Las Fiestas del Carmen, símbolo de identidad de Molina de Aragón

Publicado por: Marta Perruca
12/07/2026 08:00 AM
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Imágenes: El Decano
Imágenes: El Decano

La Fiesta del Carmen, declarada de Interés Turístico Regional, es una tradición única en España, con desfiles militares, procesiones centenarias y una cofradía que conserva casi tres siglos de historia

 

La Fiesta del Carmen en Molina de Aragón no sólo es una festividad singular por la vistosa indumentaria marfil y grana de sus cofrades-soldados o su escalafón militar ni por sus procesiones, guiadas por el latido de la banda de tambores y cornetas a ritmo marcial. Ni siquiera lo es por su dilatada historia y las tradiciones que ha ido atesorando con el paso del tiempo. La Fiesta del Carmen, más que toda su parafernalia, es un sentimiento que los molineses comparten y viven con orgullo, como si formara parte de su ADN.

 

Del 7 al 16 de julio, la capital del Señorío celebra una de sus señas de identidad más profundas. Declarada Fiesta de Interés Turístico Regional desde 1994 -y anteriormente de Interés Turístico Provincial desde 1975-, la celebración reúne a miles de molineses que, por unos días, se reconocen en cada uno de los actos que marca la tradición, como un reloj que durante unos días se pone en hora para todos y todas: la bajada de la Virgen, las novenas, las procesiones, el canto de la Salve, el toque de oración…

 

No obstante, no es menos cierto que, aunque el orgullo molinés sea más grande que la propia fiesta, son sus singularidades las que terminan alimentando esa grandeza. La Muy Esclarecida y Antigua Cofradía Orden Militar de Nuestra Señora del Carmen es considerada una institución prácticamente única en el mundo. Aunque su finalidad es exclusivamente religiosa, toda su organización, estructura jerárquica, reglamentos y ceremonias responden a un modelo militar.

 

Fundada oficialmente el 15 de mayo de 1740, la cofradía nació con 63 miembros que decidieron rendir culto a la Virgen del Carmen bajo una disciplina inspirada en el ejército. Desde entonces ha mantenido esa singular identidad que hoy continúa reflejándose en sus compañías, su Plana Mayor, sus alabarderos, su banda de cornetas y tambores o su Guardia de Honor.

 

Actualmente reúne a más de 650 cofrades, todos ellos protagonistas de unos desfiles que constituyen uno de los grandes atractivos de las fiestas.

Dos estampas de la talla del siglo XVIII de Juan Amador. Imagen: Cofradía y Orden Militar del Carmen
Dos estampas de la talla del siglo XVIII de Juan Amador. Imagen: Cofradía y Orden Militar del Carmen

La Virgen que un escultor se negó a vender

Entre las historias más llamativas figura la de la primera imagen de la Virgen del Carmen. Fue encargada en 1728 al escultor Juan Ruiz Amador, natural de Fuentelsaz, considerado uno de los mejores imagineros de la época. La talla despertó tal admiración que un alto representante portugués llegó a ofrecer cuarenta doblones más del precio pactado para llevársela a su país. Sin embargo, el escultor rechazó aquella tentadora oferta. Prefirió renunciar a un importante beneficio económico antes que impedir que la mejor obra salida de su taller llegara a Molina de Aragón.

 


Aquella imagen entró solemnemente en la ciudad el 18 de julio de 1729, aunque su historia terminó de forma dramática dos siglos después. El 3 de septiembre de 1930, mientras buena parte de los vecinos asistían a los toros durante las ferias, un incendio destruyó el altar de la ermita y redujo la talla a cenizas.

 


La imagen actual fue realizada un año más tarde por el imaginero valenciano José Romeo Tena, y es la que hoy continúa presidiendo las celebraciones.

