Por Santiago Araúz de Robles
Desde la plataforma de los noventa años
La naturaleza muestra realidades. Más bien las evidencia, aunque no se las tome en consideración en aspectos esenciales para el devenir de la sociedad humana. Actualizan el dictado de Camus los hombres mueren y no son felices. Como colectivo, como hacedores de su propia historia. Es decir, como especie única, y en un lugar único. Llamados a un destino común, con diferentes culturas pero con un común destino. Es, ha de ser, la clave de la humanidad precisamente el sentido, el destino, la 'conciencia de tenerlo y buscarlo', ya diremos. En cuya observación de Albert Camus, y de su discípula Simone Weill, se lee una pregunta: ¿y avanzan hacia la felicidad como objetivo “temporal”, al menos?.
A las distintas civilizaciones que hoy se saben hasta físicamente, es decir en un nivel materialista, convocadas a la coincidencia, me refiero. Es el caso, clamoroso y jaleado tanto a nivel científico como vulgar y casi populachero -rara coincidencia- del eclipse total de sol el día 12 del agosto actual. Gracias a los estudios astrofísicos, por una parte, y a la vulgarización de las comunicaciones que ya son moneda común, de dominio público, por otro, al anochecer del 12 de agosto de 2026 pudimos caer en la cuenta de que el planeta azul es realmente 'uno'. La sombra extendida como un cendal entre sol y tierra, en pleno día, envolvió por completo al 'planeta azul' y nos hizo sentirnos uno. Nos facilitó la evidencia de unidad: somos, compartiendo la posibilidad de un mismo destino cósmico -ya- y metafísico, llamados a ser universalmente felices (en lo temporal) o universalmente desgraciados.
Y posiblemente -aquí entra en juego esa dimensión tan importante pero socialmente hoy desdibujada 'culturalmente', a pesar de ser exclusiva y radicalmente humana- de serlo ad aeternum y con algo de nosotros, el alma, con proyección intemporal, pues, y acompañados de un cuerpo glorioso. En un gesto de humildad transcendente, ese es el mensaje que 'la Fé' visualiza en la transfiguración de Jesús de Nazaret en el monte Tabor, un lugar concreto, que adelanta y propone no ya el hecho de la resurrección de Cristo ("si Él no ha resucitado, toda nuestra fé es vana", proclama Pablo de Tarso) sino el designio inicial del Creador (demos entidad esencial y no mera condición de energía 'sin sentido', al Big Ban, sin duda existente).
Según coincide toda la antropología, los hombres se instalaron en 'el tiempo' constituyéndose en grupos dispersos pero genéticamente afines caso por caso, cuyo nexo externo de unión era 'la palabra'. ¿Damos todo su sentido al inicio del evangelio de Juan, que es pura filosofía-teología-ciencia humanística? En el principio era -no solo 'existía', sometida a incidencias- la Palabra, y la Palabra estaba en Dios y era Dios-. Ese don divino (esencial y con cénits humanos expresivos, como Santa Teresa, san Juan de la Cruz, Cervantes, Shakespeare, etc) fue desde su inicio el distintivo del homo sapiens. Nos hablamos, desde antes del Neandertal. Y otras características, estas circunstanciales: nos hallamos pegados a la tierra, aún los genotipos transhumantes: tenemos 'nuestro territorio', que se acaba de ordinario en el mar, nom plus ultra, y nos acompaña, desde que sabemos que el hombre habita la tierra, el uso de la palabra específica (acaba de descubrirse la primera palabra, escrita sobre piedra, en euskera), es decir sonidos que significan sentimientos, realidades y proyectos.
Y el hombre conversa y decide en grupos (todavía en el siglo XX será actualidad (junto a la constatación de Camus sobre su ansia, frustrada, como regla, de felicidad) el dictado de Maxence van der Merx: los hombres no somos islas. Estamos llamados a comunicarnos, y entendernos: la voz con significado es el nexo. Lo hacemos en grupos que, por la palabra, son singulares, 'identitarios'. El arte rupestre -su creación que les sobrevive hasta hoy mismo- es distinto, peculiar, en el arco cantábrico, y en el levante de lo que sería Iberia, o que en África, donde incorpora ropajes, o en Australia con su enigmático tiempo del sueño: cada modalidad muestra las respectivas 'identidades de sus grupos étnicos', repito. Que, sin embargo, comparten aspectos: por ejemplo, la 'consciencia' de eternidad (el sentimiento-esperanza más universal, según la visión de nuestro Ramón y Cajal, en su reflexión desde la atalaya de los 'ochenta años de su edad').
