Europa es humanismo, libertad y democracia

Publicado por: Antonio Marco
04/07/2024 09:00 AM
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Infinitos millones de monedas de 2 euros reproducen en todos los países de la Unión Europea la imagen del rapto de la joven princesa fenicia que, a lomos de un poderoso toro blanco, atraviesa las aguas del Mediterráneo hasta aterrizar en Creta. La princesa se llamaba Europa y el toro  es en realidad el omnipotente dios Zeus, o Júpiter, convertido maliciosamente en blanco bóvido para llevar a cabo una de sus muchas acciones que hoy avergonzarían a cualquiera, como es un rapto.

 

En realidad esta poderosa imagen, repetida frecuentemente en la Antigüedad en mosaicos y pinturas, y el mito que resume, nada nos dicen sobre el extenso territorio al norte del Mediterráneo, más allá del nombre con el que se le designaba. Ni lo definía entonces geográficamente con precisión,  ni  cultural y políticamente, ni tampoco lo define ahora. La falta de grandes accidentes geográficos en la gran llanura euroasiática no permite una fácil división geográfica. Todavía hoy se aprecian las diferencias y peculiaridades de una Rusia no identificada absolutamente con Europa; recordemos que el nombre Ucrania significa “la frontera”, lo que puede ayudar a comprender algunas de las realidades más penosas del momento actual. Pero desde el punto de vista cultural y político los propios griegos antiguos ya comenzaron a perfilar una diferencia esencial entre ellos mismos, los civilizados,  y los orientales, bien representados por los persas, que son los “bárbaros” para los que cuenta poco la libertad de los individuos. Esa es ya la interpretación que de las Guerras Médicas hace Heródoto, el padre de la Historia, Occidente frente a Oriente. La antigua Persia es el moderno Irán.

 

Al margen de estos breves y rápidos excursos históricos, lo cierto es que en la Grecia clásica, con su nunca suficientemente valorada aportación cultural a nuestra propia esencia, se comenzó a perfilar una futura Europa que con avances y retrocesos tardó muchos siglos en configurarse hasta el momento actual,  pero que podemos resumir como un espacio en el que el hombre es el centro de interés, es decir, un espacio de humanismo, de libertad y de democracia.

 

El filósofo Protágoras, que vivió en varias ocasiones en Atenas entre los años 485 y 411 antes de Cristo, amigo de Pericles, es el autor de la frase definitiva «El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son y de las que no son en cuanto que no son». Liberaba al hombre de un plumazo de toda dependencia irracional del mito, de la superchería  y de la religión y lo colocaba en el centro de interés y de explicación de toda la acción humana. Este mismo Protágoras decia de los dioses: “no puedo estar seguro de si existen o no, ni qué aspecto tienen, porque hay muchas cosas que impiden el conocimiento seguro: la oscuridad del tema y la brevedad de la vida humana». La afirmación tan racional y tan moderna le costó una dura condena que algunos suponen fue a muerte. Este mismo Protágoras fue el encargado por Pericles para redactar una Constitución para la colonia ateniense de Turios en la Magna Grecia al sur de Italia, y en ella por primera vez en la historia creaba una educación pública y obligatoria para todos los ciudadanos en el siglo V antes de Cristo. ¡Qué interesantes reflexiones nos sugiere todo esto, pero no hay tiempo para ello!

 

¡Qué largo camino con mucho dolor y sufrimiento ha recorrido Europa para que los derechos de la libertad de conciencia, libertad de pensamiento, libertad de expresión, libertad de cátedra, libertad de religión... sean derechos reconocidos y exigidos por la enorme mayoría de los europeos, pero no por todos, desgraciadamente!

 

Esta Grecia del Humanismo esencial está en el origen de los Derechos Humanos, que tanto ha costado conseguir en los tiempos modernos. Como es también el origen de la Democracia (el poder del pueblo) como sistema político implantado en Atenas en la misma época para que sean los propios ciudadanos los que deciden lo que interesa o no a ellos mismos y a la ciudad y no un pequeño número de aristócratas con un rey o jefe en la cúspide quienes decidan y abusen de los demás.

