Por Enrique Alejandre Torija
El niño se encontraba enfermo. Su dolencia persistía más allá del periodo de tiempo que había diagnosticado el doctor. Postrado en el piso alto de una casa pequeña, vieja, un tanto destartalada, en la que no había radio, ni televisión -electrodoméstico poco asequible aún a las economías de la mayoría de los vecinos de aquel pueblo- el aburrimiento y el tedio iban camino de hacer presa de él por más cuidados que le dispensaba su familia.
De no haber sido porque un buen día, el tío suyo que con cierta frecuencia venía de Madrid a visitarles, le trajo el mejor regalo que le pudo hacer en aquella circunstancia: un enorme paquete de tebeos de todos los tamaños, formatos y temas, entre ellos 'Pulgarcito', con sus personajes peculiares como las solteronas hermanas Gilda, en un tiempo en que la mayoría de las mujeres tenían como meta suprema el matrimonio; Carpanta, a quien su dibujante, Escobar, dejaba muchas veces sin comer, igual que la mayoría los españoles de aquellos años que no comían aún de todo lo que querían; el repórter Tribulete que tanto y tan incansablemente buscaba exclusivas para su diario, y a la vez tan infructuosamente, expresión de las frustraciones colectivas del momento..., en fin, todo un conjunto de personajes a cual más divertido y no exentos de crítica social en un tiempo en que no estaba permitida hacerla abiertamente.
Otros, de hechura apaisada, contenían las aventuras creadas por Víctor Mora del Capitán Trueno, un caballero español de la Edad Media en tiempos de la Tercera Cruzada, y sus inseparables amigos: Crispín, Goliath y, Sigrid, su acompañante rubia, de la que nunca se supo si era amante, novia o estaba casada con todas las bendiciones, lo que no dejó de inquietar a la censura eclesiástica como supimos ya de mayores. Eran apasionantes sus peripecias, llenas de imaginación, como aquellas en las que viajaban a lugares remotos, en un globo, artefacto ideado ni más ni menos que por el Mago Morgano. Su empeño era que triunfarán el bien y la justicia, lo que, aunque fuera tras muchas vicisitudes, siempre sucedía y los 'malos' quedaban derrotados. Pasados unos años, tales esfuerzos justicieros inspiraron una canción que sonó profusamente en las emisoras de radio, en la que se clamaba por que alguien viniera a poner justicia a aquella sociedad de mediados de los setenta, o al menos al barrio madrileño de Vallecas, de donde procedían los miembros del grupo Asfalto que la compusieron:
Si el Capitán Trueno pudiera venir
Nuestras cadenas saltarían en mil.
De él aprendimos que el bueno es el mejor
Aunque al pasar el tiempo comprendimos que no
Pero fue eso, que no.
Parecidas andanzas y en el mismo formato llevaba a cabo otro personaje: un guerrero íbero conocido por Jabato, igualmente dibujado por Mora, y sus acompañantes: Taurus (otro forzudo, como Goliath), Fideo de Mileto (con su inseparable lira) y Claudia, una bella muchacha romana, la eterna prometida del héroe, con la diferencia que la acción transcurría en Hispania y la lucha era contra el poder imperial.
Había otros 'cómics' (todavía no se llamaban así) sobre el lejano Oeste: Gene Autry, Roy Rogers, Cheyenne…, con sus peleas entre indios, vaqueros, forajidos y la caballería USA, con sus soldados siempre uniformados de azul y sus grandes galopadas…, y tampoco faltaban en los que los hombres dirimían sus diferencias en el espacio sideral, como un reflejo de la carrera espacial que entonces disputaban rusos y estadounidenses.
Las divertidas y apasionantes historias de estos 'desfacedores de entuertos, en el caso de Capitán Trueno y Jabato, solo tenían una pega, que no era otra sino la de que al ser vendidas su aventuras por entregas, estas finalizaban en el momento más interesante, cuando aparecía la fatídica leyenda "continuará en el próximo número", lo que nos obligaba a pedir en casa la peseta que costaba cada cuadernillo con lo que solíamos chocar con el ceño de nuestros progenitores, sufridores de unas economías marcadas por bajos salarios y precios altos.
Aquellos tebeos llenaron una etapa en la vida de este niño, incluso más allá de la convalecencia de su padecimiento, pues los siguió leyendo y 'repasando' una y otra vez durante mucho tiempo después, sobre todo en verano, durante las primeras, plomizas, horas de la tarde, hasta que aflojaba el calor y era el momento de ir a jugar con los amigos.
Pero como nada es para siempre, el muchacho creció y aunque su afición por la lectura continuó, ésta ya se encaminó a libros, como los de la editorial Bruguera, que seguían teniendo historietas, pero en ellos ya predominaba el texto, y los leyó apasionadamente, pues estaban llenos de aventuras tan maravillosas como solo podía crearlas un autor llamado Julio Verne.