Identidades singulares pero con zonas en común, que debe llevar a 'encontrarse' en lo esencial, en uno u otro momento de sus recorridos históricos. Hasta antes del cristianismo, e incluso dentro del mismo, el individuo hace suya -casi como una constante de la condición humana- la terrible frase de Sartre el infierno es el otro. Y, ciertamente, junto con su idioma la agresividad constituye para todo hombre una característica colectiva: un impulso perverso a combatir, sólo, en el fuero agustiniano de las conciencias.
Salvo esas coincidencias vitales, predomina el sentido de exclusividad (en la palabra y en la violencia), un orgulloso automutismo de cada grupo: que traza, en la mente y en su recorrido vital, fronteras. La canción hispanoamericana que las fronteras no existen, sino que fueron creadas, por los distintos grupos humanos, para que tu hambre y la mía estén siempre separadas, recoge una profunda realidad del humanismo inhumano desde sus principios. Somos intrínsicamente egoístas de nuestra identidad histórica, y de nuestras 'riquezas peculiares' con olvido o menosprecio, desde Nerón, Hitler o Maduro, de nuestra sustancial coincidencia en el origen y también en nuestro final, común a todo hombre.
Y esa es la Historia de la persona, en todas las épocas: desde Grecia, la Grecia que universaliza diálogos mientras pasea por las estoas del ágora de Atenas, y también por el uso de las armas combatiendo a Esparta y a Troya; pasando, enseguida, por Roma, que crea nada menos que 'el imperio' casi universal a través de la obra pública que le acerca 'al otro', quizás al igual que Egipto, pero sólo en ambos casos como conquista acompañada, eso sí, por el derecho como norma de convivencia; y, aunque con peculiaridades absolutistas teocráticas, también pretende ser imperio universal su opuesto, Israel…Hasta llegar a la cristiandad y el Islam (China es, hasta hoy mismo, una inmensa y luminosa cueva oscura, conocida en Occidente por el viaje fugaz de Marco Polo, poco más: aunque hoy aspira a ser 'el futuro' que maneja las riendas de la nueva 'era' del planeta (eso es la IA).
La Europa que conocemos desde el arranque del siglo XXI y que ahora vivimos fue, consistió ya en su 'edad moderna', en la división hostil de lo común, la pugna por sobresalir en la sociedad de 'la caridad', es decir a pesar del mensaje evangélico: la cultura cristiana fragmentada en reinos beligerantes, en suma, se impuso en la Europa medieval y moderna. Hasta llegar a algo más materialista e interesado, desde todos los puntos de vista: en el siglo XIX, la Europa de las nacionalidades (orillando el hondo y trascendente humanismo sobre todo 'hispano', para nuestro orgullo, plasmado en la creación, sin apenas armas -subrayo, y se subraya: científicamente- y a pesar de la barbarie mexica, del Nuevo Mundo: léanse, como recientes e informados, a Zunzunegui y a Marcelo Gullo, por ejemplo.
Desde que tenemos constancia documental, la 'tierra' se ha dividido en Oriente y Occidente. La primera, como zona exótica, incluso para sí misma, y, en cierto modo, pasiva (el pueblo sumiso a los 'shogun' y sacerdotes de Buda, en Japón, y a los emperadores y mandarines en China). A partir del Estrecho de Ormuz, ha prevalecido el protagonismo de Occidente: el resto casi solo es conocida por los viajes de Marco Polo, la locura divina de san Francisco Javier y la narración del adelantado cronista Pigafetta sobre 'El primer viaje alrededor del mundo' (con solo 18 supervivientes). La presencia en Europa de los 'hunos' no pasa de ser una cruenta tormenta invernal.
