Una ceremonia muy anacrónica: la coronación del rey de Inglaterra

Publicado por: Antonio Marco
12/05/2023 08:00 AM
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El mundo entero ha asistido, telemáticamente, a un espectáculo tan grandioso como anacrónico: la coronación como rey de Inglaterra de Carlos III en una ceremonia que reproduce mitos y ritos milenarios, difícilmente comprensibles e interpretables para los hombres de hoy.

 

Mediante estos mitos y ritos un hombre de carne y hueso, de edad avanzada ya en este caso, porque ha tenido que esperar pacientemente a que falleciera su longeva madre, la reina, es elevado a la categoría de ser majestuoso (se le llama majestad), cuasi divino porque ha sido ungido con oleo sagrado, sean los que sean los poderes de ese aceite, y superpoderoso, porque ha sido coronado y exhibe el cetro, símbolo de su autoridad, el orbe o globo que representa el mundo en su mano sobre el que hay una cruz, el anillo y la espada de la Justicia, sentado en un trono milenario. Todos estos objetos no son meros símbolos, porque parecen tener en sí una fuerza mágica que opera y transforma al poseedor, como corresponde al pensamiento mítico. La “Piedra del destino” escondida en el interior del trono es otro elemento mítico, mágico, infantil, incomprensible, de procedencia escocesa o celta.

 

El origen de todo el ritual se pierde en la noche de los tiempos, desde que los hombres se agruparon en sociedades numerosas, complejas y difíciles de organizar. Pareció necesario que una persona igual que las demás fuera transformada en un ser superior, detentador del poder y de la capacidad de legislar y administrar justicia al resto de los ciudadanos siempre inquietos. Para ello se encuentran dos soluciones muy parecidas: o se le convierte directamente en un dios en la tierra o se le considera como una persona elegida por la divinidad como su representante o vicario en la tierra, a quien los dioses, únicos seres poderosos, le conceden todo el poder y autoridad. Así aparecen las primeras monarquías históricas en Oriente, en Mesopotamia y en Egipto, de las que muchos de sus elementos teóricos y rituales se repitieron y visualizaron en todo el mundo el pasado día 6 de mayo.

 

Por todo ello la ceremonia de la coronación se ha de celebrar en un templo majestuoso, con la intervención de los sumos sacerdotes del momento y con acciones rituales que nos hacen visualizar que realmente quien está interviniendo en la ceremonia es la divinidad misma eligiendo a su representante en la sociedad civil inglesa, que es quien ha de garantizar la riqueza y bienestar del reino. ¿Qué otra cosa es la imposición de la corona sino la acción por la que un humano es segregado del conjunto vulgar de los ciudadanos para elevarlo a una altísima, cuasi divina, dimensión? ¿Qué significa la unción con óleo, aceite, consagrado, sino el intento de superación de la pobre materialidad mortal del cuerpo con un baño de protección divina? Recordemos que el monarca inglés es además el jefe de la Iglesia Cristiana Anglicana y como tal ha de ser marcado y protegido.

 

Aunque sabemos que con el óleo, extraído con una cucharilla especial de una ampolla especial de oro macizo en forma de águila, se ungen la cabeza, el pecho y las manos, la unción es una ceremonia no visible para el público, lo que aumenta el misterio propio de lo que no se ve ni se conoce. Es sin duda el momento de más intensidad religiosa y en consecuencia más mítico e incomprensible. ¿Cómo es posible que un poco de aceite, aunque sea de aceitunas crecidas en el Monte de los Olivos de Jerusalén y consagrado en la Basílica del Santo Sepulcro tenga tales poderes? Para mayor información conviene saber que en ocasiones anteriores, como la coronación de su madre, el ungüento se fabricaba con almizcle de ciervo, de fuerte aroma, almizcle de civeta procedente de una glándula entre el ano y los genitales del animal con el que marca el territorio, y con ámbar gris procedente del estómago de un cachalote. Hoy probablemente resultaría muy caro y poco ecológico preparar tal ungüento.

 

Una vez ungido, el monarca es vestido con el colobium sindonis, una túnica interior de lino blanco sin mangas, como el alba sacerdotal, que representa la sencillez con la que el soberano se presenta ante Dios. Sobre esta humilde camisa o túnica se le coloca luego la supertúnica, manto de seda con brocado dorado de impactante belleza y resplandor, que, como un manto sacerdotal, simboliza su consagración y su majestad. No deja de ser curiosa y significativa esta contradicción en su vestimenta: sencilla y humilde ante Dios, de insultante riqueza y orgullo ante los hombres, que además de jurarle y obedecerle le han de besar sus manos en señal de vasallaje.

