de comunicación y fotógrafos profesionales y aficionados, todo el ritual de preparación, en el que los Diablos se ponen los trajes y se tiznan de negro, se ha trasladado al pórtico de la Ermita de San Roque, aprovechando el encanto del paraje natural que la rodea: “Se ponen los trajes delante de las cámaras y se tiñen unos a otros con una mezcla que hacemos con el hollín de las chimeneas: Se tritura con un molinillo de café y se tamiza con varias mallas, cada vez más finas, para que queda un polvo, que mezclamos con aceite, de tal manera que conseguimos una especie de crema. Con eso se tiñen los brazos y la cara, es decir, lo que queda al descubierto después de ponerse el traje”, explica la representante de la Asociación.

 


Y es que los Diablos y Mascaritas no se disfrazan, como lo pueden hacer el resto de vecinos que acudirán a su Carnaval convertidos en todo tipo de personajes, como en cualquier otro pueblo de la provincia, sino que se visten ya que, "para nosotros  no es un disfraz, sino un traje de un carnaval ancestral que hemos ido heredando de nuestro abuelos”, afirma Robles.

 

 

Las indumentarias 


El que fuera cronista oficial de Maranchón, el etnógrafo José Ramón López de los Mozos, fallecido en 2018, señalaba en su libro Fiestas tradicionales de Guadalajara (Diputación Provincial, 2006) que los Diablos vienen representados por un número variable de estos personajes que “en ocasiones llegaron a ser hasta treinta, vestidos de negro hasta los pies, con un ancho faldón y una blusa muy amplia”. En esta ocasión, según Isabel Robles, serán un total de 25 los luzoneros y luzoneras  que se vestirán el traje, porque la tradición se ha adaptado a los tiempos y este personaje, que antiguamente era únicamente masculino, cada vez tiene más representantes entre las mujeres de la localidad. "Antíguamente, sólo se vestían los mozos que iban a entrar en quintos, pero cuando recuperamos la tradición, había mujeres con ganas de vestirse  y sus padres y abuelos tenían esa ilusión. Aunque este cambio no es fiel a la tradición, también es cierto que incluir a mujeres y niños fue una manera de perpetuarla", añade López Herguido. La primera mujer en ponerse un traje fue Ruth Novella, en la Feria Internacional del Turismo (Fitur), y le siguió Laura López, en el Festival Internacional de Teatro de Almagro. Hoy en día, apunta, "son tantas mujeres como hombres" los que portan el traje de Diablo.

 



Los Diablos, describía López de los Mozos, “embadurnan sus brazos y la cara con una mezcla de aceite y hollín molido, que les da un color negro muy brillante y característico, que contrasta con el blanco de los dientes hechos a base de trozos de remolacha, de sabor más agradable que el de la patata que empleaban antiguamente. Su misión sustancial consiste en asustar a las mujeres y dar miedo con su estruendo, tratando de mancharlas con hollín preparado al efecto”. En la actualidad, no obstante, se ha vuelto a utilizar la patata para enfundar esa diabólica dentadura.

 


Según Isabel Robles “el traje consiste en un faldón largo hasta los pies; una camisola también negra; llevan a la cintura un cinturón del que cuelgan cuatro cencerros -conocidos como trucos y cañones, los primeros abombados en su parte superior y los segundos rectos- y en la cabeza una almohadilla para tapar el pelo y las orejas y sobre la misma se colocan una cornamenta de toro”. Los cuernos de las indumentarias más antiguas, indica Robles, proceden de las corridas de toros de la plaza madrileña de ‘Las Ventas’: “Ahora eso se nos está complicando un poco y el problema con el que nos encontramos es la dificultad para hacernos con cornamentas para las nuevas generaciones que quieren vestirse”, indica.

 


“Hay Diablos que se han hecho sus trajes y tienen todo su equipamiento y, para los que no, la asociación cuenta con unos cuantos trajes. Entonces, se hace una lista con las personas interesadas. Algunos años hemos tenido que sortearlos y es difícil hacerse a la idea del disgusto que se llevan los que se quedan fuera”, relata la vocal de la Asociación.





La otra cara del Carnaval de Luzón son las Mascaritas, personajes recatados, anónimos y silenciosos que ofrecen el contrapunto al estruendo de cencerros y ruido con el que los Diablos hacen su aparición. “La Mascarita se mueve sigilósamente entre los Diablos y los va acompañando en silencio, sin hablar”. La indumentaria, explica la vocal de la Asociación, es similar a la que llevaban las mujeres de antaño. Visten saya o falda, similar a la de los trajes regionales alcarreños y delantal, con la faldriquera debajo del mismo (bolsa rectangular de tela que se utilizaba a modo de bolsillo, para guardar objetos útiles). Una blusa o camisa, toquilla y pañuelo sobre la cabeza y la cara cubierta con una máscara blanca de tela, con aberturas en la boca y los ojos. Además, portan un garrote o gayata, con el que arremeten contra aquellos que se pasan de la raya para llamarles al orden: “Son las que tienen el papel de imponer el orden dentro de todo ese bullicio y alboroto que se arma con la salida de los Diablos. Es el juego del diablo que tienta a la mascarita, que al principio elude la tentación, pero al final acaba bailando en la plaza junto con el diablo”.

 


Una vez finalizada toda esa ceremonia de la transformación, los Diablos se dirigen desde la Ermita hacia el pueblo, al ritmo de las dulzainas y los cencerros, mientras van tiznando a todo el que se encuentran en el camino, que lleve la cara al descubierto. “El momento apoteósico tiene lugar cuando entran desde la fuente, hacia la Plaza, donde la calle se estrecha y se empieza a escuchar el estruendo de los cencerros, que es estremecedor. Entonces, los Diablos desembocan en la plaza frenéticos, corriendo a ver a quién pillan y empieza el gran alboroto de gritos y gente corriendo”.

 


Los expertos recomiendan a los neofitos visitantes todo lo contrario, que no corran, “porque si se corre, los Diablos se enfadan más y al que cojan, lo dejan perdido, mientras que al que se queda parado, normalmente, le tiznan sólo un poco la cara”.

 



Posteriormente, se inicia un pasacalles por las calles del pueblo con la comparsa de las dulzainas, los Diablos y Mascaritas y el resto de personas disfrazadas, que celebran el Carnaval como en la mayoría de los pueblos de la provincia, transformándose en todo tipo de personajes. En el recorrido se hacen dos paradas, “que ya tenemos establecidas y es típico, donde nos hacemos una foto todos los Diablos y las Mascaritas, en la puerta de la Ermita de la Inmaculada de los Escolapios y, un poco más adelante, donde hay una estatua homenaje de un diablo”.

 


La fiesta llega a su fin con bailes y danzas en la plaza al ritmo de las dulzainas, donde encienden una gran hoguera y dan rienda suelta al espíritu del Carnaval y al desenfreno previo a la Cuaresma, y hasta las recatadas Mascaritas terminan sucumbiendo a los tentadores bailes de los Diablos, que al cabo de la noche, regresarán de nuevo al vientre de la Madre Tierra.

 

 

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