Por Alejandro Moreno Yagüe
Dicen que el primer hogar de la humanidad fue el fuego. Antes de las casas, antes de los reyes, antes de las fronteras y de los dineros, las personas se reunían alrededor de las llamas para calentarse las manos y espantar la oscuridad. Allí compartían alimento, silencio e historias. Quizá el mundo nació así: ni de las guerras ni de los imperios, sino de la necesidad de encontrarnos, de escucharnos y de reconocernos mutuamente.
Aquel fuego antiguo sigue existiendo, aunque hoy tenga otras formas. A veces es una mesa compartida entre personas que vienen de lugares distintos. A veces es una conversación que rompe la barrera de los idiomas. A veces es una manta, un café caliente, una puerta abierta o una mano tendida a quien atraviesa un momento difícil. Y a veces el fuego somos las propias personas, porque hay vidas que iluminan a otras sin necesidad de ninguna llama.
Sin embargo, vivimos tiempos en los que con frecuencia se nos invita a desconfiar. Nos hablan de quienes son 'de aquí' y de quienes son 'de fuera', como si existieran fronteras capaces de separar la dignidad humana. Pero el fuego nunca ha entendido de pasaportes. Calienta igual todas las manos. Las manos cansadas de trabajar, las que cuidan, las que construyen, las que cruzan mares buscando una oportunidad o las que esperan noticias de quienes quedaron atrás.
Detrás de palabras como 'migrante', 'refugiada' o 'extranjero' hay personas concretas, con nombres, recuerdos y afectos. Personas que han dejado atrás hogares, amistades, paisajes y costumbres. Nadie abandona su casa porque sí. Nadie deja atrás los lugares donde aprendió a vivir sin una razón poderosa. Hay que sentir mucho miedo o mucha necesidad para emprender ese camino. Pero también hace falta una enorme esperanza. Y esa esperanza, tan valiente como silenciosa, rara vez ocupa los titulares.
Por eso resulta tan importante seguir reuniéndonos alrededor de los fuegos pequeños. Los fuegos de quien enseña un idioma a quien acaba de llegar. Los de quien acompaña a una cita médica. Los de quien comparte su tiempo, su conocimiento o su mesa. Los de quienes salen a la calle para defender la dignidad humana cuando otros pretenden convertir el sufrimiento en indiferencia. Son esos gestos sencillos los que sostienen el mundo mucho más de lo que solemos creer.
A menudo pensamos que los cambios dependen de las personas poderosas. Pero la historia demuestra que solo la transforman quienes escuchan, quienes acompañan y quienes se niegan a dejar a nadie solo o sola. Cambiar el mundo puede ser algo tan humilde como acercar una silla más al círculo, hacer espacio para otra historia y permitir que alguien vuelva a sentirse parte de la comunidad.
Quizá la tarea más importante de nuestro tiempo sea precisamente esa: impedir que el fuego de otras y de otros se apague. Mantener viva la capacidad de encontrarnos frente al miedo, al odio o a la indiferencia. Seguir compartiendo pan, memoria y palabras. Porque, al fin y al cabo, tal vez la humanidad comenzó así, con unas personas reunidas alrededor de un fuego en mitad de la noche, y quizá solo pueda continuar si seguimos siendo capaces de sentarnos juntas para escucharnos y reconocernos unas a otras.
*Este fin de semana es el Maratón de los Cuentos, y esta es una libre adaptación del cuento que narraremos desde Abriendo Fronteras Guadalajara.
Alejandro Moreno Yagüe. Educador Social.