Es Occidente la que asume la carga de 'hacer' el mundo organizado, con Roma y Grecia como pedestales desgastados con el tiempo pero aún cultural y doctrinalmente vigentes, y el vendaval silencioso del cristianismo, que representa el progreso temporal (inventando América, incluso USA, que aún sigue deslumbrada por 'el hallazgo del caballo': no hay película 'western', marca de fábrica de Hollywood (que no se cierre con la despedida de un vaquero jinete, tengan curiosidad y compruébenlo). Y es Europa la que marca el rumbo de la humanidad -sobre la vaga creencia universal de la inmortalidad- y va estableciendo la cultura político-social que abre al hombre vulgar la 'trascendencia', como hecho común y paritario. Para conocernos en el ser íntimo de nuestra civilización europea, cada ciudadano del oeste de Siberia debería recibir como obligatoria en los colegios de primaria la lectura-enseñanza de 'Genio del cristianismo', de Chateaubriand. Es una especie de explicación social de los Evangelios.
A Europa (y al europeísmo de USA, ahora menospreciado por Trump) se debe la civilización actual. Inventó la comunicación a distancia (el teléfono de Bell), la máquina de vapor, de Watts, mucho antes la ciencia náutica y la carabela hispánica, que inventan e incorporan a la historia todo un continente; incluso, para el mundo 'contemporáneo' de los felices años veinte, el automóvil, casi por entero aportación de Ford. Todo ello junto a la música de Bach o Bethoven, la pintura flamenca e hispánica, el conmovedor arte románico y las catedrales góticas, hasta llegar a Gaudí. Y, como construcción inmaterial los sindicatos, y la democracia, y la prensa diaria.…
Occidente ha sido para la Historia humana su permanente futuro, el autor de las cuatro edades de la Historia, con mayúscula: 'antigua, media, moderna y contemporánea'. El autor, pues, para bien -en gran medida- y para mal, de las cuatro etapas de la civilización ya vivida. Y ahora abordamos, necesariamente: la 'era' de la casa única, nueva 'era' (total, inevitable, absorbente) de la IA, en la que además participa con papel protagonista Oriente, es decir, China, Japón, Corea e India.
La nueva etapa, junto con la liquidez de las comunicaciones, hacen que, con razón, debamos definir hoy al planeta, y así me lo vengo proponiendo en esta pequeña, ambiciosa y singular, tesis periodística (no conozco otra) como una casa única. precisamente 'casa común de vecindad', con innegables logros, pero que nos asoman -paradójicamente- al precipicio apocalíptico.
Y es la característica, la 'circunstancia', que fugazmente nos puso materialmente en pantalla el eclipse total de sol -de cuya energía vive la casa 'tierra'- el pasado 12 de agosto. Tenemos en el conjunto del 'planeta azul' una interdependencia global y total, dentro de una 'sociedad de consumo'. Vivimos el hecho físico de compartir una misma y única sombra, una circunstancia planetaria. Que se repetirá en años próximos. Una misma autovisión cultural y de hábitos, posibilidades y riesgos, pues. De lo que, sin embargo, apenas tenemos consciencia común.
Compartimos, como hecho vulgar, por ejemplo, prácticamente los mismos, y todos ellos, productos a consumir en cualquier lugar del planeta: son 'de serie', y sin exotismos diferenciales, apenas. Y clonamos los viajes, y compartimos los 'sucesos', que tienen eco cósmico. 'El reciente campeonato mundial de fútbol' estuvo en cada casa -o choza- a través de la 'impudicia' de la TV. Tendríamos, por tanto, que ser vecinos de una única comunidad humana, y, aún más: partícipes y practicantes hasta prosaicos, por primera vez en la historia, de la necesaria fraternidad que, de boquilla, proclamó la revolución francesa de 1789, y luego la rusa de 1917: verdaderos 'hermanos' ante el avance y el peligro de la humanidad como tal. Conscientes de la necesidad (con o sin mérito nuestro) de la aspiración a la inmortalidad, y buscadores de una religión única. En ello estaba, sin duda, el cardenal Newman.
