Un toro se coló en el Ayuntamiento de Cogolludo hasta el Salón de Plenos, tal día como mañana, en 1956

Publicado por: El Decano
15/08/2023 08:00 AM
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La localidad ha recuperado algunas de las anécdotas de su historia más reciente dentro del programa de su 39ª Semena Cultural, de la mano de César Pérez, miembro de la Sociedad Cultural Amigos de Cogolludo (Sacedo)

 

Cogolludo ha rescatado algunos de los capítulos más anecdóticos de la historia reciente de la localidad con motivo de las 39ª Semana Cultural, que se celebra como aperitivo a las fiestas patronales, que arrancaron ayer, 13 de agosto. De esta manera, César Pérez, integrante de la Sociedad de Cultural Amigos de Cogolludo (Sadeco), llevó a cabo una interesante visita guiada temática por el casco histórico, a la que puso el sobre nombre de 'Pequeñas historias de la villa'. Ha sido la segunda de estas características que se programa en el calendario de la Semana Cultural, y es consecuencia del éxito cosechado por la primera, que tuvo lugar el año pasado, basada entonces en la 'Crónica negra de Cogolludo'.

 

Así, en 2022, y en los mismos lugares donde acaecieron, Pérez relató hechos como el juicio contra una familia de judíos conversos en el siglo XVI, ajusticiados todos ellos en la hoguera, en Toledo, los estragos que causó la peste negra en Cogolludo, en 1599, provocando la muerte de más de 1.000 personas; la toma de Cogolludo por las fuerzas nacionales el 11 de marzo de 1937 y el posterior fusilamiento de cinco milicianos, suceso del que aparecieron imágenes el año pasado; recordó los lugares que albergaron los hospitales cogolludenses en la Edad Media, y sus elevadas tasas de mortalidad; e incluso habló de un crimen sin resolver, que se perpetró en la villa en 1852. Curiosamente, en las recientes excavaciones de la nevera medieval-ya visitable-aparecieron todo tipo de objetos. Uno de ellos fue una pistola que, por su fecha de fabricación, “bien pudo haber sido el arma homicida de aquel crimen”, contó. Ahora la custodia el Ayuntamiento.

 

La visita de ayer resultó igualmente interesante y concurrida. La siguieron más de un centenar de personas. Y, como contaba César, “todas estas pequeñas historias juntas, hacen la historia de Cogolludo”.

 

Una de las primeras que relató el guía, se refiere a la tradición taurina de Cogolludo. La villa ducal acoge festejos taurinos desde hace más de 500 años, tal y como está documentado en el archivo municipal. Solo tres años han faltado los toros en la villa ducal, los tres de la Guerra Civil. Pero fue en 1956, concretamente el 16 o 17 de agosto, cuando un toro, herido por la espada de Aurelio Calatayud, fue citado por los mozos del pueblo que solían, a propósito, dejar abierta la puerta del Ayuntamiento para propiciar su entrada. Y aquel año, pasó. Realmente, el toro entró en el edificio. Y no solo eso. Subió las escaleras hasta el interior del salón de plenos, obligando a quienes presenciaban desde allí el festejo a desalojarlo, saltando por el balcón. Algunos de ellos eran los músicos de la banda. “Testigos presenciales recuerdan como volaban bombos, clarines y trompetas por el balcón, hasta que el salón quedó desierto”, contaba Pérez. Solo quedó, en el balcón del Ayuntamiento, la maestra, que no se tiró. “Las malas lenguas dicen que porque no llevaba ropa interior”, añadía el guía. La estrechez del balcón la protegió de la embestida del toro. Y fue el propio Aurelio Calatayud quien subió, gateando por la ventana, y apuntilló al toro. Se llevó la ovación de la tarde.



La visita también hizo parada en la Iglesia de San Pedro, que bien puede calificarse de “maldita”. César contó su historia, sus derribos y ampliaciones, su saqueo en la Guerra Civil, y mostró al numeroso público, detalles desconocidos, como las pinturas del pintor barroco Matias Ximeno en las pechinas que representan a San Pedro, San Pablo y a San Juan Bautista y Evangelista, su retablo pintado, a modo de trampantojo ante el visitante, la antigua entrada a unas capillas que ya no existen, o los agujeros que provocaron las bombas en la Guerra Civil.

 

Y también contó Pérez la historia de los mallorquines de Cogolludo, llegados al frente durante la contienda, unos meses después de la entrada de los nacionales en el pueblo. Dos de aquellos soldados escribieron un diario y cartas, que sus familias han hecho públicos recientemente. Uno de aquellos combatientes, soldado, era Pere Pahisa, un catalán que estaba haciendo la mili en Mallorca cuando fue enviado al frente por el mando nacional. El otro fue el sacerdote Candido Fernández. Tardaron más de una semana en incorporarse. No pudieron hacerlo directamente, puesto que Levante era zona republicana. Así que viajaron en barco a Sevilla, subieron a Salamanca en transportes militares. Desde allí viajaron a Valladolid, Soria, Arcos de Jalón, Sigüenza, Jadraque, Espinosa y, por fin, Cogolludo. “Sus diarios aportan mucha información sobre cómo era la vida en Cogolludo en 1937. Aunque parezca mentira, se seguían celebrando las procesiones, como la de San Isidro. La presencia de los requetés provocó que San Fermín se celebrara a lo grande”, contó anoche el guía de la visita.



Muchos de aquellos mallorquines se alojaron con familias de Cogolludo, y, tuvieron tal afinidad con ellas, que han vuelto con frecuencia a la villa ducal mucho tiempo después. “En los años 70, recuerdo las visitas del mallorquín que había estado alojando con mi familia. Lo llamábamos el tío Marí. Aparecía en el verano, cargado de ensaimadas. También ellos recibían a los cogolludenses que viajaban a Mallorca”, añadía Pérez. El tifus causó incluso más mortalidad que los combates entre los soldados. Los supervivientes han vuelto durante largos años a visitar a los que están enterrados en el cementerio de Cogolludo. Cura y soldado corrieron suerte dispar. A Cándido Fernández lo mataron en frente del Ebro, en 1938. A Pahisa lo destinaron al frente de Extremadura, donde fue herido. Posteriormente, viajó de hospital en hospital hasta que acabó la guerra. Pérez contó también cómo en 1936 no había curas en Cogolludo, puesto que cuando llegó el ejército republicano, quemó las iglesias, fusiló al sacerdote de Arbancón, e hizo huir al del pueblo. Sin embargo, con la llegada de requetés, falangistas y mallorquines, llegó a haber hasta seis curas en el pueblo, “porque todos traían los suyos”. Cuenta Cándido Fernández en su diario, que los curas daban clases de catequesis a los niños, “luego entonces había niños en el pueblo durante la contienda”.

 

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