Por Rafael Cabanillas Saldaña
Entrar al penal de Ocaña, tal y como lo llaman en el pueblo, impresiona. El penal y los penados. Está en el mismo centro de la población y, salvo por los problemas que les generan los inhibidores de frecuencia, la vecindad es buena. El penal siempre ha estado ahí, siglo y medio antes de que naciéramos, me comentan en la calle. La cárcel en activo más antigua de España, inaugurada en 1883.
En plena dictadura franquista, llegó a albergar a 15.000 presos, por lo que ya podemos imaginar su nivel de hacinamiento. Impresiona por su estructura de fortaleza: los muros ciclópeos, las piedras, las vigas, el alambre de espino enrollado en lo alto, las rejas de las puertas, abre y cierra, abre y cierra. Dejar a los funcionarios de la entrada los DNI, los móviles, las certezas.
Nos reciben Jacinto y Tomás, los educadores que coordinan el Club de Lectura de la cárcel donde se han leído y trabajado durante semanas la novela Quercus. ¡Qué buenos profesionales, admirables! Después nos llevan al despacho de la directora, Zoraida, valiente y encantadora, que dice que soy el primer escritor en visitar su cárcel. -"Escritor no penado"-, exclama, y nos reímos. Me río porque me extraña mucho que no hayan pasado ya por allí los Juan del Val, las Sonsoles Ónega, con sus premios Planeta.
Después nos enseñan la prisión, los talleres ubicados en naves que me recuerdan un polígono industrial: la panadería, el taller de ensamblaje electrónico, el de paquetería. Es importante que trabajen. Para sentirse útiles y activos, para ganar un dinero que enviar a sus familias y para cotizar. Cotizar a la Seguridad Social. Son 500 internos en Ocaña I y otros 300 en Ocaña II. -"¡Mira!"-, me indica Zoraida, señalándome los nidos de golondrina de una cornisa y su revoloteo alimentando a sus crías. -"Cuando regresan las golondrinas de África, tras pasar el invierno, es una verdadera fiesta. Nos encantan los pájaros, por eso les fabricamos nidos de madera"-.
Como ya es la hora del Encuentro Literario, nos dirigimos al salón de actos atravesando el patio. ¡Puffff! Ese patio estremece. Es el que hemos visto en tantas películas, pero ahora de verdad. Con centenares de reclusos, muchos con el torso desnudo porque hace calor, luciendo sus espectaculares tatuajes, sesteando al sol crepuscular como lagartos en el empedrado, jugando a las cartas o al dominó.
En este patio se celebró, en el año 1985, el histórico concierto de Los Chichos. "Su mejor concierto" escribió algún crítico, más que por las rumbas que cantaban a coro con todos los presos que lo abarrotaban, por una emoción honda que salía de sus entrañas. De las gargantas de El Jero, Julio y Emilio, invitados a cantar por el preso más famoso de la época: Juan José Moreno Cuenca, El Vaquilla. Su amigo íntimo, encarcelado y sentado esa tarde en primera fila. Concierto que se organizó aprovechando el rodaje de la película 'Yo, El Vaquilla'.
Cuando observo con disimulo sus caras que me atraen como imanes, a un lado y a otro, intentando no ser indiscreto, en todos sus rostros veo al Vaquilla. Idénticos y a la vez distintos, pero todos Vaquillas. Mientras resuena en mi mente la voz del Jero, el del medio de Los Chichos, su delgadez extrema, su melena y su bigotito: "Mirando entre las rejas y pensando en el pasado, quiero ser como un ave y salir de aquí volando". Y aunque la directora va dándome explicaciones muy amablemente sobre las normas de ese patio enladrillado, yo no la escucho, pues me he quedado atrapado en el concierto de Los Chichos de hace cuarenta años. Golondrinas de África y pájaros alicortados.
Por los altavoces se anuncia que ya ha llegado el escritor y, al oírlo, muchos se acercan a darnos la mano. También a Paco del Valle, mi editor, que me acompaña, siempre sonriendo, sin perder ojo desde sus modernas gafas de acetato. Porque caminar por ese enorme patio, a veces, se hace demasiado penoso y largo.
Los miembros del Club de Lectura son quince. Aunque uno no asiste porque me temo que está castigado. ¿Qué habrá hecho? Mejor no preguntarlo. Otros acuden como público. Me siento en la mesa del escenario con Jacinto, que hace una breve presentación muy elaborada y excesivamente elogiosa, y todos ellos formando un arco, con sus libros en las manos, a nuestro alrededor.
Están muy atentos. El educador había dicho que no aguantarían una hora de charla, pero han sido más de dos. Dos y cuarto exactamente. Necesitaban que alguien de afuera, de la calle, un tipo que escribe libros, les dijera que en la vida uno tiene derecho a equivocarse, a caer y levantarse mil veces. Sin perder nunca la esperanza, que es el motor que mueve nuestros corazones. El derecho de todo ser humano a equivocarse y, aceptando tu error, el derecho supremo a corregir y reorientar tu camino. Aunque la situación y las circunstancias que te esperan extramuros no sean las más idóneas.
