Por Antonio Marco
La cultura occidental, de la que tan orgullosos nos sentimos los europeos, la hemos ido construyendo con elementos que consideramos propios y genuinos y también incorporando otros elementos foráneos muy diversos, pero sobre todo rechazando aquello que nos parecía más difícil de integrar o menos interesante. Ya desde la Antigüedad esto permitió a los historiadores como Heródoto, el llamado 'padre de la Historia', interpretar las Guerras Médicas entre los griegos y los persas, los llamados medos, como el enfrentamiento entre el Occidente amante de la libertad y del respeto a los ciudadanos con el Oriente autoritario, belicista y bárbaro de los habitantes de lo que hoy es Irán. Nótese cómo esa visión maniqueísta de buenos y malos, de bárbaros y civilizados sigue estando bien vigente en nuestros días.
Pero la verdad es que las cosas no fueron tan simples; fueron permanentes los influjos y contactos mutuos entre nuestros griegos y los egipcios y orientales del próximo, medio y hasta del lejano oriente. La Historia comienza en Sumer hacia el año 4.000 a.C., los textos escritos hacia el 3.500, como nos informó el famoso asiriólogo historiador Nohah Kramer en 1956, es decir, varios milenios antes de que comience a apuntar el milagro griego; similar es la aparición de la milenaria cultura egipcia. 2000 años antes de Pitágoras los sumerios ya operan con los principios geométricos de lo que luego se conoce como 'teorema de Pitágoras' y 1.800 años a.C. (1.200 años antes de Pitágoras) los babilonios plasman en una tablilla de arcilla la fórmula que establecía que la suma del cuadrado de los catetos es igual al cuadrado de la hipotenusa de un triángulo rectángulo.
De igual manera, el hoy indispensable número 0 (cero) que en occidente no incorporamos e integramos en nuestra cultura matemática hasta muy tarde, los babilonios lo entendieron y lo marcaron como cero posicional hacia el año 300 a.C. y los indios de la India lo definieron en el año 628 d.C. como nuestro cero moderno, luego lo adoptaron los matemáticos árabes y nos lo trajeron a Europa en el siglo X a través de la Península Ibérica. Todo ello nos debería obligar a ser un poco más humildes y menos engreídos.
En Occidente nos ha interesado siempre mucho más el número 3 (tres), presente en todos los ámbitos de nuestra cultura: pensamiento, religión, ritos, sociedad, arte, política. El tres es el número mágico suma del 1 y del 2 que representa el principio, el medio y el fin; y si se trata del tiempo el pasado, el presente y el futuro; es la síntesis y superación de la tesis y la antítesis de la dialéctica y de los silogismos lógicos y filosóficos; es la esencia de infinitas agrupaciones indoeuropeas de dioses como la tríada capitolina formada por Júpiter, Juno y Minerva; tres son los dioses griegos más poderosos: del cielo Zeus, del mar Poseidón y del inframundo Hades; en el cristianismo posterior es la Santísima Trinidad del Padre, Hijo y Espíritu Santo el dogma y misterio esencial, que entre otras cosas contribuyó de manera decisiva a la separación o cisma entre las iglesias cristianas de oriente (ortodoxos) y occidente (católicos), (resultaba difícil de entender y aceptar que el hijo ha de ser igual al padre incluso en el tiempo y que igualmente ha de ser divino); tres son las Parcas o Moiras; tres son las Gracias; tres son las diosas que compiten por el título de máxima belleza en el más famoso certamen de la Antigüedad; con frecuencia tres son los padrenuestros y la penitencia con la que el católico creyente limpia sus pecados; tres es el número mágico que hace que las persignaciones, santiguaciones y bendiciones sean eficaces. Tres son las veces que hemos de repetir tantas fórmulas y acciones para que sean eficaces, dos serían insuficientes, cuatro innecesarias.
Tres son también los estamentos sociales que en proporción desigual se han repartido durante milenios el poder: el rey y sus soldados, los sacerdotes y el pueblo generalmente sufriente, sufrido y postergado. Son muchos los estudiosos que han intentado explicarnos esta omnipresencia del número tres en nuestra cultura. Uno de los más notables fue el historiador francés Georges Dumezil que intentó hacernos comprender que las primitivas culturas indoeuropeas, nuestros ancestros inmediatos, estructuraban la sociedad en tres estamentos: rey-sacerdote, fuerza militar y productores agricultores. Ellos, los indoeuropeos, son los responsables de la generalización de ese número tres. Su presencia en la religión, que tanta importancia tiene para la moldeación de las personas, es agobiante como hemos visto; frente a las triadas de dioses antes citadas, sépase, por ejemplo, que el sacrificio más espectacular de los romanos a sus dioses era el conocido como 'suovetaurilia', sacrificio de un cerdo (sus), una oveja (ovis) y un toro (taurus), los tres animales esenciales de las culturas indoeuropeas que se extendían desde el occidente europeo hasta la India. En la literatura y en la cultura popular todo se estructura en tres actos: planteamiento, nudo y desenlace. Tres son los reyes Magos, tres los deseos que debemos formular, a la tercera va la vencida. Tres son los términos de las fórmulas lingüísticas más eficaces: "Veni, vidi, vici", "Liberté, egalité, fraternité".
La presencia del número tres continúa estando presente en nuestra trasfondo cultural. Cuando después de cientos de años el antiguo sistema político de las monarquías absolutas, el Antiguo Régimen, se supera en Europa sustituido por nuevos sistemas republicanos, van apareciendo sistemas democráticos en los que el poder es del pueblo, de los ciudadanos. El ensayo griego de democracia en Atenas, además de incompleto, apenas si duró con dificultades ciento cincuenta años.
