OPINIÓN. '¿Rechazamos al extranjero o al que no tiene nada que ofrecer?'

Publicado por: Sheila López Prados
23/04/2026 09:26 AM
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Por Sheila López Prados

 

Hay una escena que se repite más de lo que nos gustaría admitir.

 

Un turista extranjero, con dinero, acento distinto y costumbres diferentes, se sienta en una terraza. Nadie se incomoda. Al contrario: se le atiende bien, se le sonríe, incluso se celebra su presencia.

 

Ahora cambiemos la escena.

 

Una persona, también extranjera -o no-, con ropa desgastada, sin recursos, pidiendo ayuda. La mirada cambia. Aparece la incomodidad. A veces el rechazo. O, en el mejor de los casos, la indiferencia.

 

Entonces la pregunta deja de ser incómoda para volverse inevitable: ¿rechazamos al extranjero… o rechazamos la pobreza?

 

Durante años hemos repetido que vivimos en sociedades cada vez más abiertas, más tolerantes, más diversas. Y, en parte, es cierto. Hemos aprendido a convivir con la diferencia cultural. Pero esa convivencia tiene límites que rara vez señalamos.

 

El problema no aparece cuando la diferencia llega con recursos. Aparece cuando llega con necesidad.

 

Ahí es donde entra un concepto que resulta clave para entender muchas actitudes actuales: la aporofobia, el rechazo hacia las personas en situación de pobreza. No es tanto de dónde vienes, sino qué tienes. O, más concretamente, qué puedes ofrecer.

 

Diversos estudios lo han señalado: la percepción negativa disminuye cuando la persona extranjera tiene estabilidad económica. Es decir, no molesta la diferencia; molesta la vulnerabilidad.

 

En mi investigación doctoral sobre aporofobia y sensibilidad intercultural, los resultados apuntaban en esa misma dirección. Una mayor apertura cultural no siempre implica una mayor aceptación de la pobreza. De hecho, existen perfiles que se muestran tolerantes con la diversidad, pero mantienen actitudes de rechazo hacia quienes no encajan en un modelo de productividad o autosuficiencia.

 

Y esto no es casual. Vivimos en un contexto donde el valor de las personas se mide, muchas veces de forma implícita, en términos de utilidad. Cuánto produces. Cuánto aportas. Cuánto consumes… Bajo esta lógica, la dignidad deja de ser un punto de partida para convertirse en algo condicionado.

 

Por eso resulta socialmente aceptable cuestionar cómo gasta su dinero alguien con pocos recursos. Por eso se justifican discursos que reducen la pobreza a una cuestión de esfuerzo individual. Y por eso, también, determinadas ayudas generan más debate que consenso.

 

No estamos solo ante prejuicios individuales. Estamos ante un marco de pensamiento que establece, de forma silenciosa, qué vidas resultan más valiosas que otras.

 

La consecuencia es clara: la desigualdad no solo se mantiene, sino que se legitima. Ante esto, la educación tiene un papel fundamental. Pero no basta con hablar de diversidad cultural. No basta con enseñar a respetar lo diferente. Es necesario cuestionar los discursos que convierten la vulnerabilidad en motivo de rechazo.

 

Porque la verdadera prueba de una sociedad no está en cómo trata a quien llega con recursos. Está en cómo mira -y cómo responde- a quien no tiene nada que ofrecer. Y quizá la pregunta más incómoda no sea si somos tolerantes… Sino hasta qué punto nuestra idea de igualdad depende, en realidad, de la utilidad.

 

Quizá el reto no sea únicamente avanzar en sensibilidad intercultural, sino incorporar de manera explícita la reflexión sobre la aporofobia en los discursos educativos y sociales.

 

Porque una sociedad que acepta la diferencia, pero rechaza la vulnerabilidad, no es plenamente inclusiva. Y esa contradicción exige ser analizada.

 

Tal vez no se trate solo de educar en la diversidad, sino de revisar los criterios con los que otorgamos valor a las personas. Porque si la dignidad depende de lo que alguien tiene o puede ofrecer, entonces no estamos hablando de igualdad, sino de condiciones.

 

Quizá la cuestión no sea si somos una sociedad tolerante, sino a quién decidimos tolerar. Y, sobre todo, por qué.

 

Tal vez no rechazamos al extranjero. Tal vez rechazamos todo aquello que nos recuerda que cualquiera podría no tener nada que ofrecer. La próxima vez que miremos a alguien con incomodidad, tal vez la pregunta no deba ser quién es esa persona, sino qué dice de nosotros esa mirada.

 

Sheila López Prados. Doctora, orientadora y profesora universitaria. 

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