Les digo que tienen mucha suerte, en relación al resto de compañeros, por amar la lectura. Porque los libros, y mucho más en sus circunstancias, son las mejores alas para escapar, igual que en esa canción. Para volar a otros mundos, para viajar y soñar, para vivir otras vidas, lejos de esos gruesos murallones, cerrados a cal y canto. Transportarte a otras épocas y quedarte allí. Regresando solo un instante para el recuento. Porque nunca tuvo tanto sentido la frase de Tierno Galván "Más libros, más libres".
Les recuerdo el poema de Bertold Brecht que ensalza a los humildes que jamás aparecen en las placas ni en las estatuas, solo reyes y generales a caballo blandiendo una espada. Generales que siempre mueren en sus camas y no en el campo de batalla. Pero nunca las cocineras, los albañiles y los esclavos. Ni los presos, añado, que construyeron sus mausoleos y palacios.
Después hablamos del paralelismo de los personajes de ese libro con ellos mismos. Los primeros viven en libertad en las sierras, pero encerrados en la prisión de la tiranía y la pobreza. Del abuso y el despotismo del cacique canalla. Es decir, que todos tenemos nuestra propia cárcel llena de miserias. Y que, igual que hacen Abel y Lucía en la novela, hay que luchar para liberarse de ellas. Sabiendo, también, que en esta sociedad de la desigualdad y la injusticia, alguien tenía que pagar las culpas, el pato, por nuestros desmanes, y les ha tocado a ellos, los más débiles y vulnerables, los carne de cañón.
Cuando llega el turno de preguntas quieren conocer el proceso para escribir un libro, los pasos, la metodología. Incluso los costes. Y por la mirada perdida en el horizonte que veo en sus ojos, quizás es que sueñen ya con escribir la novela de sus vidas. Novelas negras. Juan, que aprieta el libro que se ha leído dos veces contra su pecho, dice que se ha emocionado, porque su padre y su abuelo eran descorchadores en Valencia de Alcántara, en la raya de Portugal, y que ha vuelto a revivir su infancia en un chozo de retama. No muy lejos de aquel otro chozo de Paco el Bajo, donde la Régula acuna, para que no llore, a la niña chica. A la niña chica y a la fiera del espanto y la desolación de todos 'los santos inocentes' del planeta. Andrés, que fue cazador furtivo de ciervos por esos mismos Montes de Toledo, dice que ese libro cuenta su propia vida. La vida del furtivo que mata ciervos para comer. Él y sus hijos. Todos hacen sus preguntas. Un chino llamado Xy, nos explica que su nombre significa Arco Iris, y que algunas palabras no las entendía y tenía que acudir al diccionario. ¡Muy bien hecho, Xy, tu arco iris te ilumina! Mientras el rumano Alexandro, levanta la mano para decir que el libro le recordaba las montañas de su país, los Cárpatos. Tan alejados, ahora, de Alexandro. -"¡Me gustaría hacer esa Ruta Literaria cuando…"- y se queda callado un momento, como si hubiera metido la pata -"¡salga!"-.
Todos preguntan. Todos hablan. Se sienten importantes debajo de esos focos de luz artificial, fugaz. Protagonistas para bien, por una vez en su vida. Como esos carboneros, cabreros, corcheros y leñadores de 'Quercus', que siempre estuvieron mudos, amordazados, y ahora son la voz de un libro que grita lo que nunca gritaron. Los presos, igualmente, empoderados en ese escenario una tarde ardiente de falsa primavera, contando lo que no está escrito. Lo que jamás aparece en los papeles. Menos los años que les quedan -"muchos", "bastantes", dicen-, porque poner un número es un tema tabú. Que da mal fario. Un número que duele y hace daño. Mucho daño. Mejor no pensarlo. De eso no se habla, ni de la causa ni del tiempo de condena.
Aunque, según me cuenta un antiguo recluso, la mayoría están aquí por temas de drogas. "¡La droga hace estragos!, sentencia". Si estuvieran legalizadas, la cárcel estaría vacía. Por lo que yo, que tengo una imaginación fantasiosa, me he imaginado a todos estos hombres, dedicados al menudeo de la droga por las esquinas de la noche oscura. Los nadies, los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, jodidos, rejodidos, de Eduardo Galeano. Mientras un señor se fuma un puro poniendo sus zapatos Martinelli encima de la mesa caoba del despacho. O del yate, dándose cremita en la espalda, en medio del océano.
Cuando nos levantamos como saliendo de un oasis de éxtasis, con tarta de su panadería incluida y un precioso cuadro artesanal de la portada de 'Quercus' hecho por ellos mismos en la carpintería, Alfonso me pregunta si puede darme un abrazo. Fuerte. Apretado. Entonces... todos nos abrazamos. Ramón, que tiene un problema en las cuerdas vocales que le impide hablar y pasa sus preguntas en papel, suelta unas lágrimas. Por lo que su emoción me hace pensar: ¡Qué paradoja, hay más humanidad aquí dentro, entre rejas, que ahí afuera! Y mientras me abraza Emilio, casi un anciano, pero con una fuerza hercúlea, me susurra al oído: -"¡Hacía tanto tiempo que nadie me daba un abrazo!".
Rafael Cabanillas Saldaña. Escritor. Autor de 'Quercus', 'Enjambre', 'Valhondo' y 'Maquila'.