 

No fue la única ocasión en la que la imagen estuvo en peligro. Durante la Guerra de la Independencia, en 1809, los cofrades decidieron esconder la Virgen en Piqueras y trasladar los ángeles que la acompañaban hasta Campillo, ante la inminente llegada del ejército francés. La decisión resultó providencial.

 


En 1810 las tropas napoleónicas incendiaron buena parte de Molina de Aragón y destruyeron más de 600 viviendas, incluida la ermita del Carmen. Gracias a aquel traslado preventivo, la imagen pudo salvarse.

 


Tras la guerra regresó primero al Oratorio de San Felipe y, cuando la ermita fue reconstruida en 1819, volvió definitivamente a su templo en una solemne procesión celebrada precisamente un 16 de julio.



Sobre los uniformes

Uno de los aspectos que más llama la atención a quienes contemplan por primera vez las fiestas del Carmen es la extraordinaria uniformidad de la Cofradía. No se trata de un simple atuendo ceremonial, sino de una vestimenta que bebe directamente de la tradición militar española de los siglos XIX y principios del XX y que conserva numerosos elementos heredados de las antiguas ordenanzas de la hermandad.

 


Cuando la Compañía Militar desfila por las calles de Molina de Aragón, el visitante tiene la sensación de asistir a una recreación histórica. El blanco y el rojo dominan una indumentaria que apenas ha cambiado con el paso del tiempo y que constituye una de las imágenes más reconocibles de la celebración.

 

La base del uniforme actual la forman una levita de paño color crudo, con cuello y bocamangas encarnadas, el escudo carmelitano bordado sobre el pecho izquierdo, pantalón rojo, camisa blanca y corbata negra. Pero a partir de esa indumentaria común aparecen las distintas unidades de la Cofradía, cada una con rasgos propios que permiten identificarlas de inmediato.

 

Los primeros en abrir los desfiles suelen ser los alabarderos o gastadores, fácilmente reconocibles por su imponente morrión de piel negra de cabra, mucho más alto y ancho que el del resto de componentes. Portan la tradicional alabarda de acero con asta de madera, un arma ceremonial que ya aparecía en los siglos XVIII y XIX y que refuerza el carácter militar de la hermandad. Su levita blanca, cerrada con siete botones y rematada por cuello y puños rojos, les confiere una imagen solemne y majestuosa.

 

Tras ellos avanza la Guardia de Honor de la Virgen, encargada de portar la imagen durante las procesiones. Su uniforme mantiene la combinación cromática tradicional, aunque se distingue por una levita cerrada con peto abotonado y bocamangas encarnadas. Son ellos quienes acompañan más de cerca a la patrona durante los recorridos procesionales, convirtiéndose en uno de los cuerpos más admirados por los asistentes.

 

Muy distinta resulta la imagen de la Banda de Cornetas y Tambores, que rompe con el predominio del blanco gracias a sus guerreras de intenso color rojo grancé, cuello blanco marfil y pantalón blanco con franjas encarnadas. El tradicional "ros" como prenda de cabeza completa una estética que recuerda a las antiguas bandas militares y aporta una nota de espectacularidad sonora y visual a los desfiles.

 

Al frente de toda la formación se sitúa el coronel jefe, máxima autoridad de la Cofradía, cuyo uniforme destaca inmediatamente sobre el resto. En lugar del habitual morrión luce un elegante bicornio negro adornado con plumas blancas y rojas, acompañado de sable y bastón de mando, símbolos de su autoridad dentro de la organización.

 

Cada prenda posee además un significado. La medalla corporativa, obligatoria en todos los actos oficiales, simboliza la pertenencia a la Cofradía, mientras que el escapulario carmelitano, una de las piezas más veneradas por los cofrades, representa la protección de la Virgen del Carmen y mantiene viva una tradición espiritual que hunde sus raíces en la Edad Media.

