Por Sheila López Prados
Septiembre siempre ha sido un mes especial para mí. Es el mes de las fiestas de mi pueblo, Almonacid de Zorita, y también el mes de mi cumpleaños. Quizá por eso algunos de mis recuerdos más felices están ligados a esos días en los que el pueblo parecía transformarse y convertirse en el centro del mundo.
Me crié en Almonacid de Zorita, donde transcurrieron mi infancia y mis años de adolescencia. Cuando pienso en mi infancia y adolescencia, recuerdo un pueblo lleno de vida. Las calles estaban repletas de gente, los bares tenían ambiente a cualquier hora y las fiestas eran mucho más que unos días de celebración. Eran el momento del reencuentro, de las amistades, de las risas y de la sensación de que todos formábamos parte de algo especial.
El año 2000 ocupa un lugar especial en mi memoria. Tuve el honor de ser Reina de las fiestas y de dar el pregón. Para una joven del pueblo aquello significaba mucho más que representar unas fiestas. Era sentir el cariño de tus vecinos, de las personas que te habían visto crecer, de quienes conocían a tu familia y formaban parte de tu día a día.
Aquellos años tenían algo difícil de explicar a quienes no los vivieron. La Nueva Sierra se llenaba de madrileños durante el verano. Llegaban familias enteras para disfrutar del río, del náutico, del entorno y de una tranquilidad que hoy parece cada vez más difícil de encontrar. Los pueblos de alrededor también se acercaban a compartir las fiestas y el ambiente. Había movimiento, conversaciones y vida en cada rincón.
Los niños jugábamos hasta la madrugada. Corríamos por las calles, montábamos en bicicleta y pasábamos horas enteras en el campo sin que nuestros padres supieran exactamente dónde estábamos cada minuto. No existían los teléfonos móviles. Si necesitábamos avisar de algo, buscábamos una cabina telefónica. Y, aunque parezca una contradicción, estábamos menos conectados tecnológicamente y mucho más conectados entre nosotros.
Recuerdo especialmente las noches de verano. Los vecinos sacaban las sillas a la puerta de casa para tomar el fresco. Las conversaciones se alargaban mientras caía la noche y los niños seguíamos jugando cerca. Las puertas permanecían abiertas. No había miedo. Existía una confianza que hoy parece pertenecer a otro tiempo.
Todavía puedo verme caminando por las calles y saludando a quienes estaban sentados en la puerta de sus casas. Recuerdo entrar en casa de mi abuelo para darle un beso de buenas noches sin necesidad de llamar antes. Su puerta estaba abierta y yo sabía que podía entrar cuando quisiera. Aquello era normal. Aquello era la vida.
Los años han pasado y muchas cosas han cambiado. Desde aquel año en el que fui Reina de las fiestas apenas he vuelto a vivirlas de la misma manera. Con el tiempo he preferido celebrar mi cumpleaños de otras formas y, cuando llegan las fiestas, muchas veces aprovecho para viajar o disfrutar de unos días diferentes.
Pero nunca he dejado de volver a mi pueblo. Vuelvo durante todo el año porque cada estación me ofrece una versión distinta de Almonacid. En verano disfruto del ambiente, de la gente y de los reencuentros. Pero quizá sea en invierno cuando más conecto con mis raíces. Me gusta pasear por el campo, subir hasta la ermita y contemplar el pueblo desde arriba. Respirar el aire fresco, escuchar el silencio y observar ese paisaje que forma parte de mi historia.
Es verdad que a veces la nostalgia aparece. Recuerdo la discoteca del Chiqui, donde pasé tantas noches bailando, riendo y compartiendo momentos que entonces parecían eternos. Recuerdo también la discoteca del Chamba, ambas punto de encuentro de jóvenes de Almonacid de Zorita y de los pueblos de alrededor. Eran lugares donde nacían amistades, donde se celebraban los fines de semana y donde muchos vivimos algunos de los recuerdos más felices de nuestra juventud.