Por cierto, y como inciso trascendental: ¡es tan hermoso pensar que el autor del big ban y de la palabra, se hizo hombre para compartir la experiencia del vivir temporal, incluso atravesando esa edad preciosa, para todos los filósofos y poetas, que es en sí la infancia: compruébenlo escuchando a Berlióz, o leyendo a Unamuno y a Saint Exupéry, o meramente auditando los primeros balbuceos verbales de 'vuestro nietos', si es que tenemos la suerte de llegar a abuelos Y somos poco sensibles, salvo por la realidad de las migraciones, a la anchura de las franjas marginales de esa 'magnífica civilización'. Somos una 'corrala' que podía ser castiza y solidaria. Con efectos contagiosos.
Pero, según cualquier fuente solvente de información, según la Academia de Ginebra, por citar, en este planeta tan en progreso, tan dimensionado y decorado para 'el bien-estar', están vigentes, y son sulfúricas y explosivas (sin distinción, como objetivos, entre civiles y militares, y sin acepción de 'mozos, ancianos, niños', sin diferenciación de géneros, tampoco, ya…), entre 110 y 130 guerras abiertas. Usando armas de última generación. Drones y cohetes transoceánicos, que procuran destruir hasta el deseo de vivir (caso de Gaza) Lo más destructivas posible, casi pisando la línea del arma atómica. Porque, precisamente, el arsenal de armas atómicas -las que matan en masa y a ciegas- ya ha sido invocado y revisado en su efectividad actual: ¿en manos, o pendientes de que, algún descerebrado o mefistofélico, pulse el mimado botón rojo?
En la lista de los 'tentados por semejante gloria histórica' se hallan más de una decena de sátrapas: Quin Yon Un, Trump, Putin, Netanyahu…, los gerentes de los civilizados países Gran Bretaña, India, Pakistán y, ya dije, Rusia -estereotipo de la agresividad territorial del ser humano-. Con Francia en la reserva, pour la gloire, e Irán en el aprendizaje…Ya se sabe lo que hizo un solo aeroplano, de nombre Enola Gay en la luminosa mañana de otro mes de agosto. Pero nos asomamos paso a paso al borde del precipicio, en Ucrania por ejemplo. Y basta con leer cualquier diario, en su 'primera plana', para comprobar que, sin embargo y al mismo tiempo todavía hoy, en que “ya tu hambre y la mía no están separadas, sino que crecen juntas” (lean las variaciones al alza de los IPC, y a continuación los informes las ONG sobre la hambruna en África, y contemplen, sorprendentemente atónitos, las mareas migratorias sobre balsas con vela, en estampida aleatoria de los vientos..).
Ocurre que, en esta casa única, y prieta, y con tensiones económicas y territoriales cada vez más intensas y exigentes, y crecida en armas no de defensa, sino de destrucción, no hay un rector de la paz internacional. No lo es la ONU, cuya Carta no se ha actualizado desde 1965, es decir durante 61 años, de una variación social -técnica y ética- inimaginable hace más de medio siglo. La fuerza de intervención de los 'cascos azules' es irrisoria: sobre ser numéricamente despreciable, ni siquiera tiene acceso a las nuevas 'tecnologías', al alcance casi de cualquier país con derecho a voto. Y los 'cascos azules' no pasan de ser un batallón en posición de revista.
Pero las costuras mundiales se tensionan. Y bullen con cualquier pretexto: siempre hay un lobo en el redil: es el caso escandaloso de Rusia, por nostalgia de la URSS; y el de la USA de Trump (su historia no es la de un golpista, sino que ha sido aupado por las urnas, en un país cuya 'democracia' envidió el resto de Occidente en el siglo XIX, y que ahora, ¿o siempre? se sintió empujada y revolver en mano (a pesar de los cuáqueros) por la codicia del nuevo rico: primero revólver en mano, ya digo, y luego, en la recámara, con el tesoro de Los Álamos y Oppenheimer.
