OPINIÓN. No nos van a callar II

Publicado por: Gloria Magro
23/07/2026 11:30 AM
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Imagen: M.I.
Imagen: M.I.

Por Gloria Magro

 

Los picos de hierro con los que se cavaban a mano los agujeros donde se plantaron los pinos de la Sierra Norte se aguzaban en la fragua de mi abuelo; noche tras noche a golpe de martillo sobre la bigornia. De Jadraque salieron también muchos de los árboles que han ardido estos días, aquí estuvieron los viveros. A mediados del siglo pasado los vecinos de los pueblos de alrededor trabajaron repoblando los pinares, con mulas, hoyo a hoyo; unas labores que se prolongaron durante años e implicaron el fin de una época y un modo de vida, una vez los técnicos de la dictadura prohibieron las cabras, el sustento de la comarca, protegiendo así los brotes tiernos. La desaparición de los rebaños significó también el abandono de algunos pueblos, como Umbralejo, convertido en campamento de verano en los años 80 y no sabemos si engullido por las llamas el fin de semana pasado.

 

Hay un lugar común que se repite. Cuando un periodista escribe sobre el campo le acusan de desconocimiento absoluto del sector, de no tener idea alguna de la realidad de la agricultura. Te acusan de urbanita, palabra al parecer insultante donde las haya, cuando la realidad es que la mayor parte de los agricultores hoy tienen su residencia principal en la capital de la provincia. Si quien firma es una mujer, los recelos se multiplican y si ésta periodista no se alinea con el paradigma que se trata de imponer como homogéneo, la tormenta está servida.

 

Hasta donde la genealogía me alcanza mi familia ha estado ligada a esta tierra como agricultores. No se si es necesario aclararlo, presentar mis credenciales, pero esos son. Y sí, yo también pertenezco a una asociación agraria. Y no, no apruebo ni refrendo mucho de lo que escucho y leo estos días. La prudencia y el sentido común no provocan incendios. La prudencia y el sentido común siempre han guiado a los hombres y mujeres del campo desde que tengo uso de razón.

 

Conozco y comparto lo que significa sacar adelante una explotación agraria, las dificultades que entraña, algo que no está por encima de la solidaridad con los cientos de familias de agricultores y ganaderos de la sierra que a estas horas no saben lo que ha pasado con sus tierras, con sus posesiones ni con sus animales. La piedad también guía mis pensamientos hacia la familia del investigado y aún así la compasión no está reñida con la necesidad de justicia.

 

Cuando escribo estas líneas el fuego avanza rumbo a Soria con el viento impidiendo despegar a los medios áreos. El dispositivo de contención ya ha consumido cincuenta millones de euros entre maquinaria y efectivos, salvando de las llamas pueblo tras pueblo hasta ahora. Un trabajo ingente, cinco días de lucha a muerte a causa de un incendio que se hubiera podido evitar.

 

Es hora de que acabe el corporativismo mal entendido, basta de relatos ficticios y sucesivos que son un insulto a la inteligencia por poco que se sepa de lo que estamos hablando. Y de los que se trata de sacar rédito político.

 

En 2005 en La Riba de Saelices un excursionista fue encausado por hacer una barbacoa en el mes de julio en un lugar habilitado para ello cuando no había prohibición alguna que lo impidiese. Once muertos y miles de hectáreas calcinadas en los pinares del Ducado de Medinaceli sellaron su condena social y judicial. En la Sierra Norte de Guadalajara los daños materiales superan a día de hoy aquella tragedia. Aquí la pérdida es colectiva, perdemos el patrimonio forestal de la provincia, el pulmón de esta parte de Guadalajara. Desenfocar la responsabilidad directa no ayuda, confunde innecesariamente.

 

Ahora, al igual que entonces, los lugares comunes se multiplican, proliferan las falsedades y las mentiras. Relatos que los datos desmienten en un momento en que el acceso a la información, por muy técnica y exhaustiva que se sea, está disponible a un click en la palma de nuestra mano.

 

No es cierto que los pinares estén abandonados, no es cierto que los rebaños que los desbrozan de forma natural estén prohibidos, ni las vacas. Donde el terreno acompaña y hay ganaderos siguen pastando, como siempre. Sí es cierto que la suerte de un rebaño de más de mil cabras en Villares de Jadraque y su cabrero nos preocupa a los que hemos conocido esta historia estos días. También lo es que cientos de seteros transitaban hasta el pasado otoño por esos mismos pinares hoy ya desaparecidos sin que reportaran el descuido, la dejadez y la vegetación impenetrable que voces interesadas denuncian estos días por malicia o simple desconocimiento.

 

Tal vez no se publicite el mantenimiento exhaustivo que ha llevado aparejada durante décadas la Sierra Norte, un trabajo continuo y silencioso; como tampoco lo que cuesta en inversiones publicas que la vida continúe en esos pueblos, en todos los pueblos. Lo que se va a necesitar a partir de ahora para restaurar la normalidad va a ser inimaginable.

 

Podría seguir con estas consideraciones párrafo tras párrafo, el tema difícilmente se agotaría. Reflexionemos, vayamos a las fuentes, exijamos justicia, no culpabilicemos a todo el sector agrícola de lo ocurrido el pasado jueves. Criminalizar el todo por la parte es injusto y falso. Y capitalizar las reivindicaciones del campo por motivos espurios en un momento tan delicado, con tantos frentes abiertos y con falsas quimeras en el horizonte, un error peligroso. Mientras, la Sierra continúa ardiendo.

 

Gloria Magro. Periodista.

 

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