 

Pero todo esto pronto quedó interrumpido por los gobiernos autoritarios o por religiones omnipresentes desde la propia Grecia y Roma. Después del largo y autoritario Imperio Romano, después de una Edad Media de violentas guerras de poder entre aristócratas y de generalizada imposición del poder de la Iglesia sobre las conciencias que supuso un enorme retroceso, se abrió en Italia una ventana por la que entró de nuevo el aire fresco y renovador del mundo antiguo de Grecia y Roma. El Humanismo y el Renacimiento del mundo clásico continuaron con la batalla de los antiguos griegos en defensa del propio hombre. Varios siglos después la Ilustración, que eclosionó en Francia y centro Europa, situó otra vez la razón del hombre como único instrumento aplicable a toda acción humana. Pero la fuerza de la razón escasas veces se impone por sí misma. La lucha por los derechos y participación de todos los ciudadanos en los bienes de este mundo fue larga, es larga, porque todavía continúa. La Europa del pensamiento y la ciencia, aplicada ahora al desarrollo económico de la sociedad, fue, sigue siendo, un eterno campo de confrontación, en donde a las ideas de igualdad entre todos los hombres se oponen egoísmos individualistas o nacionalistas cuando no directamente racistas. Pero en esa Europa de la Revolución Industrial y el enriquecimiento desigual, y la explotación de los semejantes, incluidos los niños y menores, supo la propia Europa encontrar el equilibrio en la sociedad y crear un espacio de humanismo, libertad, democracia, desarrollo y justicia social al que aspiramos la mayoría de los ciudadanos que afortunadamente lo vivimos alguna vez.

 

Todo esto ni siquiera es un resumen del resumen de nuestra historia en los últimos veinticinco siglos. Es tan solo un grito para expresar los cuatro hitos más importantes conseguidos por el hombre cuando es “la medida de todas las cosas” y contrastarlo con las negras tormentas que nos amenazan en estos tiempos cuando avanza la desigualdad social y se impone como único valor el dinero, la riqueza, el disfrute exclusivo de los bienes que en la tierra hay y que en buena lógica y justicia han de ser para todos.

 

Naturalmente, en Europa, en el espacio conseguido de los derechos del hombre, es fácil y obligado aceptar que no todos los hombres creen en la igualdad radical de todos los seres humanos o que algunos sobrevaloren al individuo por encima del bien común que cohesiona la sociedad, que según ellos el Estado es una carga y prisión, que los impuestos son un robo y que la justicia social es una aberración  y la igualdad de oportunidades es una quimera contraproducente, o piensen que el máximo bien que el hombre ha de desear es la acumulación sin freno de dinero y de poder al precio que sea y que por encima de la evidencia racional y científica está una difusa dependencia de superiores principios morales o religiosos al margen de los propios hombres y a veces contra ellos mismos.

 

Es decir, hay que admitir que haya ciudadanos europeos que no crean en Europa ni deseen esta Europa del Humanismo e incluso que utilicen las estructuras de la Unión Europea para intentar su desaparición.  Pero el problema es muy serio y exige una reacción enérgica cuando esas personas llegan a ser muy numerosas e incluso pudieran ser mayoría en las próximas convocatorias electorales. Y para luchar contra ello no se me ocurre otro instrumento que la razón, que obliga a convencer a los ciudadanos de que lo mejor para todos los hombres es reconocer los derechos de todos. Y la razón lo primero que necesita es formación, es decir, información veraz y conocimiento de lo que ha sido la larga y dura historia del hombre, de su situación actual y de lo que puede venir. Es decir, necesitamos más escuela, más educación durante toda la vida. Que fuera Protágoras, el amigo de Pericles, el que hace 2500 años propusiera en su ciudad la “educación pública y gratuita”, es un espejo en el que deberían mirarse avergonzados quienes  niegan o cuestionan hoy día la educación para todos por igual.

 


Antonio Marco. Catedrático de Latín jubilado y expresidente de las Cortes de Castilla-La Mancha

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