Se percataron los pensadores poco antes de la época de las revoluciones, la Francesa la primera y más influyente, que la sociedad es un ente muy complejo en la que siempre hay un grupo o varios de hombres egoístas dispuestos a hacerse con todo el poder, aunque teóricamente el poder sea del pueblo. Poco antes de la Revolución Francesa se percataron los pensadores, como Montesquieu, de que era muy difícil que una sociedad tan compleja como las modernas se mantuviera pacífica y cohesionada si unos pocos eran los que formulaban las normas o leyes, los mismos las imponían o hacían cumplir y los mismos castigaban a quienes no las respetasen. Así que formuló con notable acierto y éxito la teoría de la división del poder que sostiene a las sociedades en tres: uno el legislativo que hace las leyes acordadas por la mayoría, dos el ejecutivo que hace y obliga a que se cumplan y tres el judicial que juzga y castiga a los infractores, a los que las rompen, que es lo que significa la palabra infractor. Se tardó en conseguir, pero fue un gran logro, que todavía unos cuantos países en el mundo no tienen. La división de poderes ha sido desde entonces el faro que ha orientado e iluminado la difícil convivencia social, aunque mil veces negada y amenazada por el egoísmo y la violencia de los menos frente a los más y si bien ha habido momentos en nuestra historia última muy duros y difíciles, también ha habido avances y logros de especial bonanza y justicia general.
Todo esto no es sino un apresurado resumen de lo que ha sido nuestra historia occidental de los tres últimos milenios.
Pues bien, estamos viviendo en Occidente, también de manera más cercana en España, en los últimos tiempos una situación de intranquilidad, de inseguridad, de confusión notables. Cuando parecía que guerras tan horrendas como las dos mundiales del siglo pasado serían ya imposibles, cuando parecía que ideas tan agresivas y antihumanas como las de los nazismos, fascismos y autoritarismos que las generaron serían residuales y absolutamente irrelevantes, resulta que resurgen con fuerza y se extienden en la sociedad, acogidas por ciudadanos descontentos por razones varias generalmente malinformados y manipulados, desorientados también por gobernantes y responsables políticos corruptos e ineficaces.
En estos momentos, como siempre, debe ser nuestro faro y nuestra luz la división de poderes, por imperfecta que haya sido desde el mismo momento en que se formuló. No solo sirve para repartir el poder, también sirve para conseguir el mínimo equilibrio y cohesión necesaria para que los humanos convivamos en sociedades pacíficas capaces de progresar.
Hoy sigue siendo necesario que los representantes de un pueblo bien informado recojan su opinión y la conviertan con total libertad en normas de convivencia; hoy sigue siendo necesario que los que gobiernan por la elección popular siguiendo las leyes lo hagan justamente buscando solo el bien común, negando todo privilegio propio o de grupos más poderosos, buscando siempre la convivencia pacífica, respetando a los adversarios, rechazando absolutamente y luchando contra toda corrupción que destruye la confianza de los ciudadanos. Hoy como siempre son necesarios jueces justos, independientes en sus decisiones, sin la más mínima atracción por invadir sectores de poder que no les corresponden. Los jueces no hacen las leyes, aunque su interpretación ayude a completar el sistema legal; los jueces no gobiernan, aunque algunos no sean capaces de superar la tentación de intervenir en los gobiernos y gobernantes, deben ser imparciales y por supuesto tampoco pueden ser corruptos abusando del poder que solo detentan por la cesión del pueblo, único soberano. El poder legislativo, el poder ejecutivo y el poder judicial no son tres poderes en competencia, son el único poder, el del pueblo, organizado políticamente. La importancia acostumbrada del número tres en nuestra cultura nos ayuda a entender esta trinidad laica.
En la mente de todos los lectores está la fotografía lamentable de la realidad nacional; los tres estamentos tienen mucho que mejorar y mucho que corregir, incluyo naturalmente en el segundo a aquellos que aún no gobernando aspiran a hacerlo cuando los ciudadanos lo decidan y que también deben respetar todas las normas de la decencia política. Es inaceptable la cobardía y egoísmo de los que legislan, es inaceptable la ineficacia, el partidismo y la corrupción de los que gobiernan por pequeña que sea; es absolutamente inaceptable la injusticia y corrupción de los que juzgan, porque siendo ellos en quienes depositamos la última y mayor confianza, deben aparecer y parecer como los más justos; desgraciadamente en estos momentos hay unos pocos jueces que han dinamitado la confianza en la justicia de la mayoría de ciudadanos según recogen encuestas solventes; es incomprensible y descorazonadora la pasividad de su propio órgano de gobierno, el Consejo General del Poder Judicial; eso traerá muy graves consecuencias.
Estudiando la historia de nuestro país algunas cosas parecen males crónicos y difíciles de erradicar; muchos de los males actuales tienen sus raíces próximas en la época de la dictadura franquista, que no está tan lejana, pero hemos de ser optimistas; si de manera ejemplar, aunque muy tardía, fuimos capaces de superar aquella dura dictadura, el cruel franquismo, ¿no vamos a ser capaces en plena democracia de borrar de la vida cívica y social a tanto enemigo de la convivencia, de la democracia, del bienestar repartido y generalizado a todos los ciudadanos?
Que ese número tres tan indoeuropeo, que tan impreso llevamos en nuestros huesos, nos dé la fuerza para reclamar con contundencia la división del poder político y social: representantes del pueblo elegidos democráticamente a legislar, gobernantes y autoridades ejecutivas a gobernar buscando el bien común, jueces a juzgar con sabiduría, independencia y honradez.
Antonio Marco. Catedrático de Latín jubilado y expresidente de las Cortes de Castilla-La Mancha.