Una legión y una escuadra de hombres pequeños doblegaron al gran teutón

Publicado por: Antonio Marco
09/07/2024 11:12 AM
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Alemania es probablemente el país de la Unión Europea en el que más se valora el estudio y conocimiento del mundo antiguo grecolatino. Hasta hace algunos años el Latín era de estudio obligatorio en los estudios más prestigiados de “bachillerato”, Abitur en alemán, y siguen siendo cientos de miles de jóvenes alemanes los que lo siguen estudiando en competencia con otras lenguas vivas y modernas, aunque ciertamente su importancia va disminuyendo poco a poco.

 

Pues bien, es muy probable que el antiguo portero de futbol alemán, Jens Lehmann, reconvertido ahora en comentarista deportivo de una televisión alemana, o no estudió Latín o lo estudió insuficientemente. De haberlo cursado con aprovechamiento hubiera sido más comedido, es decir, menos bocazas, a la hora de valorar y ejercer el encuentro de cuartos de final entre la escuadra alemana y la española, es decir, entre las selecciones nacionales de los dos países. Este comentarista anunciaba el previsto triunfo alemán, teutón, por 2 a 0 o 2 a 1 y justificaba su previsión (errónea como se demostró poco después, pues ganó España por 2 a 1) en que la selección española era una escuadra formada por hombres pequeños, de baja estatura, y con poca experiencia en encuentros de este nivel. El valorar a las personas en cualquier faceta de su actividad por algún aspecto concreto sin tener en cuenta el conjunto del comportamiento de esa persona es, desde luego, una irresponsabilidad técnica, pero si esa valoración se basa en algún aspecto físico, alardeando y enorgulleciéndose de lo contrario, se merece desde luego una respuesta inmediata, porque en infinitas ocasiones el hombre se ha mostrado capaz de superar lo que en principio parecería una limitación o desventaja insuperable.

 

Alguno podría pensar que declaraciones de este tipo son propias exclusivamente de la época actual, hipernacionalista y muy agresiva, pero está muy equivocado. Julio César, el general romano, luego dictador, que con sus legiones conquistó la Galia habitada por numerosos pueblos y tribus galas y germanas de gran envergadura y pálido color para incorporarla al civilizado Imperio Romano, nos contó sus campañas en su famosa obra “De bello Gallico”, La guerra de las Galias, esa que Lehmann o no leyó o no aprendió bien. En el libro II, 30-31 de esta obra, nos relata un curioso episodio cuyo conocimiento hubiera atemperado la ofensiva y desafortunada afirmación del portero-comentarista alemán. Había unos pueblos galos, al oeste del río Rnin, que servía de frontera, que ante el imparable avance de las legiones romanas, se refugiaron en una ciudad bien situada geográficamente y defendida por la naturaleza y considerada como inexpugnable; se trata de los atuatucos,  que como César explica son descendientes de los cimbrios y teutones que habían atravesado el Rhin para situarse más al oeste en la actual Bélgica. Informo de este origen teutón por si alguno creía que los galos no eran exactamente los germanos de allende el Rhin. César prepara el asedio a la ciudad y para ello construye una enorme torre de asalto de la que se ríen los atuatucos-teutones sitiados, que según nos cuenta el propio César decían:  “¿con qué manos o con qué fuerzas, sobre todo unos hombres de tan corta estatura (pues generalmente todos los galos desprecian nuestra pequeñez por ser ellos de gran tamaño), esperaban arrimar al muro una torre de tanto peso? Mas cuando vieron que se movía y aproximaba a las murallas, aterrados por aquel nuevo y desusado espectáculo, enviaron a César emisarios de paz”.

 

 Es decir, lo mismo que Lehmann: ¿cómo iban a meter el “esférico”, para hablar en términos periodísticos, en la portería esos españoles tan pequeños y tan faltos de experiencia batiéndose con teutones de gran tamaño?  Debió ser muy doloroso para el tal comentarista Lehman que el gol de la victoria de la escuadra española, siguiendo con el argot periodístico, lo proyectara un pequeño español precisamente con la cabeza, que naturalmente hubo de superar en su salto la enorme estatura de la pesada defensa germana. Que los dioses y fuerzas del destino determinaran que Merino, el héroe goleador español, fuera hijo del Merino jugador del Osasuna que treinta y tres años antes (33) apeó en el mismo estadio de Stuttgart de otro campeonato europeo precisamente al equipo o escuadra local, es decir, al Stuttgart, ha debido impactar fuertemente en los germanos o teutones, de buena envergadura pero en su simpleza fácilmente impresionables por estas fuerzas misteriosas de los hados.

 

Aparte de la anécdota y de boutades parecidas, la celebración de un gran campeonato de fútbol como la Eurocopa es una buena ocasión para disfrutar de un gran espectáculo deportivo en el que, junto a la destreza individual de los jugadores, es muy importante la cohesión y trabajo mancomunado de un equipo de once jugadores bajo la dirección de un inteligente entrenador. Que en esa escuadra deportiva se mezclen los colores, características físicas y personalidades diversas, como diversas son hoy las naciones de Europa, formando un solo equipo, es otro elemento muy gratificante.  Ahora ya ni los germanos son tan altos y rubios ni los mediterráneos tan morenos y pequeños. En toda Europa se va produciendo una evidente mezcla de razas y culturas que iguala a las personas y mejora las sociedades, por mucho que griten o anuncien desastres apocalípticos para occidente y su cultura los defensores de unas purezas étnicas puramente míticas. ¡Lo que deben sufrir estos días esos ridículos intransigentes…! Y lo que les queda por sufrir cuando dentro de unos pocos días comience ese grandioso espectáculo deportivo mundial de las Olimpiadas: miles de deportistas de todo el mundo, de todos los colores y envergaduras, de todas las culturas, esforzándose hasta el límite por ganar  una prueba deportiva y pacífica y poder colgarse al cuello una medalla que lo reconozca. Con ellos la mayoría de los hombres y mujeres del planeta disfrutaremos, más desde luego nosotros cuando los vencedores sean españoles. Una pequeña dosis de orgulloso nacionalismo no excluyente es un aliciente para pasar algunas horas ante la pantalla de televisión ya que parece complicado, difícil y caro acudir a París para verlo en directo.

 

Por cierto, no sobra recordar que las Olimpiadas son un invento griego, como tantas cosas, nada menos que del año 776 antes de Cristo. En su genialidad supieron convertir la violencia de la guerra constante entre las ciudades griegas en una competición deportiva en la que los participantes se esforzaban por la sola recompensa de una corona de roble, es decir, del orgullo personal de ser los mejores; para poder celebrarlos en buenas condiciones durante la época de las Olimpiadas firmaban una tregua de paz que nosotros ahora hemos sido incapaces de repetir.

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