¿Estamos en ello? La sensibilidad de Hanna Arendt (I)

10/05/2024 09:57 AM
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¿Estamos en una actitud histórica -es decir, personal y repetida, puesto que la Historia no es sino un contagio general y reiterado de biografías personales- de absolutizar la ciencia, teórica y práctica sobre todo, para poder huir de las 'preguntas' en la vida diaria? La ciencia, que tiene manifestaciones muy sencillas -desde encomendar a un programa de ordenador nuestra compra de abastecimiento semanal a la elaboración, en robot, del menú diario, por ejemplo- ha ido abriendo y ensanchando su propio surco, que ya parece único y de inexcusable uso para verter la trama de nuestra existencia individual y así poder 'despreocupamos'. ¿De qué? De cuantas más preguntas incómodas, mejor.

 

Hanna Arendt, periodista y pensadora judía -esa raza con una médula cultural específica entre lo temporal más crudo y la espiritualidad de 'El cantar de los cantares' como pauta social, y que, con ese perfil colectivo (aún en su diáspora permanente) ejerce en la Historia que, para ella, o es universal o no es, lo mejor y lo peor de la condición humana. Lo estamos viendo en su invasión de la Franja de Gaza-; Hannah Arendt, vuelvo a tomar el hilo, corresponsal en el juicio de Eichman ¡en Jerusalén! (una aparente paradoja, muy semita por otra parte) entendía que el reo era, en sus actos y finalmente en toda su personalidad, una secuencia del absolutismo nazi que había esterilizado no ya a los marginados sociales (dementes, toxicómanos, gays, gitanos) sino a la sociedad entera, en sus conciencias.

 

Y ocurre que, si meramente ojeamos los regímenes políticos más pujantes en la actualidad en todas las naciones de cualquier continente, hemos de concluir que en esta circunstancia 'progresista' (en todo: en lo social, en lo cultural, en lo gastronómico, con hiperplaxia, ¡cómo no!) proliferan y asumen un papel directivo los extremismos. O lo pretenden, con tolerancia del 'pueblo', es decir, nuestra, puesto que ya toda sociedad se siente cómoda en su posición de pueblo, masa con pretensiones. Es decir: se sitúan en cabeza, en una posición directiva sin horizontes, los absolutismos políticos, sean, aunque no estén seguros ellos mismos, de izquierdas o de derechas. Lo cual exige el proceso -inconsciente, pero bien recibido- del vaciamiento previo de 'las conciencias y las mentes inquietas'-: es decir, el nuevo absolutismo, destilación en surtidor de una constante humana, se cimenta en la abdicación silenciosa de ese otro tuétano del humanismo que es la búsqueda de algunas verdades propias. Por ejemplo, y yendo desde lo particular a la categoría, ¿Sería posible que en una España anterior a su singularísima catarsis decimonónica de 'Ilustración' (información ávida sobre las 'ciencias' inmediatamente útiles o confortables) prevaleciese un Gobierno-Régimen sostenido, como por invisibles líneas de tensión, sobre el vaciamiento ciudadano de ocupaciones, preocupaciones y valores? Pero así es, y con el beneplácito -o pasividad sicaria- del ambiente social: no es posible, para el resto de lucidez crítica, disfrazar la realidad. Ni se pretende, siquiera.

 

Lo preocupante, para los islotes de pensamiento en que aún anidan dudas y preguntas, es que esa ataraxia masiva incluye la renuncia voluntaria al ejercicio de la libertad (distintivo primero y último del ser humano, no ya solo para los filósofos éticos, como el Dante, sino para los físicos del corte de Hawking, tras su máquina sintonizadora de pensamientos). Hertog, discípulo predilecto de Stephen Hawking recoge una frase predilecta del  maestro: "Si  descubriéramos una  teoría  completa (del  cosmos) conoceríamos la mente de Dios".

 

Se trata de una contradicción en sus términos, o de la confesión de una impotencia connatural al hombre, puesto que si Dios es, por definición, inefable, su  'mente'  ha de ser inescrutable.  Y  la  afirmación en condicional,  "si descubriéramos ...conoceríamos '', viene a ser la humilde confesión inadvertida de límites, por cualquier hombre medianamente buscador, es decir en actitud de sabiduría. Límites  personales, límites de la ciencia que  acompaña como su jugo  linfático a la condición humana. Stephen Hawkig, el fisico más considerado -y laureado- de la historia después de Galileo y de Einstein, concluye en su teoría final que estamos, siglos después del puro antropomorfismo en su nueva afirmación, quizás coincidente con la fisica cuántica: estamos en la negación de nuestra esperanza de entender el orden subyacente al universo por medio de la ciencia". Y ello aún en un momento en que la borrachera oficializada del cientifismo proclame, no que estamos en el culmen de la matemática y la fisica, como soportes de la civilización, lo que es cierto (sobre todo tras el deslumbramiento por la IA creativa que,  sin  embargo, pudiera ser una sabiduría instrumental), sino además en el punto más glorioso  de la humanidad. Enseguida, al hombre que mantenga los ojos abiertos le hiere las pupilas la imagen de los niños de Gaza -solos, despojados de sus padres- que extienden sus brazos famélicos y pasan en sus pequeñas manos como garras cuencos de plástico vacíos, por los rombos de las mallas que les separan de las ONG, suplicando el alimento del chef español José Andrés, por ejemplo.

 

De  la  mano  de Thomas Hertog, colaborador y confidente de Hawking, volvemos a escuchar la lucidez, como advertencia, de Hannah Arendt. Dice, a propósito del lanzamiento del Sputnik "acontecimiento de suprema importancia" para la civilización de la aeronáutica y los vuelos interplanetarios (no discernía ni le importaba que fuera un logro ruso, americano, o, decenas de años después, chino, por ejemplo) que el astronauta, lanzado al espacio... aprisionado en su cápsula abarrota de instrumentos... podría tomarse como la encarnación simbólica del hombre de Heisenberg: el hombre que menos posibilidades tendrá de conocer otra cosa que no sea él mismo y objetos artificiales... Para concluir que los humanistas tenían razón al preocuparse por la estatura del hombre en el nuevo mundo  científico.

 

Arendt, que ha vivido los tiempos de Auchwitz y sus prolegómenos, y sus consecuencias -incluso la tardía enmienda judicial a las barbaries nazis-, lo que supone que valora en su maldad la elevada civilización germánica de un momento dado (fue incuestionable, y admirada universalmente, +al igual que su nivel filosófico, por cierto), alerta que una ciencia en alienación del mundo -por ejemplo, de las preguntas elementales de los niños, ¿quién soy, qué cosa es 'mi futuro', a quién y a qué debo mi existencia?- acabará, o puede acabar con el tiempo siendo un paradigma autodestructivo.

 

En el borde ese acantilado estamos, mirando al horizonte. O quizás, cerrando los ojos.

 

Parece necesario y urgente elaborar preguntas, de cara al futuro. Es lo que me propongo en estos artículos.

 

Santiago Araúz de Robles. Abogado y escritor.

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