La presión territorial le crece a USA como galerna terrestre, y su lider Trump no solo quiere apropiarse -ya lo ha hecho- del petróleo de Venezuela, y las 'tierras raras' de Ucrania, sino que, materialmente proclama sus aspiraciones territoriales sobre Ormuz, Terranova, ¿y México, Canadá y Cuba, por ahora? Creemos en el vigor del humanismo y la justicia terráquea malgré tout. Pero la reforma en positivo de la eficacia supranacional de la ONU requiere unanimidad de votos, y ya se vé que no, en cuanto a USA y URSS, desde luego. Y China es la gran incógnita, sobre la que intentaremos desentrañar su enigma mundialista (André Prévost, desde el Vaticano, teme de su exigencia imperialista sobre Formosa).
Si vis pacem, para bellum. No siempre es el axioma que asegure el éxito: la Roma imperial empezó a decaer cuando orilló el otro axioma (entonces aún no escrito, y obra de un pensador español, pueblo que facilitaría varios césares, y sobre todo su espíritu a la capital del mundo): el que recuerda, y suplica su aplicación, siempre la letra (la justicia ciudadana y la cultura en este caso) fue compañera del Imperio. El mayor imperio (salvo, luego, el castellano) que ha existido decayó cuando en su corazón, Roma, se menospreció la ética (lean ahora a Posteguillo). Preparar la guerra, por principio, es abrir las puertas a la muerte universal, en la civilización nuclear, solo iniciada pero con rigor científico, es decir 'a conciencia', o desconociéndola, por Oppenheimer. Con la OTAN circunstancialmente necesaria a falta de una ONU armada y con un manual de justicia universal, no aseguramos el grado y el tiempo, y la autoría (posiblemente compartida) de destrucción del planeta. Pero no podemos olvidar ese diagnóstico.
Que va respaldado por un clima 'cultural', en realidad acultural, pasota, hedonista que descarta a la sociedad de valores, reemplazándola por la del ocio y el bien-estar materialista, que es la gran 'aportación' de la cultura sajona, a partir de los barcos pirata que colapsaban el tráfico con el Nuevo Mundo, y su consagración por el 'utilitarismo' como horizonte humano, según propuesta de Bentham y Stuart Mill. Lo vemos.
En la línea siempre positiva del cristianismo (Jesús de Nazaret anuncia el cielo y la tierra pasarán, pero no mis palabras, es decir no quedará vacía la historia humana a construir desde las mismas, que son la Fé, la Esperanza y, sobre todo la Caridad), León XIV casi inicia su pontificado con la encíclica de título alentador: Magnifica humanitas. A ello está llamado cada hombre como piedra de la construcción de la Civilización, por excelencia. Como proclamación de la verdadera naturaleza del hombre, en suma..
Por todos los tiempos y circunstancias, y a pesar de que en su diario vivir, en su no morir en vida, el hombre se comporte con frecuencia, individual y colectivamente, conforme a la autoconfesión de Ovidio: video meliore proboque, deteriora sequor. El Papa, la Iglesia, que este mismo año 2026 arrancaron de las bancadas de las Cortes de España la ovación más histórica de esas Cámaras populares, representativas de un país que fue en su día sobre todo 'ético', no otra cosa son las Leyes de Indias que, ante un mundo 'nuevo' en todo, le regala la igualdad, la justicia y la solidaridad como modelo de configuración social; y que hoy se ha convertido en paradigma de corrupción -ocupamos primeros puestos en tal especial ranking-, y banderín de enganche de otros desvalores: el aborto y la eutanasia, la negación de la identidad de género, la reivindicación de los odios cainitas como política histórica… Mostramos, sin significación especial, es cierto, nuestro apoyo a los avances de la humanidad en el plano científico: medicina, investigación del espacio interestelar, IA...
En un papel secundario, nos interesamos en cuanto a la IA, ciertamente, esa puerta de una nueva etapa en la historia de las civilizaciones, todas, sin fronteras, que pueblan la Tierra, casa común. Pero apostillo: no acompañamos al mensaje del Papa que, en la magnifica humanitas, hace pieza esencial de la IA, y su compañera inseparable para una nueva historia inevitable, y deseable, el florecimiento, arrollador, diría, de la ética: en todos sus usos, y empeñada vitalmente en la honestidad y la justicia, personales -in interiore homini habitat veritas, recordó ya hace siglos, Agustín de Hipona- ante un avance tan brutal y tan fructífero como puede ser la creación de homínidos irresponsables, André Prévost, americano y andino-hispano, clama, como su hermano de religión y Orden, pero ante mayor riesgo (que supera al intuído por George Orwell). Clama, ruega, exige la irrenunciable necesidad de una paralela, y revisada día a día en 'las personas' y en las 'instituciones', todas, la moralización de la técnica, que ha de ser el nervio vital de cada entidad, también y sobre todo en las políticas y sus ejecutores, cuya obligación primera es la ejemplaridad -hasta ser necesaria para su justificación- a nivel nacional y mundial. Y que la responsabilidad sea la compañera del alma de la IA. Como escribió nuestro clásico: del rey abajo, todos los ciudadanos están concernidos.