Los años pasaron y un buen día vio en casa de un familiar una obra de título 'Lazarillo de Tormes', que pidió prestada. La leyó y le encantaron las idas y venidas de un adolescente como él, que transcurrían en la España de otro siglo, aquel en el que no se ponía el sol, pero también en el que la miseria florecía por todos los rincones del reino.
Después vinieron más libros: 'El perro de los Basquerville', de sir Arthur Conan Doyle, en el que el doctor Sherlock Holmes impone el razonamiento lógico cuando se trata de buscar al asesino de Charles Baskerville: "No es cuestión de lo que sabemos, sino de lo que podemos demostrar"; 'La Busca', de Pío Baroja, o la vicisitudes de un chico llegado a Madrid, que bien pudiera haber sido a Guadalajara, a la que afluían entonces muchas familias con su hijos desde el mundo rural, inmerso en el ambiente de los bajos fondos y que al final de la novela se plantea de cuales quiere ser: si de los que se levantan a trabajar con el alba o si de los que con la misma se van a la cama…
'Leyendas y narraciones', de G. Adolfo Becker, tan misteriosas, tan llenas de encanto, incluso algún libro 'verde' -por lo que tenía de erótico- como así lo calificó su profesora de Literatura, cual era 'Papillón', de Henri Charriere; 'La Forja de un Rebelde', de Arturo Barea, con las extraordinarias cincuenta primeras páginas de la primera parte de la trilogía; 'La Madre', de Máximo Gorki, la novela de las luchas de los obreros revolucionarios rusos contra los capitalistas y la autocracia zarista…
No le faltaron amigos que le prestaran libros o le indicaran lecturas sugestivas, interesantes, de las que recuerda 'Por quién doblan las campanas', de Hemingway, o 'Conversación en La Catedral', de Mario Vargas Llosa. Años más tarde se enfrascó en la lectura de los clásicos en castellano: 'La Regenta', cuyo autor, Leopoldo Alas 'Clarín' había vivido un tiempo en la 'triste ciudad del Henares' como así la definió años más tarde; novelas de Galdós o 'La Celestina', esta tragicomendia tan cruda, tan descarnada si se quiere, pero… ¿no es así la vida misma?; o aquel libro de Miguel Hernández, 'El rayo que no cesa', que sacó prestado de la antigua Biblioteca Pública de Guadalajara, la que estuvo instalada en el instituto 'viejo', y leyó y releyó, una y otra vez, tratando de descifrar las metáforas…
El tiempo siguió escapándosele a aquel persistente lector e inició otras lecturas en las que trató de encontrar respuestas a los interrogantes que nos surgen conforme nos adentramos en la vida: sobre el bien y el mal, la existencia o no de un ser supremo, los mecanismos psicológicos que rigen nuestra conducta, acerca de cuál debería ser la organización social más idónea para que la mayoría de los hombres trabajaran menos y disfrutaran más, el conocimiento del pasado, de la historia, sobre todo la de aquella guerra que habían vivido nuestros padres, acontecida tan solo pocas décadas antes y de la que se hablaba tan poco y con tanta cautela…
El lector tuvo la suerte que en su juventud salieran a la luz muchos textos literarios, políticos, filosóficos…, que hasta entonces habían estado prohibidos por imposición de la censura del régimen político que durante cuarenta años estuvo vigente en el país, y pudo leer libros reveladores de los que recuerda 'Imán' o 'Réquiem por un campesino español', de Ramón J. Sender, otros de Marx, Rosa Luxemburgo, Maquiavelo…, 'Historia de España', de Pierre Vilar, 'La España del siglo XIX' y 'La España del siglo XX', de Manuel Tuñón de Lara…
Hoy, aquel que tanto buscó en la lectura, encara el otoño de la vida, sus días de senectud, y a su memoria vienen los libros, tebeos, revistas, periódicos…, que leyó a lo largo de los años y de los que guarda un agradable recuerdo de gratitud por todo cuanto le aportaron, sin los cuales no hubiera tenido los conocimientos que adquirió, un tanto generales, dispersos si se quiere, pero que nunca le vinieron mal en la vida, que le ayudaron a desarrollar un sentido crítico y a ser lo que fue y sigue siendo, con sus más y sus menos.
No ha perdido su afición por leer, aun cuando no falta quien le diga: "A tus años con los libros…", pero él esgrime poderosos argumentos para seguir haciéndolo, tales como la mejora de cualidades como la memoria, la creatividad, la empatía, la imaginación…, o la de que necesitamos ampliar nuestro saber pues el conocimiento es infinito y siempre será muy poco lo que sepamos.
Porque, en definitiva, leer es un acto revolucionario, propio de aquellos que no se conforman con la realidad del mundo, que buscan respuestas a muchos interrogantes que les plantea la sociedad en que viven y, para encontrarlas, su primer paso es abrir un libro.
Enrique Alejandre Torija. Investigador de temas históricos, autor de 'El movimiento obrero en Guadalajara. 1868-1939' y 'Guadalajara, 1719-1823.Un siglo conflictivo' y 'La mujer trabajadora en Guadalajara.1868-1939'. Coautor de ‘Guadalajara Rebelde. Siglos X-XX’.