Y cómo olvidar el Rincón de Triana, la conocida Sala Rociera. Aún puedo recordar aquellos viernes en los que, al llegar la medianoche, la música se detenía por unos instantes para cantar la Salve a la Virgen del Rocío. Era una tradición sencilla, pero emocionante. Durante unos minutos todos compartíamos el mismo sentimiento, independientemente de la edad o de dónde viniera cada uno.
También recuerdo los bares llenos, las terrazas rebosantes de conversaciones y aquella sensación de que siempre había alguien a quien saludar o con quien detenerse a hablar. El pueblo tenía un movimiento constante que parecía llenar cada calle y cada plaza de vida.
Cuando vuelvo a pasar por algunos de esos lugares, inevitablemente me vienen a la memoria los rostros de muchas personas que formaron parte de aquella etapa. Algunos siguen aquí. Otros tomaron caminos diferentes. Y algunos ya no están. Quizá por eso los recuerdos adquieren un valor especial con el paso de los años.
Sin embargo, tampoco sería justo decir que todo tiempo pasado fue mejor. Cada época tiene sus luces y sus sombras, y aunque echo de menos muchas de aquellas vivencias, también sé que los pueblos siguen escribiendo su historia con nuevas generaciones, nuevas costumbres y nuevas formas de vivirlos.
Porque Almonacid de Zorita sigue teniendo vida. Quizá ya no tenga el mismo número de bares que cuando yo era niña, pero conserva algo mucho más importante: la cercanía de su gente. Sigue siendo un lugar donde todavía puedes encontrar una conversación sincera, una sonrisa al entrar por la puerta y ese trato cercano que en muchos sitios se ha perdido.
Por eso me sigue gustando sentarme en lugares tan conocidos como Don Chiqui o el Restaurante de Los Arcos… Bares y restaurantes que forman parte de la memoria colectiva de varias generaciones y donde uno sigue sintiéndose como en casa. Lugares donde la hospitalidad no es una estrategia comercial, sino una forma natural de entender la vida.
Quizá por eso, cuando vuelvo y paseo por sus calles, no busco encontrar exactamente el mismo pueblo que dejé hace años. Sería imposible. Los pueblos, igual que las personas, también cambian.
Algunas cosas desaparecen, otras llegan para ocupar su lugar y muchas permanecen de una forma diferente. Ya no están algunos de aquellos locales que marcaron nuestra juventud, ni se escuchan las mismas voces en cada esquina. Pero siguen existiendo esos pequeños momentos que hacen especial a un lugar: una conversación inesperada, un saludo sincero o el reencuentro con alguien a quien no veías desde hace años.
A veces camino por las mismas calles por las que corría de niña y me sorprendo recordando situaciones que creía olvidadas. Una plaza, una esquina o una fachada son capaces de devolverme a un instante concreto de mi vida. Y entonces comprendo que los pueblos tienen algo que pocas cosas conservan: la capacidad de guardar nuestra memoria.
Porque, al final, los lugares donde crecimos no solo forman parte de nuestro pasado. Siguen formando parte de quienes somos. Quizá por eso, cuando pienso en aquellos veranos de mi infancia, no siento únicamente nostalgia. Siento gratitud.
Gratitud por haber crecido en un lugar donde las puertas permanecían abiertas, donde los vecinos se conocían por su nombre, donde los niños podían jugar libremente y donde la vida parecía avanzar sin tanta prisa.
Los tiempos cambian y nosotros cambiamos con ellos. Pero hay lugares que siguen formando parte de quienes somos, por mucho que pasen los años.
Y cada vez que subo a la ermita y contemplo Almonacid de Zorita a lo alto, entiendo que un pueblo no vive solo de sus calles ni de sus edificios.
Vive de las historias que guarda entre sus muros, de las personas que lo habitan y de quienes, aunque un día tuvieron que marcharse, siguen llevando una parte de él consigo.
Porque hay lugares que nunca dejan de ser casa. Y Almonacid, para mí, siempre lo será.
Sheila López Prados. Doctora, orientadora y profesora universitaria.