No es, en general, el cuadro mundial. No es, singularmente, el retrato de la España actual. Que, en ciertos momentos -años 1976 y siguientes- ha sido el 'ejemplo de la ejemplaridad', autopropuesto por paises en crisis, en especial los que tienen su raíz en nuestra historia, y a los que indebidamente negamos -por el tiempo que durase- ser provincias de nuestra nación,
Sin un poder controlador y normativo, pero sobre todo visceral y anímicamente ético, a nivel mundial, la casa común (ya, en cierto sentido realizada y, felizmente, inevitable) es más bien una 'urbanización' en permanente proyecto, con zonas verdes, solares a medio construir y con residuos, y, finalmente y en competencia, varias torres que pretenden ser rascacielos. África, si se descartan la República Sudafricana, la franja del Rif, y Egipto, es 'la negritud', un sótano aunque con tragaluces hacia el futuro. No de otra forma la vieron Aimé Césaire, el gran Leopold Sédar Sénghor, y -desde la inquietud intelectual ibérica-, Luis María Ansón.
La pintura realista, en cierta etapa de su creación, de Mikel Barceló pone de manifiesto que al continente africano le quedan quizás centurias hasta salir de la cultura rupestre y situarse en la actualidad del planeta (quizás fue el motivo de que se eligiera al Barceló africanista para decorar la cúpula del salón de sesiones de la ONU). La 'nueva era', ya por su realidad presente en Syllicon Valley o en China, es un inmenso solario de futuro abierto a la prosperidad. Ya en la mitad del siglo XX, las semillas híbridas y genéticamente manipuladas multiplicaron por cuatro la producción de grano. Mermaron las hambrunas, incluso las que existían en nuestra Meseta. Hoy, a la IA le ocurre, en África lo que veía Gustavo Adolfo Bécquer en su poema: del salón en el ángulo oscuro,-de su dueño tal vez olvidada,-silenciosa y cubierta de polvo- veíase el arpa…-¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas-, como el pájaro duerme en la rama-, esperando la mano de nieve- que viene a arrancarla. El algoritmo del bienestar -que no lo es todo para la felicidad, pero sí un impulso, aguarda: aguarda en el Sahel que en lugar del zahorí de resultado dudoso, la IA ponga al alcance la capa freática, y que lleguen al Congo, vía urgente, los drones con vacunas contra el ébola, y que…Resulte en suma menos costoso y arriesgado afincar a la familia, y ponerle maestros a su alcance, que hacerles sitio costoso, y al pairo, en las 'pateras' de las mafias.
Pero la realidad es terca, e inhumana incluso en los paises del fare niente como objetivo vital. El aborto niega el derecho a la vida a quien previamente se les ha convocado por la llamada del placer. En Suecia, en lugar de parques infantiles proliferan las residencias de ancianos. Y, con carácter general en el mundo próspero de las empresas cotizadas en Bolsa, al trabajador maduro se le desvía a vía -vida muerta: eso es 'la jubilación anticipada': cuando apenas hicieron la mitad del recorrido que les permitiría sus reservas, financiadas por la sociedad. ¿Y se fijaron en lo curioso? Los descartados no lloran, agradecen. Olvidan, de pronto, que el hombre es un sujeto creado y para la creación, y que cortarles el camino -aunque sea con una equívoca, porque no fluye y se enmohece, barrera de oro es un fiasco al concepto mismo de humanidad.