 

No siempre fue así. Las antiguas ordenanzas describen una evolución constante de la uniformidad. En 1740 los soldados debían vestir casacas blancas con vueltas encarnadas y llevar el escudo de la Virgen cosido en la manga. Décadas más tarde, en 1783, ese escudo pasó al pecho, acercándose ya a la configuración actual. Durante el siglo XIX convivieron incluso oficiales con levitas bordadas en oro, granaderos con cascos de hojalata, caballería inspirada en los húsares y una banda de música con llamativas casacas rojas.

 

Toda esa evolución histórica permanece hoy condensada en unos uniformes que no solo aportan espectacularidad a las procesiones, sino que constituyen uno de los patrimonios más valiosos de la Cofradía. Cada botón, cada galón, cada morrión o cada alabarda recuerdan que la Fiesta del Carmen de Molina de Aragón no es únicamente una celebración religiosa, sino también una tradición histórica que ha sabido conservar, casi intacta, su singular identidad durante casi trescientos años.

 

Curiosidades sobre su bandera y estandarte

La bandera más antigua documentada fue adquirida en 1761 a un comerciante valenciano que hacía parada en una posada de Molina. Costó 336 reales, una importante inversión para la época.

 

También el estandarte histórico tiene una curiosa historia. Su origen se remonta a finales del siglo XVIII, cuando un nuevo cofrade, Cristóbal Herver, ofreció pintar gratuitamente los lienzos de la Virgen y del escudo de la hermandad como contribución para poder ingresar en la cofradía.

 

Las piezas originales se conservan hoy como auténticas reliquias históricas, mientras que en las procesiones se utilizan reproducciones realizadas por las religiosas del convento de Santa Clara.



Las procesiones, el canto de la Salve y el toque de oración

Aunque las fiestas comienzan el 7 de julio, cuando la Virgen abandona su ermita para permanecer nueve días en la iglesia de Santa María la Mayor de San Gil, el corazón de la celebración se centra en los días 15 y 16.

 

La madrugada del día 15 comienza con la tradicional Diana Floreada y el Rosario de la Aurora. Por la tarde, la Cofradía desfila uniformada hasta el Ayuntamiento para trasladar el estandarte, que queda expuesto bajo guardia de honor en la Plaza Mayor.

 

Por la noche, tiene lugar uno de los eventos más multitudinarios: el canto de la Salve, compuesta por el músico catalán Enrique Camó Alsina a finales del siglo XIX -cuya hija, Julia Camó, ingresaba en el Convento de las Ursulinas de Molina en 1884- y el Himno del Carmen. Hasta la media noche la bandera del Carmen y el Estandarte son custodiados por la Guardia de Honor en el Ayuntamiento, momento en el que son trasladados en procesión por los soldados de la Orden hasta la Iglesia de San Gil, que se abren paso entre los fieles al ritmo de los tambores. Cerca de un centenar de molineses y molinesas entonan estos dos himnos ante una multitud de fieles que abarrotan el templo más importante de la ciudad.

 

Posteriormente, la comitiva se traslada a la Plaza de España donde tiene lugar el toque de oración interpretado por la Banda de Tambores y Cornetas, en honor a los hermanos difuntos de la Cofradía. Un acto solemne y emotivo en el que se deposita una corona de flores como ofrenda a los cofrades que ya no están. Tras el toque de oración, la banda toca el himno de España, mientras se devuelven la bandera y el estandarte al Ayuntamiento.

 

El 16 de julio, festividad de la Virgen del Carmen, se celebra la misa solemne y la gran procesión por las calles de Molina de Aragónm declarada Fiesta de Interés Turístico Regional. Por la tarde llega otro de los instantes más emblemáticos: el regreso de la imagen a su ermita tras nueve días presidiendo la ciudad.

 

Después, los cofrades escoltan la bandera hasta la casa del coronel jefe, poniendo fin a los actos principales de unas fiestas donde tradición, historia y sentimiento popular caminan al mismo paso.

 

No obstante, la fiesta termina con la Misa de Rueda que se celebra la mañana siguiente en honor a los hermanos difuntos de la Orden.


 

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