 

Los griegos, siempre los griegos, que descubrieron el conocimiento racional y el pensamiento científico, superador del conocimiento mítico, cuestionaron el poder monárquico e inventaron la democracia, que no duró mucho tiempo, porque el mito y la razón coexisten de hecho, por contradictorio que parezca, hasta el día de hoy. Hace poco, ya en época moderna después de largos y dolorosos movimientos sociales, reaparecieron sistemas democráticos y repúblicas en algunos pocos países del planeta, pero el mito no desapareció y siguen existiendo numerosas monarquías de muy variada forma, algunas absolutistas y dictatoriales a la antigua usanza y otras suavizadas con elementos más o menos democráticos que se llaman, ¡oh contradicción!, parlamentarias. La de Inglaterra, aunque parlamentaria, es probablemente la más tradicional, la más formalista, la más elitista y la más mítica sin duda.

 

En España tenemos una monarquía que llamamos también parlamentaria, porque en realidad se trata de un estado democrático en el que la Jefatura del Estado la ejerce un monarca sometido a la norma básica, la Constitución, y al resto de leyes de ella emanadas. Lo que en principio parecería imposible se ha conseguido, integrar un poder y formas monárquicas con un buen sistema democrático en el que el poder reside en el pueblo, que es el que toma las decisiones. Las contradicciones no son pocas; por ejemplo, el poder reside en el pueblo, pero la justicia se administra en nombre del rey, las leyes las aprueba el pueblo en el parlamento, pero las sanciona y publica el monarca, etc., el rey o la reina no son elegidos democráticamente, sino que heredan su condición real. Hemos sido capaces de armonizar todo esto bajo la fórmula aparentemente contradictoria de “el rey reina, pero no gobierna”. Pero en todo caso la monarquía parece cumplir con eficacia un importante papel de representación sin conflictos de todos los ciudadanos, que justifica para muchos, quizás la mayoría de ciudadanos, su existencia.

 

Incluso hemos sido capaces de diferenciar entre el monarca, persona especial con los atributos divinos comentados, de “la corona” como institución o entidad real a pesar de su abstracción a la que el propio monarca se debe. Es esta la teoría de “el doble cuerpo del rey”: como persona es mortal, como institución el rey o la corona es inmortal, tan pronto muere el rey le sucede automáticamente otro. Esto permite admitir que el monarca puede ser un desastre con sus limitaciones como ser humano e incluso con sus corrupciones y pecados, pero “la corona” permanece incólume, como demuestra su supervivencia a lo largo de los siglos en circunstancias a veces muy complicadas; los escándalos de la familia real inglesa en los últimos tiempos, incluido el tormentoso matrimonio de Carlos III con Lady Di, han sido numerosos; tampoco nuestro rey Emérito ha sido un buen ejemplo en muchos casos, frente a la discreción del actual monarca.

 

Volviendo a la coronación inglesa merece destacarse el fervor, la pasión mítica y mística con que millones de ciudadanos han seguido y vivido la ceremonia. Los medios de comunicación, en su mayor parte nada críticos, se han dedicado a amplificar el mito y presentar en un marco idealizado difícil de entender una ceremonia a la que con toda exactitud le corresponde el famoso calificativo de “opio del pueblo” en una Gran Bretaña y en todo el mundo con numerosos problemas para sus ciudadanos. Que la aparatosidad del evento buscase entre otras cosas falsificar la imagen de un imperio en otro tiempo prepotente y poderoso y hoy en evidente decadencia y pérdida de influencia, y buscase asimismo un beneficio económico con el que alimentar la actividad financiera de la City y su posicionamiento global, se califica por si solo como la fake de las fakes, utilizando la poderosa terminología sajona.

 

Siguiendo la tradición milenaria, los plebeyos británicos contados por decenas de miles, participaron de la alegría y el mito en innumerables picnics callejeros. En ninguna celebración puede faltar el banquete, la comida, la satisfacción colectiva de una necesidad vital. Estas celebraciones populares, en las que fueron maestros los romanos, son un buen instrumento para concitar la voluntad y reverencia popular, acallando el mínimo atisbo de crítica racional. Incluso en el caso de la reciente celebración en Londres, en un país icono de la democracia, hasta se ha detenido por parte de la policía a unos pocos ciudadanos que manifestaban pacíficamente su rechazo a la monarquía y deseaban simplemente una república. ¿Quién lo hubiera imaginado en estos tiempos?

 

Esos medios de comunicación a los que me refería más arriba, amplificadores del mito, cantan una y otra vez extasiados el hecho de que son ritos antiquísimos que han perdurado hasta nuestros días. ¿Se puede ser más papanatas? En su aspecto formal, los ritos del día 6 en Londres se vienen repitiendo desde el siglo XII o XIII, sin apenas evolución. Pensemos por un momento ¿en qué situación general nos encontraríamos como sociedad si el resto de elementos, salud, derechos, educación, cultura en general, no hubieran, afortunadamente, evolucionado  y se mantuvieran como en el medievo?

 

En fin, la ceremonia genera muchos motivos de reflexión. Desde luego no es el que menos desconcierto me genera el hecho de que mitos de tanta transcendencia, aparentemente superados por el pensamiento racional e incluso por la práctica de la vida sociopolítica, sigan vigentes con tanto éxito en nuestra sociedad.

 

Antonio Marco es catedrático de Latín jubilado y expresidente de las Cortes de Castilla-La Mancha

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