Tenemos, sin duda, sociedades prósperas: se viste bien, o como se quiera, se come en restaurantes, se participa en tertulias, y….Se muere a poquitos, pero en tesonera e irreversible pasividad, esperando no se sabe qué: la rutinaria sorpresa de cada despertar para elegir, o que le sirva el azar, algún itinerario estéril
Las estadísticas sociológicas son un grito. ¿Recuerdan las películas de Wody Allen, en que el protagonista, ¡si lo sabrá, porque siempre se retrata a sí mismo!, tiene trillado el camino hacia el psiquiatra. Pues ya llegamos a semejante remedio, en una nueva sociedad 'de las luces'. ¿Y en qué medida crecen -desde luego exponencialmente- los suicidios de gentes, jóvenes en general, que no encuentran quehacer creativo en su itinerario, para el que la sociedad les preparó desde la cuna?
El hombre es parte, y sustancial, de la creación y nace comprometido a seguir creando, de por vida. Si no, se desnaturaliza. Y este riesgo es uno de los que condena -rehuye, mejor dicho- en su convocante encíclica, Magnífica humanitas, el Papa que no dejó de trabajar en Chiclayo, para abrir futuros.
Ya era axioma en Roma, como regla de vida, el triángulo en romance honestum vivere, alterum nom laedere, et suum cuique tribuere. La religión, cualquier religión, no desvía la condición humana sino que la enriquece, de cara a la eternidad que desea -la muerte no es sino un fracaso, contra el que se combate y se quiere superar desde la Fé y con Esperanza, como aliento, y Caridad, para con 'el otro', claro. como medio-. Y la pregunta es precisamente ésta: ¿Forma parte tal consejo de vida personal en los propósitos de la 'era IA', interesa mantener e incluso superar aquél axioma, o dejamos que una IA irresponsable obre en lugar del hombre íntegro?
Ha pasado el verano, con la ciudad universal alegre y confiada, plagiando el título de una comedia de Benavente. Más dispersa y retozante que nunca: no cuenta que, en Gaza, por ejemplo, se bombardee la tierra quemada, o que a los niños que quieren emular a la selección española de fútbol se les prohíba el paso a la 'cancha' con alambre de espino. Pero el riesgo a la casa común es real, agudo y en crecimiento: en lo comercial, que tanto afecta, primum vivere, deinde philosophare, ya hay guerra abierta con el estrecho de Ormuz estrangulado unilateralmente. Y en el resto del 'no diálogo' priman las satrapías, de unos gobernantes que tienen la fuerza de las urnas: Trump, Putin, Netanyahu, Sánchez, Kim Ion U…
En el aire, una incógnita: la gran China. El país asiático, un quinto, un tercio (¿importa el porcentaje?) de la población mundial, es pionero en armamento nuclear, en IA (especialmente irresponsable, porque el régimen es monolítico, y el resto del planeta guarda un silencio expectante). China aprovechó la revolución, la dictadura, el capitalismo, la mesocracia…Un todo indefinible. Y ya esta implantada, de manera privilegiada en cada país, en cada continente, en cada habitación de la casa común: sin olvidar la luna, África o España, por ejemplo…¿Hacia dónde se inclinará? ¿Qué mensaje cultural aportará a la civilización del futuro? A Rusia y USA les absorben sus conquistas territoriales. Y la ONU falleció en 1956. Sin sucesión, sin contrapesos ni sucesores que ocupen su vacío.
Estoy preocupado, porque el resto del mundo está, como escribiría San Pablo, muy ocupado en no hacer nada. Salvo buscar espacio para sus ocios, y una salud corporal que permita disfrutarlos. Si no vemos que el abismo del humanismo abre grietas como terremotos bajo los pies del edificio planetario sudorosamente construido durante 'otras eras', es que estamos ciegos. El apocalipsis puede encontramos en las playas del Caribe. Salvo que digamos a nuestro 'almo', que diría el poeta: in interiore animi hábitat veritas. Y nos pongamos en pie para exigirnos, ¿qué cosa?: ser creadores de humanidad, precisamente. Suficiente y necesaria para tener en pie el futuro del hermoso, por naturaleza, 'planeta azul'.
Santiago Araúz de Robles. Abogado y escritor.