Felices Navidades

Publicado por: Antonio MArco
19/12/2022 11:24 AM
Reprods.: 252

La palabra “Navidad”, con la que designamos la fiesta del nacimiento de Jesús, deriva de la latina “nativitatem” que significa precisamente “nacimiento”.  El nacimiento por excelencia es el del niño Jesús en Belén.  Ahora bien, si tal nacimiento es único, ¿por qué empleamos con frecuencia la expresión “Felices Navidades”? Hay quien rechaza la expresión por improcedente, ya que “nacimiento, nacimiento” solo hay uno, mientras otros la justifican o la explican por tratarse de un largo periodo de fiestas y celebraciones continuas que se extiende al menos desde la noche del 24 de diciembre, fecha del nacimiento, hasta el 6 de Enero del nuevo año, fiesta de la Epifanía o presentación y manifestación del niño, celebrada comúnmente en el Occidente mediterráneo como día de los Reyes Magos, el día más feliz de los niños.

 

Me sugiere esta expresión de “Felices Navidades” otra posible explicación, sin que tenga por qué ser este su verdadero origen, sino porque me sirve para explicar la complejidad de la fiesta. La celebración de nuestras “Navidades” es el resultado de la amalgama de varias celebraciones y fiestas antiguas, que, como tantas otras costumbres y ritos, se vienen celebrando desde hace miles de años.

 

Por lo general todas las culturas sobre la Tierra celebran el ciclo o círculo del año astronómico: cada 365 días, más o menos, el año se acaba conforme se va achicando la duración del día o tiempo de la luz del Sol y comienza un nuevo ciclo anual a partir del día en que el tiempo de luz solar va creciendo. Es decir, se celebra el llamado “solsticio” de invierno, palabra que por cierto significa parada del sol o sol estático porque ese día parece como si el sol permaneciese quieto. Eso ocurre precisamente en los días de Navidad, hacia el 21-24 de diciembre. Los antiguos romanos, que entre sus numerosos dioses veneraban al Sol, celebraban el día 25 de diciembre como “dies Solis invicti”, día del sol invencible, porque ese día renacía o nacía de nuevo. Era una fiesta de enorme arraigo porque el Sol es también el dios persa Mitra, traído de Oriente y extendido por todo el Imperio. En los primeros años del Cristianismo el nacimiento de Jesús se celebraba precisamente el día 6 de Enero, día de la Epifanía como he dicho más arriba, y todavía se sigue celebrando en ese día en numerosas iglesias cristianas orientales ortodoxas, como, las de Armenia, Egipto, Etiopía, Rusia, Bielorrusia, Georgia, Kazajstán, Serbia…  En Occidente pareció más conveniente cristianizar la fiesta del nacimiento de Mitra, cuya religión de salvación, el Mitraismo, fue claramente competidora con el Cristianismo. Cristianizar elementos paganos fue y sigue siendo una técnica general del Cristianismo, que explica cómo, hasta hoy mismo, tenemos en nuestra religión y cultura numerosos elementos inicialmente no cristianos.

Así que es este el principal motivo de celebración de la Navidad: el final de un año ya viejo y la llegada de un nuevo año, representado por el sol y su ciclo. En muchas culturas el nacimiento del nuevo año va asociado al nacimiento de un niño divino, al nacimiento de un dios solar. El inicio de un nuevo ciclo astronómico nos permite e invita a celebrar también un nuevo ciclo personal en el que sólo tendremos momentos de felicidad, sobre todo si el año que acaba no ha sido especialmente venturoso.

 

Los romanos, que nos conquistaron y nos dieron su cultura para el futuro, celebraban en diciembre varias fiestas, entre ellas las más esperadas del año, las Saturnalia o fiestas en honor de Saturno. Para el poeta Catulo ese era el mejor día del año, el 17 de diciembre (die Saturnalibus, optimo dierum).  La mayor parte de los elementos de nuestra Navidad son continuación de aquella juerga en honor del dios romano de la edad mítica de la vida feliz e introductor de la agricultura. En época de Augusto se celebraban los días 17, 18 y 19 de diciembre, pero luego se fueron añadiendo más días por parte de algunos emperadores para dar satisfacción y ganarse la voluntad popular, más o menos como hoy ocurre con el alumbrado navideño, que cada año suele ser un poco más largo, incluso este, en que los precios de la energía deberían limitar su aparatoso consumo, lo que justifican insuficientemente los munícipes responsables disminuyendo unos minutos de alumbrado al día o empleando lámparas led de menor consumo.

 

Con ocasión de estas fiestas y durante un corto período de tiempo se invertía el orden social: el esclavo hacía de señor y el señor servía al esclavo, como también ocurre en nuestros Carnavales. Estaba a punto de comenzar un nuevo ciclo anual y convenía recordar  simbólicamente los primitivos tiempos de la radical igualdad.

 

En el marco coincidente de las fiestas “sigillaria” se vendían figuritas de cerámica como juguetes para los niños, en mercadillos y puestos callejeros, como sigue ocurriendo hoy en día, con la única diferencia de que las figuritas son ahora de vulgar plástico fabricadas en China.

 

Dos son los elementos esenciales en las Saturnalia, la juerga y desenfreno callejero cantando semidesnudos y la celebración de un buen banquete, similar a nuestra cena de Navidad, en el transcurso del cual se hacían e intercambiaban regalos de broma los comensales, todo ello al grito de ¡Io Saturnalia, Io Saturnalia! (Vivan las Saturnalias). También eran días de fiestas para ocupar el tiempo divirtiéndose con juegos de mesa. El estoico y moralista filósofo Séneca, de ascendencia hispana, le decía a su amigo Lucilio en una carta  que “era la época en la que todo el mundo se lanza a los placeres”.

 

Naturalmente, parte de la fiesta era nocturna, con las calles iluminadas por velas . Entre los regalo que los parientes se intercambiaban, uno de los más frecuentes eran las lucernas,  lámparas o candiles de  aceite, tan frecuentes en el mundo romano. El simbolismo no puede ser más evidente, atractivo y necesario: el sol se muere, su luz se apaga, pero hemos de intentar mantenerlo vivo y atraerlo con nuestra luz humana, pobre remedo sin duda de la solar, pero suficiente para mantener la ilusión y la vida hasta que el niño recién nacido vaya cogiendo fuerza. Esto es lo mismo que intentamos hoy iluminando sin medida nuestras ciudades, a pesar de la crisis energética y lo costoso que sea, sabiendo los munícipes responsables que sin luz no hay vida, sin luz no hay ilusión, sin luz no hay alegría ni ganas de consumir y sin consumir la economía decae. Por cierto, que esto también lo sabían los antiguos.

 

En fin, demasiadas coincidencias para no sentirse intrigados por la pervivencia de tantos elementos y ritos durante cientos y cientos de años.

 

De los iniciales Magos de Oriente, citados en el evangelio de Mateo, que  luego fueron reyes y finalmente tres, y de los añadidos nórdicos de papá Noel, cérvidos, árboles de luces y otros detalles trataremos otro día.

 

Antonio Marco es catedrático de Latín jubilado y expresidente de las Cortes de Castilla-La Mancha.

Vídeos de la noticia

Imágenes de la noticia

Categorías:
Powered by WebTV Solutions